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Primates con mascotas: el origen evolutivo de la tenencia

Una gorila que cría un gatito. Un macaco que adopta una gallina. Un babuino que se lleva un cachorro y lo transporta durante días. Durante décadas estos casos se contaron como anécdotas curiosas, sin más valor que el de una fotografía viral. Ahora, treinta y seis investigadores de cuatro continentes los han reunido por primera vez en un único catálogo: 427 interacciones sociales entre primates y animales de otras especies, 88 especies de primates implicadas y 127 especies acompañantes. El resultado obliga a replantear una idea muy asentada: que convivir voluntariamente con animales de otra especie es una invención exclusivamente humana y culturalmente reciente.

Por Redacción Mundo Faunista septiembre 7, 2026 11 min lectura Actualidad
Primates con mascotas: el origen evolutivo de la tenencia

Koko, la gorila que aprendió lenguaje de signos, pidió un gato por su cumpleaños. Se lo dieron en 1984. Lo llamó All Ball, lo acunaba, lo acicalaba y adoptaba posturas de protección cuando alguien se acercaba demasiado. Durante cuarenta años, esa historia se ha contado como una rareza conmovedora: la excepción que confirma que solo los humanos tenemos animales de compañía.

Un trabajo publicado en julio de 2026 en la revista Primates sugiere que Koko no era tan excepcional. Un equipo internacional dirigido por Cyril C. Grueter, de la Universidad de Oxford, ha recopilado el primer catálogo sistemático de interacciones sociales entre primates y animales de otras especies. Son 427 casos. Y entre ellos hay bastantes más Kokos de los que cabría esperar.

Qué se ha contado exactamente

El equipo combinó tres fuentes distintas. Revisó la literatura científica publicada, rastreó vídeos e imágenes en plataformas públicas y distribuyó un cuestionario a unos 250 primatólogos de campo, de los que respondieron 37. Del total de registros, 303 proceden de artículos revisados por pares, 66 de las respuestas al cuestionario y 58 de material audiovisual filtrado con criterios estrictos.

El material de vídeo se sometió a un cribado severo. Se descartaron grabaciones montadas, escenas ambiguas, secuencias que parecían preparadas y cualquier registro en el que no pudiera identificarse con certeza la especie implicada. Esa parte del corpus no pretende medir frecuencias: sirve para ampliar el abanico de conductas documentadas.

Las cifras del catálogo

Interacciones registradas: 427

Especies de primates protagonistas: 88

Especies acompañantes: 127 (72 primates y 55 no primates)

Parejas de especies distintas: 204

Contexto: 311 casos en libertad y 111 bajo cuidado humano

Conductas más frecuentes: juego (139 casos) y acicalamiento (136 casos)

Jugar y acicalar: las dos conductas dominantes

De las diecisiete subcategorías de conducta identificadas, dos concentran la mayor parte de los registros. El juego aparece en 139 casos y el acicalamiento en 136. No es un detalle menor. Son precisamente las dos conductas que definen la relación cotidiana entre una persona y su animal de compañía.

Acariciar y jugar constituyen el núcleo de lo que hacemos con un perro, un gato o un loro. Los autores señalan que las funciones del acicalamiento dentro de una misma especie —higiene, termorregulación, refuerzo de vínculos sociales— pueden extenderse igual cuando cruza la frontera de especie. Con el juego ocurre algo parecido: mejora la coordinación motora y desarrolla habilidades sociales, con independencia de quién sea el compañero de juego.

El catálogo también recoge conductas menos frecuentes pero muy reveladoras. Aparecen el transporte de individuos de otra especie, el contacto corporal prolongado, el reposo en grupo, el reparto de alimento e incluso la lactancia.

Los primates llevan la iniciativa

Cuando el registro permitía saber quién empezaba la interacción —219 casos—, el patrón resultó nítido. En 144 ocasiones la iniciativa partió del primate, lo que supone dos tercios del total. Otras 72 interacciones fueron bidireccionales. Solo tres casos, menos del uno por ciento, los inició el animal no primate: dos perros y un león.

Esa asimetría dice algo importante. La relación no surge porque el otro animal se acerque en busca de comida o abrigo. Nace de la motivación social del primate, de su curiosidad y de su tendencia a explorar. Es el primate quien busca compañía, no al revés.

Las hembras adultas cuidan, los juveniles juegan

Los modelos estadísticos revelaron dos patrones consistentes. Las hembras adultas mostraron la mayor probabilidad de conducta afiliativa hacia otras especies, mientras los machos adultos quedaron muy por debajo. La diferencia resultó estadísticamente significativa.

