Este artículo está basado en el estudio de Frýdlová et al. (2026), publicado el 5 de junio de 2026 en la revista Behavioral Ecology (DOI: 10.1093/beheco/arag062). El trabajo procede del Departamento de Zoología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Carolina de Praga, el mismo grupo responsable de los estudios previos de hibridación, crecimiento, orientación espacial y memoria del gecko leopardo publicados entre 2015 y 2025.
El gecko leopardo es un animal nocturno y crepuscular que vive en zonas áridas de Pakistán, Afganistán e India. Su depredador más probable, en ese entorno, es una serpiente. Y las serpientes cazan de noche, en silencio, con frecuencia ocultas. Detectarlas a tiempo puede ser la diferencia entre sobrevivir y no hacerlo.
¿Cómo lo hace el gecko? ¿Qué sentido le avisa primero? ¿Qué ocurre cuando llegan señales de varios sentidos a la vez? El grupo de investigadores de la Universidad Carolina de Praga que lleva años estudiando la cognición de Eublepharis macularius ha publicado en Behavioral Ecology la respuesta más completa y rigurosa que existe hasta ahora a estas preguntas. El resultado tiene implicaciones directas no solo para entender la biología de la especie, sino para pensar en las condiciones de su mantenimiento en cautividad.
Tres sentidos, ocho tratamientos
El diseño experimental es elegante en su lógica. Para saber qué sentido hace qué en la detección de un depredador, hay que poder presentar cada señal por separado, y luego combinarlas de todas las formas posibles. El equipo trabajó con 40 geckos adultos de tercera generación descendiente de animales capturados en Pakistán, testados en sus propios terrarios para evitar el estrés de ambientes desconocidos.
El depredador simulado fue la muda de piel —la exuvia— de una serpiente diadema (Spalerosophis diadema), que en estudios anteriores del mismo grupo ya había demostrado ser capaz de desencadenar respuestas antipredatorias claras en geckos adultos. Como control neutro se usaron fragmentos de HDPE, un plástico sin olor demostrado.
Las tres modalidades sensoriales manipuladas fueron la química (presencia o ausencia de exuvia olfateable), la visual (presencia o ausencia de la mano del investigador con unas pinzas, frente a una caña telescópica que minimizaba el componente visual) y la mecanosensorial (cuatro golpes firmes sobre el cristal del terrario inmediatamente antes de presentar el estímulo, generando una vibración de aproximadamente 80 dB en la posición de la cabeza del gecko). Combinando estos tres factores de forma binaria se obtienen ocho tratamientos posibles, que cubrían desde la ausencia de todo estímulo hasta la triple combinación de olfato, vista y vibración simultáneos.
Además de este protocolo trimodal, el equipo realizó una segunda serie de pruebas con una serpiente viva (Spalerosophis diadema) en un contenedor sellado, para obtener un estímulo visual ecológicamente más relevante que la mano del investigador. Esta segunda serie combinó solo las modalidades química y visual.
El etograma: qué comportamientos se midieron
Los 90 segundos de cada prueba fueron grabados en vídeo y analizados con un etograma previamente validado por el mismo equipo en estudios anteriores con serpientes vivas y exuvias. Las categorías de comportamiento observadas fueron lengüeteo activo hacia el estímulo (indicador de evaluación sensorial química por vomeronasación), ausencia de respuesta, postura alta defensiva (extensión de patas, joroba dorsal, cola parcialmente erguida), amenaza con boca abierta (apertura de la boca mostrando el interior rosado y la punta roja de la lengua), mordedura, postura baja (aplastamiento del cuerpo contra el suelo), ondulación de la cola y esquiva o huida.
Por razones estadísticas —la mayoría de individuos mostraba solo un subconjunto del repertorio en los 90 segundos de cada prueba—, el análisis principal usó puntuación binaria: presencia o ausencia de cada comportamiento, en lugar de frecuencia o duración. La pregunta no era cuántas veces o durante cuánto tiempo reaccionaba el gecko, sino si la reacción se producía o no.
La serpiente diadema (Spalerosophis diadema) es alopátrica respecto al gecko leopardo: no comparte su área de distribución natural. Los estudios previos del grupo habían demostrado que E. macularius reacciona a las exuvias de esta especie con la misma intensidad que a las de depredadores naturales. El uso de una especie alopátrica garantiza que la respuesta refleja la capacidad general de reconocimiento químico de depredadores, no una asociación aprendida con una especie concreta.
