El 21 de agosto de 2017, en el zoológico Riverbanks de Columbia (Carolina del Sur), un dragón de Komodo salió corriendo hacia la puerta de su refugio nocturno. La encontró cerrada. Entonces empezó a moverse erráticamente por su recinto hasta que el sol volvió a salir. Después regresó a la inmovilidad casi absoluta que caracterizaba su jornada.
Ese mismo día, a pocos metros, las hembras de gorila cruzaron su instalación en el orden jerárquico exacto que emplean cada noche para entrar a dormir. Los elefantes se acercaron a la puerta del establo. Y una bandada de loris voló en bloque hacia sus cajas nido, algo que no habían hecho de forma sincronizada en ningún otro momento de la observación.
Hoy, 12 de agosto, le toca a España. Y varias instituciones zoológicas españolas van a estar mirando.
Un eclipse con una particularidad española
La sombra de la Luna entrará por Galicia y saldrá por Baleares. La franja de totalidad mide unos 290 kilómetros de ancho y cruza buena parte de la mitad norte peninsular. Fuera de ella, el resto del país verá un eclipse parcial profundo. Es el primero total visible desde la Península desde 1905.
Hay un detalle que conviene tener presente, porque afecta directamente a lo que se podrá observar en los animales. El eclipse ocurre muy cerca del ocaso, en torno a las 20:30 hora peninsular, con el Sol a una altura de entre 2 y 12 grados según la zona. La totalidad durará como mucho un minuto y cincuenta segundos.
Eso significa que la oscuridad del eclipse se superpone al oscurecimiento natural del atardecer. Los animales ya estarán iniciando sus rutinas vespertinas cuando llegue la sombra. Separar una cosa de la otra será el principal reto metodológico de cualquier observación que se haga mañana en España.
Franja de totalidad: unos 290 km de ancho, de Galicia a Baleares
Duración máxima de la totalidad: en torno a 1 minuto y 50 segundos en la línea central
Hora aproximada: entre las 20:27 y las 20:35, hora peninsular
Altura del Sol: entre 2 y 12 grados sobre el horizonte
Precedente: el último eclipse total visible desde la Península fue en 1905
Lo que se observó en 2017: tres cuartas partes reaccionaron
El estudio más citado sobre este asunto se publicó en Animals en 2020. Un equipo dirigido por Adam Hartstone-Rose documentó el comportamiento de diecisiete taxones de mamíferos, aves y reptiles durante el eclipse de 2017. Trece de ellos, un 76 %, mostraron conductas distintas de las habituales.
La respuesta más frecuente fue la vespertina. Ocho taxones hicieron exactamente lo que hacen cada anochecer: acercarse al establo, buscar el dormidero, volver a la caja nido. Los gorilas, los elefantes y el dragón de Komodo se dirigieron todos a la entrada de sus alojamientos nocturnos.
El podargo australiano, un ave nocturna, hizo lo contrario. Abandonó su postura de camuflaje, abrió los ojos por completo y empezó a moverse y acicalarse. Para él la oscuridad no era el fin de la jornada, sino el principio.
Las conductas que se interpretaron como ansiedad
Cinco géneros mostraron conductas que investigadores y cuidadores interpretaron como signos de ansiedad. Los babuinos hamadryas fusionaron sus dos subgrupos habituales y corrieron en bloque por la instalación. Una hembra caminó en círculos durante unos veinticinco minutos.
Las jirafas se agruparon al fondo del recinto y un macho comenzó a balancear cuello y cuerpo. Tras la totalidad, varios individuos galoparon durante minutos, algo nunca observado antes. Uno de ellos siguió con estereotipias más de una hora después.
Los flamencos redujeron sus distancias interindividuales y formaron un grupo compacto, con los juveniles en el centro. Vocalizaron con fuerza y mantuvieron las cabezas altas. Fue el único momento en que toda la bandada se comportó de forma sincronizada.
Los propios autores fueron honestos con las limitaciones. Aquel día el zoo vivió una de sus jornadas de mayor afluencia. Hubo aplausos, gritos, un helicóptero sobrevolando el recinto y fuegos artificiales durante la totalidad. Reconocieron que resultaba imposible separar el efecto del eclipse del efecto del público.
El experimento que faltaba: un zoo vacío
Esa limitación quedó resuelta siete años después. El 8 de abril de 2024, durante el eclipse total que cruzó Norteamérica, el Zoo de Granby (Quebec) hizo algo distinto: cerró al público.
