Este artículo está basado en el estudio de Fontaine, Simard, Brunet y Elliott (2022), «Scientific contributions of citizen science applied to rare or threatened animals», publicado en Conservation Biology 36: e13976 (DOI: 10.1111/cobi.13976).
¿Cuánto aporta realmente la ciencia ciudadana a la conservación de especies raras o amenazadas? La pregunta se ha respondido muchas veces desde la anécdota. Un equipo de la Universidad McGill ha intentado responderla con datos: rastreó 332 proyectos de ciencia ciudadana en todo el mundo y encuestó a sus responsables sobre lo que realmente producen.
El resultado desmonta una idea extendida: que la ciencia ciudadana solo sirve para recoger datos que otros aprovechan después. Casi dos de cada tres proyectos generan al menos una medida de conservación directa. La mitad produce publicaciones científicas revisadas por pares. Y el factor que mejor predice el éxito no es el presupuesto ni la tecnología: es la longevidad del proyecto.
Un rastreo global sin atajos
El equipo de investigación no se limitó a revisar directorios conocidos como Zooniverse o CitSci.org. Realizó búsquedas sistemáticas en cuatro idiomas —inglés, español, francés y chino— para evitar el sesgo habitual hacia proyectos angloparlantes.
Se examinaron más de 5.600 enlaces. Solo se incluyeron los proyectos que cumplían cuatro condiciones estrictas: pedían ayuda pública para monitorizar animales, se centraban en especies consideradas raras o amenazadas, tenían como objetivo explícito su conservación y llevaban al menos dos años en marcha.
332 proyectos cumplieron los cuatro criterios de selección, de un total de más de 5.600 enlaces examinados en cuatro idiomas.
235 proyectos tenían sitio web en inglés y fueron invitados a la encuesta de seguimiento.
119 respuestas recibidas — una tasa de respuesta del 51%.
Mamíferos, herpetos y aves: quién protagoniza la ciencia ciudadana
Los mamíferos encabezan la lista de especies protagonistas, seguidos de reptiles y anfibios, aves, invertebrados y peces. Los autores apuntan a una explicación sencilla: las especies carismáticas y fáciles de identificar generan más proyectos, sea cual sea su estatus real de amenaza.
La distribución geográfica también es desigual. Más de la mitad de los proyectos se concentran en Norteamérica, seguida de Europa y Oceanía. Los propios autores señalan la paradoja: la mayoría de las especies amenazadas del planeta vive fuera de esas tres regiones.
Tres formas de contribuir, no solo el paper científico
El estudio distingue tres tipos de aportación: publicaciones científicas revisadas por pares, literatura gris —informes, actas de congresos, tesis— y medidas de conservación directas, entendidas como acciones concretas que reducen el impacto sobre la especie o su hábitat.
El 45% de los proyectos encuestados produjo al menos una publicación científica revisada por pares. La proporción sube al 64% en literatura gris, y también al 64% en medidas de conservación directas. Los autores destacan que estos porcentajes son más altos de lo que sugerían estudios anteriores basados solo en revisión bibliográfica.
Identificación y establecimiento de áreas protegidas o de riesgo: 44 proyectos
Uso de los datos en planes de gestión o mitigación: 43 proyectos
Evaluación del estatus de amenaza a nivel regional, nacional o internacional: 38 proyectos
Restauración o protección del hábitat: 31 proyectos
Campañas de concienciación: 26 proyectos
Programas de cría en cautividad: 2 proyectos
Un mismo proyecto puede haber contribuido a más de un tipo de medida.
El factor que de verdad importa: el tiempo
La longevidad del proyecto es, con diferencia, el factor que mejor explica el éxito en los tres tipos de contribución. Cuantos más años lleva funcionando un proyecto, más publicaciones, más literatura gris y más medidas de conservación produce.
La calidad de los datos recogidos —protocolos claros, metadatos, validación— también predice bien las publicaciones científicas y la literatura gris. El tipo de colaboración importa especialmente para las medidas de conservación: los proyectos con enfoques transdisciplinarios, que integran a actores no académicos desde el diseño inicial, producen de media más acciones concretas que los proyectos puramente académicos.
Los propios autores explican por qué. Un enfoque transdisciplinar aborda mejor problemas reales que involucran a actores no académicos. Combina conocimientos y sistemas de valores distintos. Y la diversidad de puntos de vista entre los participantes tiende a generar soluciones más creativas.
Lo que aporta el aficionado que la ciencia institucional no puede sustituir
El estudio confirma con datos algo que en Mundo Faunista hemos visto reflejado en casos concretos, como el del cíclido de Mangarahara, rescatado gracias a la red internacional de acuaristas privados. Los propios autores recomiendan incluir a diversos actores en todas las fases de un proyecto, precisamente porque esa mezcla de perfiles —desde voluntarios hasta gestores— mejora la calidad científica y el impacto en conservación.
Los autores también advierten de un riesgo estructural: muchas agencias financiadoras solo apoyan proyectos a corto plazo, cuando es precisamente la continuidad en el tiempo lo que multiplica los resultados. Recomiendan planificar desde el inicio programas con vocación de permanencia y buscar varias fuentes de financiación.
¿Participas en algún proyecto de ciencia ciudadana o cría coordinada? Programas como Citizen Conservation coordinan a particulares en Europa para la cría de especies en peligro crítico, siguiendo exactamente el modelo de colaboración transdisciplinar que este estudio identifica como el más eficaz.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuente: Fontaine, A., Simard, A., Brunet, N., & Elliott, K. H. (2022). Scientific contributions of citizen science applied to rare or threatened animals. Conservation Biology, 36, e13976. https://doi.org/10.1111/cobi.13976