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Isópodos como animales de terrario: guía de iniciación

Los «bichos bola» de los patios de colegio han dado el salto definitivo a la terrariofilia. Los isópodos son hoy uno de los grupos de invertebrados más valorados por los terrariófilos: fáciles de mantener, útiles en terrarios bioactivos y disponibles en una diversidad de especies y morfos que no para de crecer. Una introducción a su biología, sus cuidados y su potencial como animales de compañía.

Por Juan Manuel Gómez Berrazueta julio 7, 2026 6 min lectura Terrarios
Isópodos como animales de terrario: guía de iniciación

Armadillidium vulgare, por Franco Folini CC BY

Todos tenemos en la cabeza a los famosos «bichos bola» por los que los niños pequeños siempre han sentido fascinación. Patios enteros de infantil han dejado de jugar para quedarse ensimismados viendo un pequeño grupo de estos artrópodos enrollarse sobre sí mismos al menor contacto, y no han sido pocos los niños que se han preguntado por qué las «cochinillas de la humedad» no se cerraban como los «bichos bola». Ya de adultos, esa fascinación por los isópodos sigue ahí, siendo ahora mismo uno de los grupos animales más diverso y fácil de mantener en el mundo de la terrariofilia.

Evidentemente los «bichos bola» y las «cochinillas de la humedad» no son la misma especie y de hecho pertenecen a géneros distintos. Los más habituales «bichos bola» que solemos encontrar pertenecen al género Armadillidium, siendo la especie A. vulgare una de las más comunes en Europa (aunque está incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras para Canarias, donde no es especie autóctona). Entre las «cochinillas de la humedad», incapaces de cerrarse, destacan especies del género Porcellio, tales como P. laevis o P. scaber, algunas de las más frecuentes y cosmopolitas especies del género.

¿Qué son los isópodos?

Pertenecen al grupo de los crustáceos y, a diferencia de los insectos, que tienen 3 pares de patas, los isópodos tienen 7 pares; de hecho su nombre hace mención a que sus patas son todas iguales. Además tienen dos pares de antenas (aunque normalmente solo un par es visible), ojos compuestos y un aparato bucal masticador. En la actualidad hay cerca de 10.000 especies descritas, siendo al menos la mitad de ellas terrestres pero aún muy vinculadas a ambientes húmedos, como sus ancestros acuáticos. De ahí el calificativo para muchos isópodos de «cochinillas de la humedad».

Esta dependencia a ambientes húmedos es debida a que los isópodos respiran por branquias, si bien es cierto que gran parte de las especies terrestres tienen también lo que se conoce como pulmones pleopodales, ubicados en el abdomen y muy ramificados, de modo similar a las tráqueas de los insectos, siendo un interesante ejemplo de evolución convergente. En todo caso, estos pleópodos requieren humedad para el intercambio de gases y, en ambientes secos, al no poder realizar el intercambio de gases, los isópodos se ahogan.

Reproducción

La reproducción de los isópodos es sexual, siendo las hembras algo más grandes que los machos. Para la fecundación, que suele ser interna, el macho deposita en el aparato reproductor de la hembra el espermatóforo, una cápsula que contiene los espermatozoides, mediante estructuras especializadas llamadas gonópodos. Habitualmente esto ocurre tras la muda del exoesqueleto de la hembra, lo que facilita la cópula al tener el exoesqueleto más flexible. Una vez fecundados los huevos, estos se mantienen en una bolsa especializada en el vientre de la hembra que se denomina marsupio, donde las crías crecerán hasta alcanzar un estado de madurez suficiente para ser independientes. A diferencia de otros artrópodos, el desarrollo es directo y no hay metamorfosis, solo una serie de mudas sucesivas mientras las crías van alcanzando el tamaño adulto. De hecho las crías nacen casi idénticas a los adultos, aunque en vez de 7 pares de patas nacen con 6.

Su función en el terrario bioactivo

Estos animales tienen una función detritívora y descomponedora vital en muchos ecosistemas, lo que los ha convertido en un elemento esencial para los terrarios bioactivos de muchos terrariófilos que buscan instalaciones lo más naturalizadas posibles. Al descomponer restos de comida y excrementos, evitan la proliferación de mohos en las instalaciones, regeneran y airean el sustrato, lo que facilita el crecimiento de plantas naturales en las instalaciones. Además, ellos mismos sirven en estos terrarios como alimento vivo, rico en calcio y de fácil digestión en comparación con otras especies como los tenebrios o Zophobas, y al estar dispersos en el terrario, escondidos entre la hojarasca o semienterrados, su caza sirve de enriquecimiento ambiental para geckos, saurios, ranas o cualquier herpeto de ambiente lo suficientemente húmedo para que estos pequeños descomponedores puedan medrar.

De la fauna auxiliar al animal de compañía

Su interés en la terrariofilia es por tanto evidente. Pero de ser cultivados como alimento vivo para repoblar esos terrarios bioactivos a ser mantenidos ellos mismos como especies de interés dada su belleza, la facilidad de sus cuidados y de su cría, sus múltiples especies y los diversos morfos que existen, solo había un paso, y la terrariofilia lo ha dado con entusiasmo.

En cualquier exposición de reptiles o tienda especializada no faltan diversos tipos de isópodos a la venta a precios asequibles para todos los bolsillos. Es cierto que algunos morfos aún raros y poco comunes son caros, como el «pico de pato», perteneciente al género Cubaris y que puede llegar a costar más de 20 € por ejemplar, pero esos morfos raros son casos excepcionales dentro de esta afición y, como pasa siempre en estos casos, en cuanto la oferta aumente, el precio se equilibrará. Sin embargo no hace falta un morfo así de excepcional para disfrutar de estos animales. Hay muchos morfos donde elegir en especies tan comunes como A. vulgare (White, Dairy Cow, naranja…) y especies de tamaños llamativos, tales como A. gestroi, por apenas unos euros.

Cuidados y mantenimiento

Además tienen una ventaja añadida sobre otras especies dentro de la terrariofilia, y es que su mantenimiento requiere instalaciones sencillas y poco espacio. Un simple contenedor de plástico del tamaño de una caja de zapatos, con rejilla para ventilación y un sustrato con un nivel de humedad adecuado (como turba no tratada con algo de musgo), cortezas, tiestos o cualquier otro elemento bajo el que esconderse y algo de hojarasca para descomponer es más que suficiente para una pequeña colonia. Su alimentación es muy sencilla: básicamente cualquier resto de frutas y verduras que descomponer y algunos trozos de cáscara de huevo o sepia de calamar como fuente de calcio. No requieren calefacción dentro de una casa, y tampoco luz directa (son especies crepusculares y fotofóbicas). Además pueden convivir diversas especies juntas e incluso con otros invertebrados tales como milpiés. En definitiva, son especies muy interesantes y muy recomendables para niños.

Juan Manuel Gómez Berrazueta

Publicado en Mundo Faunista, la publicación digital de la Federación FAUNA.

Etiquetas: animales de compañíaArmadillidiumbichos bolacochinillas de la humedadCubarisinvertebrados terrarioisópodosPorcellioterrario bioactivoterrariofilia
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