El segundo patrón afecta a la edad. Juveniles e infantes juegan mucho más de lo que acicalan, y esa preferencia es abrumadora: 70 de los registros de juego corresponden a individuos juveniles. Las hembras adultas, en cambio, acicalan más que juegan.

Ese reparto reproduce con notable fidelidad lo que ocurre dentro de cada especie. El juego domina la infancia y da paso a conductas afiliativas más estructuradas en la vida adulta. Los autores subrayan que el paralelismo con las diferencias humanas es sugerente: existe una hipótesis clásica en etología humana según la cual el interés por los animales de compañía alcanza su máximo en niñas de ocho a doce años, precisamente la etapa en que la experiencia de cuidado resulta más rentable.

El mito de la carita tierna se cae

Una de las hipótesis del trabajo no salió adelante, y ese fracaso resulta más interesante que varios de los aciertos. Los investigadores esperaban que los primates dirigiesen preferentemente sus atenciones hacia crías de otras especies, atraídos por los rasgos infantiles descritos por Konrad Lorenz.

No ocurrió. En los 81 casos con edad conocida del receptor, 44 interacciones se dirigieron a adultos y 37 a inmaduros: ninguna diferencia significativa. Y al restringir la muestra a hembras adultas como protagonistas, el resultado se invirtió con claridad. Veinticinco interacciones apuntaron a adultos frente a nueve dirigidas a inmaduros.

La conclusión tiene consecuencias. La apariencia infantil no basta para desencadenar el vínculo. Pesan más la compatibilidad conductual, la atención mutua y la tolerancia recíproca. Dicho de otro modo: el vínculo entre especies parece más social que sentimental.

Los casos que más se parecen a una mascota

El estudio distingue entre encuentros pasajeros y relaciones sostenidas. Solo estas últimas admiten comparación razonable con la tenencia humana. Los autores destacan varios ejemplos.

En Brasil, un grupo silvestre de monos capuchinos Sapajus libidinosus adoptó a una cría de tití común Callithrix jacchus. El pequeño permaneció integrado en el grupo durante al menos diez meses y recibió cuidados de dos madres adoptivas sucesivas, además de tolerancia general del resto.

En un zoológico israelí, un macaco crestado Macaca nigra subadulto adoptó a una gallina que se había colado en su alojamiento. El primate desarrolló hacia el ave conductas afiliativas y de protección. En un templo de Tailandia, macacos de cola de muñón Macaca arctoides acicalan habitualmente a un perro doméstico. En Yunnan, un juvenil de mono dorado de Yunnan Rhinopithecus bieti juega sobre el lomo de un cerdo.

También hay casos menos amables en su origen. En Ta’if, Arabia Saudí, un macho de babuino hamadryas se apropió de un cachorro doméstico y lo transportó durante períodos prolongados. La escena documentada por BBC Earth combina apropiación forzada y cuidado posterior, una ambigüedad que atraviesa buena parte del catálogo.

La cara incómoda de los datos

Sería deshonesto contar solo la parte luminosa. El estudio registró 26 interacciones abusivas, de las cuales 21 se dirigieron a especies no primates. Y documentó trece muertes confirmadas por manipulación violenta: siete aves, dos pangolines, un gato doméstico y tres primates.

Cuidado y daño en el mismo repertorio

La mayoría de las conductas abusivas registradas no responden a intención depredadora. Proceden de un manejo torpe, de un juego mal calibrado o de un cuidado mal dirigido. Un caso descrito en 1970 relata cómo tres hembras de mono araña se turnaron para transportar a una cría de mono aullador que acabó muriendo tras horas de manipulación.

Los autores lo interpretan como una advertencia metodológica: la frontera entre el cuidado y el maltrato no siempre es nítida cuando el vínculo cruza la barrera de especie.

Ese matiz importa. Cuidar bien a un animal de otra especie exige algo más que buena disposición. Requiere conocer sus necesidades, interpretar sus señales y ajustar el propio comportamiento. Es exactamente lo que separa una tenencia competente de una tenencia improvisada.

Qué aporta esto al debate sobre la tenencia

La tesis de los autores es prudente y conviene reproducirla con precisión. No afirman que los primates tengan mascotas en sentido estricto. Sostienen que ciertas predisposiciones conductuales relevantes para la compañía entre especies —cuidado, tolerancia y juego exploratorio— están más extendidas entre los primates de lo que se pensaba.

La distinción principal que señalan es la duración. Las interacciones heteroespecíficas de los primates suelen ser efímeras. La tenencia humana implica compañía sostenida durante años. Esa diferencia es real y el trabajo no la disimula.