Qué resultados arrojó el estudio
La quimiorrecepción es el canal dominante. La presentación de exuvia fue el único estímulo que, por sí solo, aumentó el lengüeteo activo hacia el estímulo de forma significativa, y el único capaz de desencadenar comportamientos defensivos costosos —postura alta, amenaza con boca abierta, mordedura. El estímulo visual aislado (la mano con pinzas) y el mecanosensorial aislado (la vibración) no provocaron por sí solos un aumento del lengüeteo respecto al control.
Sin embargo, cuando se combinaron con la señal química, tanto la señal visual como la mecanosensorial amplificaron significativamente la frecuencia de lengüeteo. No fueron irrelevantes: actuaron como moduladores que intensificaban la evaluación sensorial ya iniciada por el olfato. El patrón de integración que mejor describió los datos fue un modelo aditivo: cada modalidad secundaria contribuía a incrementar la alerta, pero no era suficiente por sí sola para iniciar una respuesta defensiva activa.
En la prueba con serpiente viva, el estímulo visual más ecológicamente relevante —una serpiente real en movimiento dentro de un contenedor de cristal— sí produjo un efecto visual más claro que la mano del investigador, y amplificó la respuesta química de forma más consistente. Aun así, la iniciación de la defensa activa siguió dependiendo de la presencia de señal química.
Por qué el olfato manda en un gecko nocturno
La dependencia primaria de la quimiorrecepción tiene una explicación ecológica directa. Eublepharis macularius es crepuscular y nocturno: en las condiciones de luz bajo las que caza y es cazado, la información visual es limitada o inexistente. Las serpientes, además, son depredadores que frecuentemente cazan en emboscada, inmóviles, sin emitir señales visuales ni acústicas evidentes. Lo que sí dejan son rastros químicos —en el sustrato, en el aire— que la serpiente no puede suprimir y que el gecko puede detectar mediante la lengua y el órgano vomeronasal.
El órgano vomeronasal, presente en todos los escamosos, es la estructura que procesa las moléculas captadas por la lengua cuando esta toca el suelo o el aire. En el gecko leopardo, este canal ha sido la vía principal de comunicación química durante millones de años —para reconocer congéneres, detectar presas y, como demuestra este estudio, identificar depredadores. Que las señales visuales y mecanosensoriales actúen como amplificadores y no como disparadores independientes es coherente con un animal cuya ecología ha priorizado la quimiorrecepción como primer filtro de información.
El coste de responder: por qué los geckos no reaccionan a todo
Hay un dato implícito en los resultados que el estudio hace explícito en la discusión: responder cuesta. Una postura defensiva alta, una amenaza con boca abierta o una huida consumen energía. En un reptil ectotermo con un presupuesto energético ajustado, activar esas respuestas ante señales falsas o ambiguas tiene un precio. El sistema que muestra el estudio —umbral de respuesta gestionado por el olfato, sensibilidad amplificada por señales adicionales— es un equilibrio adaptativo: el gecko no ignora las señales secundarias, pero tampoco las convierte en disparadores de conductas costosas sin la confirmación química.
Esa lógica tiene relevancia directa para el terrariofílico. Los geckos que perciben vibraciones frecuentes en su terrario —manipulaciones, golpes accidentales en el cristal, paso de personas cerca— probablemente elevan su estado de alerta general. Si a esas vibraciones se suma alguna señal química inesperada, la respuesta puede amplificarse. El diseño del terrario y la gestión del entorno sensorial del animal no son solo cuestiones de bienestar abstracto: son parámetros que el gecko procesa activamente con los mismos mecanismos que usa para evaluar si hay una serpiente cerca.
El paper de 2026 es el último eslabón de una secuencia que el grupo de la Universidad Carolina de Praga ha construido sobre Eublepharis macularius como modelo experimental. Los estudios de hibridación interespecífica (2015), crecimiento comparativo (2018), historia evolutiva del género (2022), orientación espacial en laberinto (2023), memoria espacial a largo plazo (2025) y ahora integración sensorial antipredatoria (2026) configuran uno de los programas de investigación más completos sobre una especie de terrariofilia en la literatura reciente.
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Fuentes:
Frýdlová P, Hirschler D, Chomik A, Pšeničková E, Landová E, Frynta D (2026) Response of leopard geckos (Eublepharis macularius) towards a multimodal cue simulating a predator. Behavioral Ecology arag062. https://doi.org/10.1093/beheco/arag062 ·
Landová E, Hnidová P, Chomik A, Jančúchová-Lásková J, Frýdlová P, Frynta D (2021) Specific Antipredator Response of Leopard Geckos (Eublepharis macularius) to the Smell of Snake Exuvia. En Chemical Signals in Vertebrates 15: 399–418. Springer.
