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Los ajolotes de acuario: hijos de un envío de 1864

En diciembre de 1864, dos instituciones de París recibieron el mismo cargamento: treinta y cuatro extraños anfibios mexicanos que nadie en Europa había visto vivos jamás. Uno de los dos zoos apenas logró mantenerlos con vida. El otro los hizo reproducirse por miles. De aquel experimento accidental, sostenido por el trabajo casi anónimo de un cuidador de animales, desciende la práctica totalidad de los ajolotes que hoy nadan en acuarios domésticos, zoológicos y laboratorios de toda Europa. Es una historia de ensayo y error, de branquias cortadas por curiosidad científica y de un anfibio que se resistió durante décadas a revelar su verdadera naturaleza.

Por Redacción Mundo Faunista agosto 21, 2026 12 min lectura Acuarios
Los ajolotes de acuario: hijos de un envío de 1864

Un ejemplar homocigoto doble, con rasgos leucísticos y albinos-dorados (izquierda); el ejemplar del centro es albino dorado y el ejemplar de la derecha es leucístico. Bjorklund21. CC BY-SA 4.0

Cualquier persona que hoy tenga un ajolote en un acuario doméstico en España, Alemania o Francia posee, con una probabilidad altísima, un animal cuyo linaje se puede rastrear hasta un cargamento muy concreto: treinta y cuatro ejemplares que llegaron a París en 1864, procedentes de una expedición colonial francesa a México. No es una exageración divulgativa. Es lo que documenta con detalle la investigación histórica más rigurosa que existe sobre el asunto.

Un cargamento colonial con destino incierto

Francia había ocupado México en 1861. Tres años después, una misión científica organizada para inventariar los recursos naturales y culturales del país envió de vuelta a París un cargamento variado: junto a otros objetos, viajaban seis ciervas, tres perros pequeños y treinta y cuatro ajolotes vivos. Nadie en Europa había visto nunca un ejemplar vivo de esta especie.

El cargamento no fue a parar a un único destino. Se repartió entre las dos instituciones zoológicas que entonces competían en París: el Jardin zoologique d’acclimatation, un zoo joven —apenas cuatro años de existencia— situado en el Bois de Boulogne, y la Ménagerie del Muséum d’Histoire naturelle, mucho más antigua y estrechamente ligada a la investigación científica. El director del Jardin, Étienne Rufz de Lavison, se quedó con el grueso del envío. Auguste Duméril, catedrático de peces, reptiles y anfibios del Muséum, recibió solo seis ejemplares.

Un zoo mantiene vivos a los animales; el otro los multiplica

Lo que ocurrió después convirtió ese reparto desigual en una lección accidental sobre la diferencia entre sobrevivir y prosperar. A finales de 1864, Rufz de Lavison informaba con satisfacción de que solo había muerto uno de sus treinta y cuatro animales. Para los estándares del transporte colonial de fauna viva, era un éxito notable.

Pero el verdadero éxito estaba ocurriendo en la Ménagerie. Con solo seis ejemplares, Duméril logró que se reprodujeran ya en 1865: cuarenta y tres crías nuevas. Al año siguiente, la colonia sumaba ochocientos individuos. Para finales de 1867, Duméril calculaba que se habían producido más de tres mil trescientas crías desde el inicio, de las que sobrevivían cerca de dos mil quinientas. Entre 1864 y octubre de 1868, estimó un total de diez mil animales nacidos en su colección.

El contraste entre los dos zoos de París

Jardin d’acclimatation: 34 ejemplares recibidos · 1 muerte en el primer año · solo dos puestas en 1865, ambas fracasadas (una devorada por los progenitores, la otra sin desarrollo)

Ménagerie del Muséum: 6 ejemplares recibidos · reproducción exitosa desde enero de 1865 · 800 individuos en 1866 · más de 3.300 crías nacidas para 1867 · unos 10.000 animales producidos hasta 1868

En el Jardin, los propios ajolotes adultos devoraron su primera puesta de huevos, un comportamiento habitual entre anfibios cuando no se toman precauciones. La segunda puesta, ya separada de los progenitores, no llegó a desarrollarse por razones que Rufz de Lavison nunca pudo explicar. En apenas dos años, la población del Jardin decreció; la de la Ménagerie se multiplicó por varios órdenes de magnitud.

El cuidador que sabía lo que los catedráticos no sabían

La diferencia no fue casualidad, y el propio Duméril fue el primero en reconocerlo. La Ménagerie llevaba veinticinco años operando una sección dedicada a reptiles, anfibios y peces —la Collection des reptiles—, fundada en 1838 por el padre de Auguste, Constant Duméril. Y esa sección tenía algo que el Jardin, con apenas cuatro años de vida, no podía tener: experiencia acumulada y un cuidador de excepción.

