Este artículo se basa en la reseña de Pam Filipski del libro Flight of the Budgerigar: An Illustrated History (Penny Olsen), publicada por el Museum of Aquarium and Pet History, y en fuentes complementarias sobre la historia del periquito como animal de compañía en Europa y América.
En Margaretting, un pueblo de Essex, Rosemary Upton construyó a finales de los años cincuenta una salida en el tejado de su aviario. Cada mañana, casi trescientos periquitos ondulados salían en libertad sobre los jardines y campos del condado, y volvían al atardecer atraídos por el parloteo de las hembras que se quedaban dentro incubando. El primer año perdió ocho de cuarenta pájaros. Con el tiempo dejó de perder ninguno. Los vecinos que la veían pasar creyendo que se le habían escapado los pájaros recibían siempre la misma respuesta: eran sus pájaros, y estaban exactamente donde debían estar.
La imagen de Rosemary Upton y su aviario abierto al cielo de Essex es una instantánea perfecta de lo que el periquito ondulado representaba en la Europa de la posguerra: un animal de compañía tan arraigado en la vida cotidiana que su presencia en el jardín, en el salón o en el tejado de una casa no sorprendía a nadie. Había llegado hasta allí desde los desiertos del interior de Australia a lo largo de más de un siglo de viajes, comercio, fascinación científica y amor genuino de millones de aficionados.
Un loro de los desiertos australianos
El nombre en inglés budgerigar (pronunciado originalmente betcherrygar en las lenguas aborígenes) se cree que significaba algo parecido a «bueno para comer» o «buen loro». Los pueblos indígenas de Australia conocían al pequeño pájaro verde desde mucho antes de que ningún europeo lo viera: aparecía en sus tótems, en sus canciones y en sus leyendas, y existían al menos cincuenta nombres distintos para designarlo en las diferentes lenguas del continente. También cumplía funciones prácticas cruciales: sus movimientos en el paisaje árido señalaban la presencia de agua, y su comportamiento anticipaba los cambios de tiempo en una tierra donde la lluvia lo era todo.
Científicamente, el periquito ondulado es Melopsittacus undulatus: «loro melodioso de alas onduladas», según la nomenclatura que John Gould fijó en el siglo XIX. La primera ilustración conocida de un ejemplar llegó al Museo Británico en 1805, pintada por Frederick Nodder a partir de un juvenil que había alcanzado al naturalista George Shaw. Los primeros periquitos vivos llegaron a Inglaterra de la mano de John y Elizabeth Gould, que los incluyeron en su monumental Birds of Australia en 1840. El viaje duraba cuatro meses en barco, lado a lado con gatos y ratas, y se perdían miles de ejemplares hasta que alguien descubrió que el agua en mal estado era el problema principal, no los depredadores.
De curiosidad a mascota popular
Al principio los pequeños loros interesaban sobre todo a ornitólogos y taxidermistas, que pujaban por las pieles y los especímenes conservados para museos privados. El comercio fue lo bastante intenso como para generar algunos intentos de contrabando y robo. Los capitanes de barco que hacían la ruta de Australia compraban periquitos por unos pocos peniques y los vendían en Inglaterra por seis veces más, añadiendo valor a su cargamento con escaso esfuerzo. El periquito se convirtió en una curiosidad popular que se exhibía en las ferias itinerantes y en los jardines zoológicos de media Europa.
A medida que mejoraban las condiciones de transporte, más ejemplares sobrevivían el viaje y más bajaban los precios. En las décadas de 1860 y 1870 existían ya en Inglaterra auténticas «fábricas de periquitos»: instalaciones de cría a gran escala que abastecían una demanda que crecía sin parar. La Revolución Industrial había mejorado el nivel de vida de buena parte de la población. Con él llegó también la capacidad de mantener animales de compañía que no fueran estrictamente funcionales.
El periquito de Winston Churchill, Toby, asistía a reuniones del gabinete y llevaba el salero a los comensales que lo necesitaban en las cenas de Downing Street. La reina Isabel y su hermana Margarita tenían más de una docena en el Castillo de Windsor. En 1962, dos periquitos —Bluebell y Marybelle— vivían con los Kennedy en la Casa Blanca, en una jaula Hendryx pintada de blanco. Los actores David Niven y Elizabeth Taylor, el humorista Red Skelton y príncipes japoneses figuraban entre sus propietarios más conocidos.
Los años cincuenta: la edad de oro
El periodo de mayor esplendor del periquito como animal de compañía y como sujeto de competición coincide con la posguerra europea. En el Reino Unido, más de 40.000 criadores eran miembros de la Budgerigar Society a mediados de los años cincuenta. Las exposiciones de aves se habían convertido en un espectáculo popular comparable a las exposiciones caninas, y los campeones del momento —pintados por el ilustrador R. A. Vowles para fijar el «estándar ideal» que guiaba a los criadores— eran aves reconociblemente próximas al pájaro silvestre: cabezas pequeñas, cuellos visibles, plumaje liso y compacto, postura erguida y vivaz.
