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El activismo animalista, analizado como religión secular

La socióloga sueca Kerstin Jacobsson entrevistó durante años a activistas de derechos animales comprometidos con su causa, y encontró un patrón que no esperaba del todo: experiencias de conversión casi religiosas, una fuerte cultura de la culpa, rituales que refuerzan la pertenencia al grupo, y una frontera nítida entre creyentes y no creyentes. Apoyándose en Durkheim y en el sociólogo Milton Yinger —cuya definición funcional de la religión explicamos con detalle—, Jacobsson concluye que el activismo animalista puede entenderse como una religión secular, con un ideal sagrado, el valor intrínseco de los animales, en el centro. No es una acusación de fanatismo: es un marco analítico serio, aplicado con el mismo rigor con el que se estudiaría cualquier otro movimiento social.

Por Redacción Mundo Faunista agosto 31, 2026 8 min lectura Actualidad
El activismo animalista, analizado como religión secular

Kerstin Jacobsson, catedrática de Sociología en la Universidad de Gotemburgo, lleva más de una década estudiando a activistas de derechos animales en Suecia. No como crítica ni como partidaria: como socióloga, con las mismas herramientas con las que otros colegas han estudiado a monjes budistas, a votantes populistas o a hinchas de fútbol. Su conclusión, publicada tanto en la revista académica Culture Unbound como en un libro firmado junto a Jonas Lindblom, es que el activismo animalista funciona, estructuralmente, como una religión secular.

Conviene decirlo con la misma precisión con la que lo dice ella: no es una acusación de fanatismo ni una forma elegante de decir que se equivocan. Es un marco analítico, tomado de Durkheim, que sirve para entender de dónde sale la intensidad, la culpa y el sentido de comunidad que describen los propios activistas cuando hablan de su compromiso.

De dónde salen estos datos

La investigación se basa en 18 entrevistas en profundidad, de entre hora y media y cinco horas cada una, realizadas en dos tandas: diez en 2004 con activistas de Djurens Rätt (Derechos de los Animales Suecia), y ocho en 2010 con activistas de la Alianza por los Derechos Animales y de una red local en Gotemburgo, ambas de perfil más radical. Jacobsson seleccionó deliberadamente a los activistas más comprometidos y militantes, no a una muestra representativa del movimiento animalista en su conjunto —ella misma lo señala como limitación explícita del estudio—. El criterio de selección fue doble: que se definieran a sí mismos como activistas de derechos animales, no de bienestar animal, y que fueran veganos.

El marco de Durkheim: lo sagrado y lo profano

Durkheim sostenía que toda religión se construye sobre tres elementos: cosas sagradas, un sistema de creencias y prácticas, y una comunidad moral que las comparte. Lo sagrado, para él, no exige necesariamente una divinidad: son ideales colectivos a los que un grupo atribuye un valor intrínseco e inviolable. En el mundo moderno, sostenía Durkheim, ese lugar sagrado lo ocupa cada vez más el individuo humano, cuya dignidad se ha vuelto casi intocable.

Jacobsson extiende esa idea: lo que hacen los activistas de derechos animales, sugiere, es ampliar ese círculo sagrado para incluir también al animal individual, entendido como un ser con capacidad de sufrir y, por tanto, con derecho a la dignidad. Esa extensión del círculo sagrado es, para la autora, el núcleo de todo lo demás.

Yinger: lo que importa no es en qué crees, sino cómo crees

Antes de entrar en lo que Jacobsson encontró en las entrevistas, conviene explicar la segunda pieza teórica que usa, además de Durkheim: el sociólogo de la religión Milton Yinger. Su aportación es una distinción sencilla pero muy útil. Hay dos formas de estudiar la religión: preguntarse qué es la religión —su contenido, sus dogmas, si hay dioses o no— o preguntarse qué hace la religión por quien la practica. Yinger optó por lo segundo, y llamó a ese enfoque «religión funcional».

Su definición, formulada en 1970, no menciona ninguna divinidad. Para Yinger, la religión es un sistema de creencias y prácticas con el que un grupo de personas afronta los problemas últimos de la existencia: la muerte, la frustración, la posibilidad de que la hostilidad rompa los vínculos humanos. Para el individuo, ser religioso implica dos cosas: primero, creer que el mal, el dolor y la injusticia son hechos fundamentales de la existencia; segundo, sostener un conjunto de prácticas y creencias que expresan la convicción de que, pese a todo, es posible salvarse de esos hechos, o al menos darles sentido.

Lo importante de esta definición es que no exige creer en nada sobrenatural. Yinger se apoya en el teólogo Paul Tillich, para quien la fe es, sencillamente, aquello que constituye la «preocupación última» de una persona. Si alguien solo se preocupa por esta vida, argumenta Yinger, entonces la injusticia en este mundo —y no en un más allá— se convierte en su preocupación última, y eso basta para hablar de religión en sentido funcional. Yinger observó además que quienes abandonan una religión tradicional no suelen quedarse sin nada: siguen afirmando ciertas «convicciones últimas», siguen buscando apoyo emocional en símbolos y ceremonias, y siguen uniéndose a grupos que sostienen creencias compartidas. Solo que ya no lo llaman religión.

