Este artículo describe el caso de la salamandra de Pátzcuaro o achoque (Ambystoma dumerilii) y su programa de conservación en cautividad gestionado por Citizen Conservation, organización de referencia internacional en la implicación de terrariófilos y acuaristas en la conservación de especies amenazadas.
En el altiplano central de México, a 1.920 metros de altitud, hay un lago que guarda una de las historias de conservación más singulares del mundo animal. Sus protagonistas son una salamandra que nunca crece del todo, un convento de monjas dominicas con una receta centenaria y, más recientemente, un instituto de investigación pesquera y una red de terrariófilos europeos. Todos ellos, sin haberlo planeado, se han convertido en la última línea de defensa del achoque.
Un anfibio que nunca abandona el agua
El achoque (Ambystoma dumerilii) pertenece a la familia Ambystomatidae y es exclusivo del lago de Pátzcuaro, en el estado de Michoacán. Como su pariente más conocido, el ajolote (Ambystoma mexicanum), el achoque es una especie neoténica: alcanza la madurez sexual sin completar la metamorfosis y conserva branquias externas y otros rasgos larvarios durante toda su vida.
Esta condición, conocida como neotenia, le permite mantenerse siempre en el agua en una región donde el clima es hostil para los anfibios terrestres. El achoque puede alcanzar hasta 35 centímetros de longitud total, más que el ajolote, y se distingue de él por una cabeza más maciza, los dedos completamente palmeados y una piel de textura granular.
Los pescadores de la zona llegaron a capturar seis toneladas de achoques en 1987. En 1998 la cifra había caído a menos de tres toneladas, y en 1999 apenas se recogieron 0,3 toneladas. Estudios de campo de 2000 y 2010 no lograron detectar ejemplares libres en el lago. La especie figura como en peligro crítico según la UICN y como sujeta a protección especial en la NOM-059-SEMARNAT-2010.
Un lago que dejó de ser habitable
El deterioro del lago de Pátzcuaro explica por sí solo buena parte del declive del achoque. La contaminación de sus aguas, la desecación de zonas para ganar terreno agrícola y la introducción de peces depredadores para la pesca comercial han reducido drásticamente su hábitat disponible. A esto se sumó, durante décadas, una extracción pesquera directa de la propia especie, capturada como alimento y con fines medicinales.
El jarabe que las monjas no querían dejar morir
En el convento de la Inmaculada Salud, en Pátzcuaro, las madres dominicas llevan más de 150 años elaborando un jarabe a base de achoque, miel y hierbas de monte. La tradición purépecha, que llama al animal achójki, le atribuye desde época prehispánica propiedades reconstituyentes y un uso como remedio tradicional para afecciones respiratorias. Se trata de un uso cultural y etnomédico documentado, no de una indicación clínica validada, y así conviene entenderlo.
Cuando las religiosas advirtieron que el animal escaseaba cada vez más en el lago, decidieron criarlo ellas mismas para no perder ni la especie ni su receta. Registraron su iniciativa como Unidad de Manejo Ambiental (UMA) ante la SEMARNAT, bajo el nombre «Jimbani Erandi», y hoy el jarabe que venden en la botica del propio convento procede exclusivamente de ese criadero controlado. Cada frasco vendido financia directamente el mantenimiento de la cría en cautividad, convirtiendo un producto de siglos de antigüedad en el motor económico de la conservación de la especie.
Tres siglas, tres formas de proteger al achoque
El convento no es el único actor institucional en esta historia, y conviene no confundir sus iniciativas entre sí. En 2010 se registró una segunda UMA, de perfil académico, vinculada a la investigación de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, centrada en la conservación de la especie y del conocimiento tradicional asociado a ella.
En 2016, el Instituto Nacional de Pesca y Acuacultura (INAPESCA), a través de su Centro Regional de Investigación Acuícola y Pesquera (CRIAP) en Pátzcuaro, obtuvo autorización de la SEMARNAT para desarrollar su propia UMA de cultivo de achoque. Sus objetivos son explícitos: reproducir la especie en condiciones de laboratorio, contribuir a la recuperación de la población silvestre y generar conocimiento científico sobre su biología y manejo, con vistas a transferir esa tecnología a los habitantes de la ribera del lago.
La respuesta desde los terrarios de Europa
Mientras México despliega estos tres frentes, en Europa la conservación del achoque avanza desde los acuaterrarios particulares. Citizen Conservation (CC), la organización alemana que coordina redes de terrariófilos y acuaristas para la cría de especies en peligro crítico, incluye al achoque entre sus proyectos prioritarios, con un objetivo de 40 criadores activos manteniendo 225 ejemplares en cautividad.
Las directrices técnicas de CC, elaboradas junto al Tiergarten Schönbrunn de Viena y el Ambystoma Mexicanum Bioregeneration Center de Hannover, describen a un animal robusto y agradecido en el alojamiento adecuado: un acuario sin calefacción de al menos 200 litros para hasta cinco ejemplares adultos, temperaturas que no deben superar nunca los 22 °C, y una alimentación a base de lombrices, pescado y pienso para ajolote. La clave de la reproducción está, precisamente, en no mantener el agua a temperatura constante: solo un descenso invernal por debajo de los 14 °C, seguido de un calentamiento gradual en primavera, desencadena la puesta.