Se llamaba Honoré Vallée. Constant Duméril lo había contratado en 1838 junto con el zoo itinerante que Vallée gestionaba, incorporando de paso su experiencia práctica. Durante casi treinta años, Vallée observó a los animales de la colección y llevó un diario detallado de sus costumbres, un registro que Auguste Duméril calificó repetidamente como esencial para su propio trabajo. Cuando la Société d’acclimatation quiso premiar el éxito con los ajolotes, no otorgó su medalla de primera clase a Duméril, el catedrático. Se la dio a Vallée, el cuidador.

Ese detalle —insignificante en apariencia— resume bien una idea que atraviesa toda esta historia: el conocimiento práctico de quien maneja a diario a los animales fue tan determinante para el éxito científico como cualquier teoría zoológica de la época.

El misterio del menú

Nadie en Europa sabía qué comían los ajolotes. Duméril y Vallée tuvieron que averiguarlo por ensayo y error, con el coste de varios animales muertos en el proceso. Probaron primero con algas de agua dulce, pensando en una dieta vegetal. Los ejemplares jóvenes apenas les prestaban atención.

La observación cuidadosa reveló el motivo: los ajolotes no buscaban las algas, sino los pequeños animales que vivían entre ellas. A partir de ahí, Vallée y Duméril identificaron su verdadera preferencia: gusanos de sangre y pequeños crustáceos, abundantes en las zanjas de la propia Ménagerie. En cuanto ajustaron la dieta, la mortalidad de las crías recién nacidas cayó en picado y la reproducción se disparó.

Cuando el «renacuajo eterno» dejó de serlo

Más de cincuenta años antes de este episodio, el naturalista Alexander von Humboldt había enviado a París dos ejemplares conservados de ajolote, recogidos en su expedición americana. El gran anatomista Georges Cuvier los examinó junto al padre de Auguste, Constant Duméril, y llegó a una conclusión que se convirtió en dogma durante décadas: aquello tenía que ser la larva de una gran salamandra todavía por descubrir.

Fue precisamente el propio Auguste Duméril, en su primer informe sobre el cargamento de 1864, quien confirmó inicialmente esa tesis heredada de su padre y de Cuvier. Pero los animales vivos tenían otros planes. Se reprodujeron —con éxito, repetidamente— sin abandonar en ningún momento su forma acuática y branquiada. Para la ciencia de la época, aquello era desconcertante: un organismo alcanzando la madurez sexual en lo que se consideraba su estadio larvario.

Y entonces, en noviembre de 1865, ocurrió algo todavía más extraño. Uno de los ajolotes nacidos en la propia colección de París empezó a cambiar. Perdió las branquias externas, transformó la forma de su cabeza y su cuerpo, y modificó su coloración. Se había convertido en lo que Duméril llamó un «ambystoma»: una forma terrestre, adulta en el sentido clásico. Otros ejemplares siguieron el mismo camino, aunque solo una pequeña fracción del total, y únicamente entre los nacidos en Europa, nunca entre los seis originales llegados de México.

Cortar branquias para entender la vida

Duméril quiso averiguar qué provocaba esa transformación, y sus métodos fueron directamente experimentales. Primero intentó reducir gradualmente el agua del acuario para forzar a los animales a depender de pulmones que apenas usaban. No funcionó: los ajolotes, lejos de transformarse, entraron en lo que el propio investigador describió como un estado de depresión.

A continuación probó lo contrario: construyó un acuario con una zona de playa seca a la que los animales podían acceder libremente si lo deseaban, y los observó a todas horas del día y de la noche. Ninguno salió jamás del agua por voluntad propia.

Su tercer experimento fue el más directo. Sabiendo ya que los ajolotes regeneraban con facilidad partes de su cuerpo, Duméril y Vallée empezaron a amputar sistemáticamente las branquias externas de varios ejemplares, impidiendo que volvieran a crecer. En un grupo de seis animales tratados así, dos completaron la transformación a la forma terrestre y un tercero mostró signos iniciales. Fue, según sus propias palabras, un éxito parcial: nunca llegó a entender del todo qué desencadenaba el proceso en unos individuos y no en otros.

Duméril murió en 1870 sin poder cerrar la pregunta que más le interesaba: si esos ajolotes transformados en adultos terrestres eran capaces de reproducirse. La respuesta llegó seis años después de su muerte, en 1876, de la mano de su sucesor Émile Blanchard: sí lo eran. El ambystoma resultó ser fértil.

El morfo blanco que hoy puebla los acuarios

El propio Duméril dejó otro legado, este mucho más visible en cualquier acuario doméstico actual. En 1870, el mismo año de su muerte, publicó un informe sobre la aparición de una «raza blanca» de ajolotes dentro de su colección parisina: individuos con una coloración muy reducida, resultado de generaciones de reproducción en cautividad dentro de la Ménagerie.

Ese linaje leucístico —blanco rosado, con branquias rojas muy visibles— es hoy la variante de color más extendida en la acuariofilia mundial. Cuando alguien compra un ajolote de color pálido en una tienda de animales en España, está adquiriendo, con toda probabilidad, un descendiente directo de aquella mutación registrada por primera vez en París hace más de siglo y medio.