Jacobsson toma prestada esta idea, aunque con un matiz propio: a diferencia de Yinger, ella insiste en que lo verdaderamente central sigue siendo lo sagrado, en el sentido de Durkheim —un ideal moral al que se atribuye un valor intrínseco e inviolable—. Con ese marco combinado, Durkheim para lo sagrado y Yinger para la función, pasa a examinar el material de sus entrevistas.

La conversión: «no hay vuelta atrás»

Un elemento que aparece con fuerza en las entrevistas es la experiencia de conversión: un momento concreto, casi siempre desencadenado por ver imágenes de sufrimiento animal, tras el cual el activista describe haber visto el mundo «como realmente es». Jacobsson lo compara con la revelación religiosa clásica, y varios entrevistados usan un lenguaje que refuerza el paralelismo: uno de ellos resume la experiencia diciendo que, una vez te abres a ver el sufrimiento, ya no hay vuelta atrás.

El patrón se repite también como estrategia deliberada dentro del activismo: varios de los entrevistados admiten exponerse voluntariamente a imágenes perturbadoras para «reavivar el fuego» cuando sienten que su compromiso flaquea, una especie de reconversión periódica.

Una cultura de la culpa

Jacobsson describe la comunidad animalista sueca como una «cultura de la culpa». Al ver sufrimiento en todas partes y no encontrar un final a la vista —miles de millones de animales criados y sacrificados cada año—, los activistas cargan con una culpa doble: colectiva, en nombre de la humanidad, e individual, por no hacer nunca lo suficiente. A diferencia de una religión con perdón o absolución externa, aquí la única forma de aliviar la culpa es actuar más. El activismo se convierte, en palabras de la autora, en una forma de penitencia secular.

Nosotros y ellos: comunidad y frontera de pureza

La pertenencia al grupo traza una frontera nítida entre creyentes y no creyentes, sin términos medios. Dentro de esa frontera, además, hay jerarquías internas: quienes se mantienen más activos ganan estatus moral, y quienes bajan el ritmo son objeto de comentarios a sus espaldas. Jacobsson documenta también un debate interno revelador sobre qué argumentos resultan aceptables: los argumentos ambientales o de salud para dejar de comer carne tienden a valorarse menos entre los activistas de derechos animales, mientras que los argumentos sobre el valor intrínseco del animal —los únicos que no son «instrumentales»— son los preferidos, incluso si los primeros calarían mejor en la sociedad en general.

Rituales: comidas veganas y manifestaciones

Siguiendo a Durkheim, Jacobsson dedica un apartado entero al papel del ritual. La comida vegana, señala, funciona como un acto casi de purificación, repetido varias veces al día, que refuerza la pertenencia al grupo y marca distancia frente a quienes comen carne. Las manifestaciones públicas cumplen una función parecida: la sincronización de cuerpos, consignas y símbolos —imágenes de animales de laboratorio, por ejemplo— genera lo que Durkheim llamaba «efervescencia colectiva», una emoción compartida que refuerza el compromiso individual con la causa.

Lo que distingue esta fe de una religión tradicional

La propia Jacobsson cierra su trabajo con una precisión importante: este marco no es exclusivo del animalismo. Podría aplicarse, dice, a las ramas más radicales de otros movimientos sociales que también giran en torno a un ideal moral compartido. Lo que hace particular al caso animalista, señala, es que traslada la sacralización que la modernidad ya concede a la persona humana hacia un nuevo sujeto: el animal individual.

También señala una diferencia de fondo frente a una religión tradicional. La fe animalista no suele ser un compromiso de por vida: mientras que la creencia en un dios puede sostener a alguien durante décadas, los años de mayor intensidad activista tienden a ser, para muchos de los entrevistados, una fase concreta de la vida, tras la cual suele llegar una postura más pragmática. Y a diferencia de una iglesia, aquí no hay una autoridad externa que fije las normas: es el propio activista, y el propio grupo, quienes vigilan reflexivamente que la vida de cada uno esté a la altura del ideal.

Redacción Mundo Faunista

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Fuentes:
Jacobsson, K. (2014) «Elementary Forms of Religious Life in Animal Rights Activism». Culture Unbound, 6: 305–326  · 
Jacobsson, K. y Lindblom, J. «Secular Religion», capítulo de Animal Rights Activism: A Moral-Sociological Perspective, Amsterdam University Press

Etiquetas: activismoanimalismoderechos animalesDurkheimideologíaKerstin Jacobssonmovimientos socialesreligión secularsociologíaYinger
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