El equipo de Louis Lazure registró el comportamiento de una decena de especies de mamíferos y aves cada sesenta segundos durante tres horas, empleando la aplicación ZooMonitor. Establecieron una línea base observando a los mismos animales dos días antes y tres días después. También cartografiaron el uso del espacio dentro de cada instalación.
El resultado cambia bastante el cuadro. La conclusión que los propios autores destacan es que, en ausencia de público, la mayoría de los animales no modificó su conducta de forma apreciable.
Macacos japoneses: la única respuesta descrita como significativa y evidente. Redujeron su nivel de actividad, ascendieron a las ramas altas y permanecieron quietos y en silencio. Recuperaron la normalidad al volver la luz.
Cebras: el patrón opuesto. Aumentaron su actividad y mostraron signos de estrés que se prolongaron más allá de la totalidad.
Otras respuestas menores recogidas en la difusión del estudio: camellos bactrianos aproximándose a sus puertas de dormidero, avestruces y monales con fuertes caídas de actividad durante la totalidad y grullas que dejaron de vocalizar.
El hallazgo incómodo: lo que creemos ver y lo que medimos
Hay un resultado del trabajo de Granby que merece más atención de la que ha recibido. Para entenderlo hay que fijarse en cómo trabajaron los observadores, porque hicieron dos cosas distintas a la vez.
Por un lado registraron datos. Cada sesenta segundos anotaban qué estaba haciendo el animal siguiendo un protocolo cerrado: activo o inactivo, en qué punto de la instalación, con qué postura. Son categorías definidas de antemano que no dejan margen a la valoración personal.
Por otro lado, esas mismas personas se formaron una impresión general de lo ocurrido. Vieron el eclipse mientras observaban a su animal y salieron de allí con una idea sobre si había reaccionado o no, y de qué manera.
Al comparar ambas cosas apareció el problema. Los autores lo describen como un hallazgo incidental: la valoración subjetiva de los observadores no coincidía del todo con los datos que ellos mismos habían anotado minuto a minuto. La impresión y el registro contaban historias distintas.
Conviene subrayar quiénes eran esos observadores. No se trata de visitantes ocasionales, sino de personal formado y entrenado en observación conductual, trabajando con animales que conocen. Aun así, la percepción se desvió del dato.
La explicación más plausible tiene que ver con la expectativa. Un eclipse es un acontecimiento cargado de significado para quien lo presencia, y el observador espera ver algo. Ese sesgo funciona en las dos direcciones: puede llevar a percibir una reacción donde el registro no la detecta, o a interpretar como inquietud un cambio que el protocolo clasifica como simple desplazamiento.
De ahí la insistencia de los autores en los protocolos estandarizados y el entrenamiento previo. No son burocracia académica. Son el único mecanismo disponible para separar lo que ocurrió de lo que creímos ver.
Comparemos ahora los dos estudios. En 2017, con el zoo abarrotado y en pleno clamor, tres cuartas partes de las especies mostraron cambios y cinco géneros manifestaron algo parecido a la ansiedad. En 2024, con el zoo cerrado, los autores concluyen que la mayoría de los animales no alteró su conducta de forma llamativa.
La conclusión razonable no es que un estudio se equivocara. Es que buena parte de lo que atribuimos al eclipse podía deberse a nosotros.
Por qué esto importa más allá del eclipse
Aquí hay una lección que trasciende la astronomía. El bienestar animal es una disciplina científica que se apoya en indicadores medibles, líneas base y protocolos replicables. No se apoya en la impresión de un observador, por bienintencionada que sea.
La distinción resulta especialmente pertinente en el debate público sobre la tenencia y el mantenimiento de animales. Circula con frecuencia el argumento que interpreta cualquier cambio conductual como sufrimiento. Los datos de Granby recuerdan que esa interpretación necesita medición, no intuición.
Y hay un segundo aprendizaje, muy práctico para cualquiera que mantenga animales. La respuesta más común al eclipse de 2017 fue dirigirse al alojamiento nocturno. Eso no es un instinto ancestral: es una rutina aprendida. Los animales que disponen de rutinas predecibles gestionan mejor los acontecimientos imprevistos.
Qué van a estudiar los Bioparc mañana
Los Bioparc de Fuengirola y Valencia realizarán un seguimiento específico durante el eclipse, comparando el comportamiento de determinadas especies en los días previos y durante el propio evento. Participan además en el proyecto TriEclipse, iniciativa liderada por UDENA (Unidad de Naturaleza).