Ahora bien, el hallazgo tiene una lectura que nos interesa especialmente. En el debate público sobre la tenencia de animales, cierto discurso animalista presenta la convivencia con animales como una construcción cultural moderna, una forma de apropiación sin más raíz que la costumbre. Estos datos complican esa narrativa.

Las conductas que sostienen el vínculo —acicalar, jugar, cuidar, tolerar— aparecen documentadas en 88 especies de primates, en libertad y bajo cuidado humano, en cuatro continentes. No se trata de una invención reciente ni de una desviación moral. Se trata de un repertorio conductual profundamente arraigado en el linaje al que pertenecemos.

Una asimetría interesante

Hay un contraste que merece atención. Entre los primates, los compañeros preferidos son especies filogenéticamente próximas: otros primates, sobre todo. Entre los humanos, el patrón cambia radicalmente hacia los carnívoros, con perros y gatos a la cabeza.

Los autores atribuyen esa diferencia al peso de la domesticación en la historia humana. Y observan que reptiles, anfibios, peces e invertebrados aparecen muy poco como compañeros en ambos casos. Conviene apuntar aquí un matiz que el estudio no desarrolla: la definición de animal de compañía que los propios autores adoptan, tomada de Sterneberg-Van der Maaten y colaboradores, incluye expresamente reptiles, aves y peces ornamentales.

Es decir, la afición a los animales exóticos amplía deliberadamente un repertorio que la evolución dejó estrecho. Mantener un gecko o un cíclido no es una prolongación instintiva del vínculo con el perro. Es una construcción cultural y técnica, apoyada en conocimiento acumulado y en décadas de experiencia práctica.

Lo que el estudio no dice

Los propios autores enumeran sus limitaciones con claridad, y conviene recogerlas. El conjunto de datos es heterogéneo en origen y desigual en calidad. El esfuerzo investigador está mal repartido: algunas especies llevan décadas bajo observación y otras apenas se han estudiado.

Existe además un sesgo previsible en el material audiovisual. Los vídeos que circulan tienden a recoger escenas llamativas o antropomórficamente atractivas, no situaciones representativas. Los autores presentan su trabajo como un marco conceptual generador de hipótesis, no como una estimación de la frecuencia real del fenómeno.

Esa honestidad metodológica es precisamente lo que da valor al trabajo. Y también lo que obliga a manejarlo con cuidado en el debate público.

Una implicación práctica

El estudio apunta una aplicación directa en el manejo de animales bajo cuidado humano. Saber qué especies tienden a establecer relaciones cooperativas y cuáles derivan hacia la competencia permite tomar mejores decisiones sobre convivencia y enriquecimiento ambiental.

Los autores señalan también un riesgo asociado: el contacto físico estrecho entre especies aumenta la probabilidad de transmisión de patógenos. Es un argumento a favor de protocolos sanitarios rigurosos, no en contra de la convivencia entre especies.

Una conclusión modesta y sólida

El trabajo de Grueter y sus colaboradores no resuelve el origen de la tenencia de animales. Tampoco lo pretende. Lo que hace es reunir por primera vez la evidencia dispersa y demostrar que la conducta afiliativa entre especies es mucho más común entre los primates de lo que suponíamos.

Queda una imagen difícil de descartar. Una gorila acunando un gatito, un macaco protegiendo una gallina, un capuchino criando un tití ajeno. Ninguno de esos animales leyó nada sobre bienestar animal ni firmó ningún manifiesto. Simplemente hicieron lo que su repertorio conductual les permitía hacer.

Quienes mantenemos animales llevamos mucho tiempo escuchando que ese vínculo es una anomalía cultural. Los datos sugieren algo distinto y más interesante: que hunde sus raíces bastante más atrás de lo que la historia humana alcanza a documentar.

Redacción Mundo Faunista

Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.

Fuente:
Grueter CC, Roncin F, Nekaris KAI, Pruetz J, McFarland R, Hasan S, et al. (2026) Heterospecific social behavior in primates: insights into the evolutionary roots of pet-keeping. Primates. https://doi.org/10.1007/s10329-026-01281-0 · Artículo de acceso abierto bajo licencia Creative Commons Attribution 4.0 International.

Etiquetas: animales de compañíacapuchinoscomportamiento animalCyril Grueteretologíaevolucióngorila Kokointeracciones heteroespecíficasmacacosprimatesrevista Primatestenencia de animalesvínculo humano-animal
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Equipo editorial de Mundo Faunista, publicación de la Federación FAUNA

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