El mantenimiento, paso a paso
El achoque no exige un terrario complejo, pero sí constancia. El alojamiento puede montarse con o sin sustrato: en el Tiergarten Schönbrunn de Viena lo mantienen desnudo por motivos de higiene, mientras que en el centro de Hannover emplean grava redondeada de hasta 3 mm, que favorece la colonización de bacterias nitrificantes. La arena, en cambio, debe evitarse siempre. En ambos casos conviene disponer refugios abundantes -medias macetas de barro, tubos cerámicos- y plantas, naturales o artificiales, que estructuren el espacio.
El agua del grifo, dejada madurar un par de días, suele ser apta. El achoque tolera bien un agua neutra a ligeramente alcalina y moderadamente dura, y no requiere de ningún aporte especial salvo cuando aparecen heridas o infecciones fúngicas: en ese caso, elevar la conductividad a 1.000 μS con sal sin yodo durante una semana suele bastar para resolver el problema.
La alimentación se ofrece una o dos veces por semana, idealmente con pinzas y de manera individual, para evitar que los ejemplares compitan por la comida y se muerdan entre sí, algo más frecuente en juveniles que en adultos. Lombrices, eperlano congelado, corazón de pollo en pequeñas cantidades, daphnia, tubifex bien aclarado y pienso para ajolote completan una dieta variada. Conviene retirar los restos tras cada toma y vigilar la calidad del agua, aunque con una dieta adecuada rara vez hace falta un cambio de agua inmediato.
El transporte, si alguna vez es necesario, exige guantes de nitrilo -nunca de látex- y contenedores individuales de medio litro o un litro llenados a la mitad con agua del propio acuario, para no exponer al animal a cambios bruscos de temperatura o química. Los achoques toleran bien el frío durante el traslado, pero nunca deben congelarse.
La reproducción, como se ha dicho, depende de un descenso invernal de la temperatura. Las puestas, de entre 100 y 200 huevos por hembra, se adhieren a plantas y objetos sumergidos; conviene retirarlas a una caja aparte con agua ligeramente oxigenada, donde las larvas eclosionan en dos o tres semanas. Los juveniles, muy territoriales entre sí, crecen con rapidez -de 10 a 15 centímetros en apenas cuatro a seis meses- y conviene separarlos individualmente hasta que alcancen unos 12 centímetros, momento en que la agresividad remite y pueden volver a convivir en grupo.
Alojamiento: acuario sin calefacción, mínimo 200 litros para hasta 5 adultos (80 litros mínimo absoluto para una pareja)
Temperatura del agua: 9-22 °C; nunca por encima de 22 °C. Ideal 18-22 °C en verano
pH: neutro a ligeramente alcalino (referencia: 7,4)
Conductividad: 350-400 μS en condiciones normales; hasta 1.000-2.000 μS durante una semana ante heridas o micosis
Sustrato: sin sustrato o grava redondeada natural de hasta 3 mm; nunca arena
Iluminación: luz de día estándar, sin insolación directa; fotoperiodo aproximado de 12 horas si es artificial
Alimentación: lombrices, eperlano, pienso para ajolote, daphnia, tubifex aclarado; 1-2 veces por semana
Reproducción: descenso invernal por debajo de 14 °C seguido de calentamiento gradual a 14-18 °C; puesta en primavera
Manejo: guantes de nitrilo, nunca de látex; evitar el contacto con las manos desnudas
¿Quieres participar en la cría de especies amenazadas? Citizen Conservation coordina programas de cría en cautividad para particulares en toda Europa. Más información en citizen-conservation.org/en/participation/becoming-a-breeder
Fe, ciencia de estado y afición, la misma causa
Pocas especies amenazadas cuentan con una red de protección tan heterogénea como el achoque: un convento centenario que convirtió su fe en un criadero, un instituto pesquero federal que investiga su biología, y una comunidad internacional de terrariófilos que replica su reproducción en salas de estar y trasteros de toda Europa. Ninguno de estos actores sustituye a los demás. Cuantas más poblaciones en cautividad existan, repartidas entre instituciones y particulares, menor es el riesgo de que un solo fallo, una sola epidemia o una sola sequía acaben con la especie de una vez.
Es el mismo principio que salvó al cíclido de Mangarahara, en Madagascar, cuando la red de acuaristas aficionados resultó decisiva para localizar y propagar los últimos ejemplares de una especie dada por extinta. El achoque, con sus monjas, su instituto pesquero y sus criadores europeos, es otro recordatorio de que la supervivencia de una especie rara vez depende de un solo guardián.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
Citizen Conservation ·
Más de México ·
INAPESCA / IMIPAS ·
Experiencia Pátzcuaro ·
Guía de cría de Citizen Conservation (PDF)