Bioparc Fuengirola trabajará en coordinación con AIZA sobre dos especies deliberadamente contrastadas. Por un lado el binturong (Arctictis binturong), de hábitos crepusculares y nocturnos y especialmente sensible a las variaciones lumínicas. Por otro la sitatunga (Tragelaphus spekii), un antílope africano cuya actividad sigue de cerca el ciclo diario.
En el binturong se combinará observación directa del equipo de Zoología con grabación continua de imagen y sonido. El registro acústico permitirá detectar variaciones en las vocalizaciones que pasarían inadvertidas a simple vista. En las sitatungas se atenderá a la actividad, los desplazamientos y la búsqueda de refugio.
Bioparc Valencia se centrará en el elefante africano de sabana (Loxodonta africana), con una manada que incluye dos crías, y en su grupo de chimpancés (Pan troglodytes verus), el más numeroso de España y también con dos crías. Un sistema de fototrampeo cubrirá el nuevo recinto de las tortugas de Aldabra (Geochelone gigantea).
La elección de especies es acertada. Un vivérrido nocturno, un antílope diurno, dos grupos de primates con crías y un quelonio gigante cubren un abanico de respuestas potenciales muy distintas. La presencia de crías añade un elemento de interés: en Riverbanks, los flamencos protegieron a sus juveniles situándolos en el centro del grupo.
Qué hacer con nuestros propios animales
La recomendación general es sencilla: mantener la rutina habitual. La transición brusca de luz a penumbra puede provocar una desorientación leve y momentánea, sin riesgo asociado.
Circula cada eclipse la advertencia de impedir que los animales miren al Sol. Carece de fundamento. Ningún animal fija la vista voluntariamente en el disco solar, porque el reflejo de aversión a la luz intensa se lo impide igual que a nosotros. La precaución ocular es un asunto exclusivamente humano.
Los riesgos reales son otros y tienen que ver con nuestro comportamiento, no con el suyo. El principal es la aglomeración: mañana habrá miradores abarrotados, y llevar allí a un perro lo expone a un entorno ruidoso y saturado sin ninguna necesidad.
El segundo riesgo es la distracción. Durante esos minutos la atención estará puesta en el cielo, no en la correa. Un animal suelto, en un lugar desconocido y con la luz cayendo de golpe, puede desorientarse y perderse. Lo sensato es dejarlo en casa con su rutina intacta.
Para quienes mantienen aves en voladeras exteriores o reptiles en instalaciones al aire libre, mañana ofrece una oportunidad de observación poco común. Merece la pena anotar la hora exacta de cada cambio y contrastarla con la conducta de los días anteriores a la misma hora.
1. Establece una línea base. Observa hoy a la misma hora, y también mañana después del eclipse. Sin comparación no hay dato.
2. Anota horas exactas. El momento preciso del cambio distingue una respuesta al eclipse de la rutina vespertina normal.
3. Registra lo que ves, no lo que interpretas. «Se desplazó al fondo del alojamiento» es un dato. «Estaba asustado» es una conclusión.
4. Graba sonido si puedes. Las variaciones vocales suelen ser el indicador más sensible y el que más se escapa a la observación visual.
Una ventana que tardará en volver a abrirse
La rareza del fenómeno es precisamente lo que lo hace valioso y lo que lo hace difícil de estudiar. Un eclipse total se repite en un mismo punto cada varios siglos. No hay forma de replicar el experimento ni de aumentar el tamaño muestral a voluntad.
España tiene por delante una secuencia excepcional: otro eclipse total el 2 de agosto de 2027 y uno anular el 26 de enero de 2028. Después habrá que esperar hasta 2053. Esa tríada convierte a nuestro país en un escenario privilegiado para estudios comparativos, algo que ninguna otra región ha tenido en décadas.
Si el seguimiento de mañana se hace con protocolos estandarizados y se repite en 2027 con la misma metodología, el resultado tendrá un valor científico difícil de igualar. Sería una aportación española notable a un campo donde todavía predomina la anécdota.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
Hartstone-Rose A, Dickinson E, Paciulli LM, Deutsch AR, Tran L, Jones G, Leonard KC (2020) Total Eclipse of the Zoo: Animal Behavior during a Total Solar Eclipse. Animals 10(4): 587. https://doi.org/10.3390/ani10040587 ·
Lazure L, Chastenay P, Paquette C (2026) Behavioral Responses of Zoo Animals During a Total Solar Eclipse in the Absence of Visitors. Zoo Biology 1–9. https://doi.org/10.1002/zoo.70090 ·
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