De París al mundo entero

Duméril no se limitó a estudiar a sus ajolotes: los repartió. Siguiendo la tradición naturalista de intercambiar duplicados entre instituciones y el espíritu del movimiento de aclimatación de la época, fue enviando ejemplares por correo postal y ferrocarril, y entregándolos en mano a quienes lo visitaban en París. Sus animales llegaron a zoológicos, museos de historia natural, institutos universitarios y particulares de toda Francia, así como de Italia, Rusia, Alemania, Reino Unido, Austria, Bélgica, los Países Bajos y Suiza.

Algunos de esos receptores establecieron a su vez sus propias colonias reproductoras y volvieron a distribuir animales, multiplicando la red de forma exponencial. No fue el único destino que se planteó para la especie: hubo propuestas —nunca prosperadas a gran escala— de introducirla como alimento alternativo al pescado, e intentos, sobre todo en el sur de Italia, de soltarla en lagos para que se alimentara de larvas de mosquito y ayudara a combatir la malaria.

Una cifra que resume la historia

Hoy existe una población de cientos de miles de ajolotes repartida en acuarios, zoológicos y laboratorios de todo el planeta. La inmensa mayoría desciende, por vías documentadas de distribución, de aquellos seis ejemplares que sobrevivieron y se reprodujeron en la Ménagerie de París a partir de 1864.

Qué hace tan singular a este animal

Todo lo anterior explica cómo llegó el ajolote a los acuarios europeos, pero no por qué sigue fascinando a la ciencia siglo y medio después. La respuesta está en su biología. El ajolote es un caso extremo de neotenia: alcanza la madurez sexual sin perder ninguno de sus rasgos larvarios, conservando branquias externas y vida acuática durante toda su existencia, salvo en los casos excepcionales de transformación espontánea que ya documentó Duméril.

Su capacidad regenerativa va mucho más allá de reponer una cola o una pata. Puede regenerar mandíbulas, médula espinal, piel, tejido ovárico y pulmonar, e incluso porciones del corazón y del cerebro, sin dejar cicatriz visible. Es un rasgo que ya intrigó a Duméril en el siglo XIX y que hoy sitúa al ajolote en el centro de la investigación biomédica sobre regeneración de tejidos.

Su genoma, por su parte, es diez veces más grande que el humano, lo que ha complicado durante años su secuenciación completa. Y en cautividad, especialmente en tanques con densidades elevadas, los ejemplares jóvenes pueden llegar a morder y seccionar extremidades de sus congéneres —un comportamiento que algunos investigadores relacionan precisamente con el origen evolutivo de su extraordinaria capacidad de regeneración.

Abundante en cautividad, al borde de la extinción en libertad

Aquí aparece la paradoja que cierra esta historia. Mientras cientos de miles de ajolotes nadan hoy en acuarios de todo el mundo, la especie está catalogada como en peligro crítico de extinción en su único hábitat natural: los canales de Xochimilco, al sur de Ciudad de México, remanente de un sistema de lagos que los pueblos originarios de la región ya aprovechaban antes del imperio azteca. Las estimaciones más recientes hablan de apenas entre cincuenta y mil ejemplares silvestres, amenazados por la contaminación del agua, la expansión urbana y la introducción de especies invasoras como la carpa y la tilapia.

Es una paradoja que ya ha señalado con otras especies: en libertad se enfrenta a una extinción casi consumada, pero prospera, se reproduce y mantiene su diversidad genética en la red mundial de acuaristas, criadores e instituciones zoológicas. No es un sustituto de la conservación en el hábitat original —los proyectos de restauración de los canales de Xochimilco siguen siendo la única vía para salvar al ajolote silvestre—, pero sí es la razón por la que la especie, lejos de desaparecer del todo, sigue teniendo representación genética abundante fuera de México. Ese colchón de población cautiva, sostenido durante siglo y medio por generaciones sucesivas de zoólogos, cuidadores y aficionados, es exactamente el tipo de aportación que el debate regulatorio actual sobre la tenencia de fauna exótica tiende a pasar por alto.

Redacción Mundo Faunista

Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.

Fuentes:
Reiß C (2022) From Existential Knowledge to Experimental Practice: The Mexican Axolotl, the Paris Ménagerie, and the Epistemic Benefits of Keeping Unknown Animals, 1850–1876. Centaurus 64(3): 615–634. https://doi.org/10.1484/J.CNT.5.132102. Artículo de acceso abierto bajo licencia CC BY 4.0  · 
Conservation International — Facts about Axolotls  · 
Kirkpatrick N (2024) 8 Fascinating Facts About the Axolotl. Treehugger

Etiquetas: acuariofiliaajoloteAmbystoma mexicanumAuguste Dumérilconservaciónhistoria naturalHonoré ValléeMénagerie de ParísneoteniaregeneraciónXochimilco
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Equipo editorial de Mundo Faunista, publicación de la Federación FAUNA

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