Era, según los aficionados que lo vivieron, una época en la que el hobby era accesible para cualquiera: las aves eran sanas, vigorosas, fértiles y longevas. Un periquito de exposición de los años cincuenta podía vivir diez o doce años. Los colores se habían diversificado extraordinariamente respecto al verde original —azul cobalto, gris, lutino, opalino, violeta, canela— pero el pájaro seguía siendo, en esencia, el mismo loro ágil y despierto que había cruzado el océano en los barcos del siglo XIX.
En los hogares, el periquito superaba en popularidad a cualquier otro animal de compañía que no fuera el perro o el gato. Se calcula que representaron el 25% de todas las aves mantenidas como mascotas en el mundo occidental. Su papel iba más allá de la compañía: los había adiestrados para trucos de magia, otros tiraban cartas del tarot para predecir el futuro romántico de las jóvenes, y algunos participaban en programas de radio.
Los periquitos más famosos del mundo
Australia tuvo a Billy Peach, que radiaba en 1939 con vocabulario de 300 palabras. Cuando pasó al cine, hubo que buscarle un doble: había perdido las plumas de la cola y de vuelo. El Reino Unido respondió con Sparkie Williams, que superó las 800 palabras en los años cincuenta y entró en el Guinness Book of Records. En 1995, un periquito azul de California llamado Puck arrebató ese título con 1.728 palabras documentadas por 21 expertos ornitólogos durante seis meses. Su récord sigue en pie.
Lo que el ADN reveló
Durante décadas se creyó que el periquito ondulado era un loro de hierba emparentado con los Neophema, como sugería su costumbre de alimentarse de semillas de gramíneas. Cuando la genómica molecular llegó a la ornitología, el resultado fue una sorpresa: los periquitos están mucho más próximos a los loros nectarívoros (los Trichoglossus, los loris) que a cualquier loro granívoro. Son, además, grupo hermano de los pájaros cantores, con los que comparten un ancestro común en la familia de los halcones. Es un árbol genealógico que habría desconcertado al propio John Gould, que clasificó al periquito en el lugar equivocado durante toda su vida.
El problema del estándar moderno
Las semillas del problema se sembraron en los mismos años dorados. La lógica de la competición llevaba siempre en la misma dirección: aves más grandes, cabezas más voluminosas, plumaje más largo y abundante. Cada generación de jueces y criadores empujaba un poco más allá de la anterior, y lo que en los años cincuenta era una exageración discreta respecto al pájaro silvestre se convirtió, décadas más tarde, en un animal difícilmente reconocible como periquito.
El periquito de exposición contemporáneo puede pesar la mitad más que el silvestre. Tiene la cabeza desproporcionadamente grande, el cuello casi invisible, la espalda hundida y el plumaje rugoso. Algunos llevan cresta. Vuelan mal o directamente no vuelan. La longevidad y la fertilidad han caído de forma drástica respecto a los ejemplares de los años cincuenta.
Quienes critican esta deriva señalan que el proceso no se diferencia del que ha producido razas caninas con problemas respiratorios crónicos o felinos con el cráneo deformado: la selección artificial desconectada de criterios funcionales produce, a la larga, animales que sufren.
Un debate sin resolver
Algunos criadores británicos y australianos llevan décadas intentando recuperar el tipo clásico de los años cincuenta (el pájaro que Vowles pintó), argumentando que ese fue el equilibrio perfecto entre mejora selectiva y salud. Otros defienden que el estándar actual es el resultado lógico de décadas de selección libre, y que juzgar desde fuera las preferencias estéticas de una afición es una intromisión injustificada.
El periquito silvestre y el doméstico. En Australia, el periquito verde original fue ignorado durante décadas mientras Europa desarrollaba docenas de variedades de color. Paradójicamente, cuando los criadores australianos quisieron introducir esas variedades en su país, tuvieron que importar aves desde Europa, Japón o Rusia —al pájaro nativo le hacía falta cruzar el mundo para volver a casa. Australia dejó de exportar aves autóctonas en los años sesenta.
La herencia de Rosemary Upton
La historia del periquito como animal de compañía no termina con el debate sobre el estándar de exposición. Termina (o continúa) en millones de hogares donde un pájaro azul, verde, amarillo o blanco habla, silba, juega con su dueño y ocupa un lugar tan central en la vida familiar que sus propietarios guardan sus fotos de infancia con una pluma pequeña metida entre las páginas del álbum.
Penny Olsen, que ha escrito la historia definitiva del periquito, es profesora honoraria de Ecología y Evolución en la Universidad Nacional de Australia. Su libro es también, sin pretenderlo, un argumento silencioso sobre el valor de las comunidades de aficionados: fueron los criadores privados, los coleccionistas, los dueños de jaulas y aviarios quienes mantuvieron viva la afición durante las guerras, la escasez y los periodos de indiferencia institucional. Sin ellos, el periquito habría permanecido siendo una curiosidad en los museos de historia natural.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
Pam Filipski, reseña de Flight of the Budgerigar (Penny Olsen) — Museum of Aquarium and Pet History ·
Classic Budgerigars — «The Ideal?» ·
Vídeo: aviario de Rosemary Upton, Margaretting (Essex) ·
The Guardian, «Budgies: Battle of the Breeders» (2010)
