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El periquito de Carolina: el único loro norteamericano

Fue el único loro nativo de Norteamérica, viajaba en bandadas ruidosas de cientos de individuos y desapareció en apenas unas décadas sin que la ciencia llegara a entender del todo por qué. Más de un siglo después de la muerte de Incas, el último ejemplar conocido, el periquito de Carolina vuelve a estar de actualidad: su genoma ya se ha secuenciado y una compañía de desextinción lo incluye entre sus próximos objetivos.

Por Aviornis Internacional Ibérica julio 9, 2026 10 min lectura Avicultura
El periquito de Carolina: el único loro norteamericano

Periquito de carolina disecado. Por Huub Veldhuijzen van Zanten/Naturalis Biodiversity Center, CC BY-SA 3.0

Especie extinta — Conuropsis carolinensis

El periquito de Carolina fue el único loro nativo del este de Norteamérica. Se extinguió a principios del siglo XX. Hoy es objeto de estudio genómico y de proyectos de desextinción. Ambos reabren el debate sobre qué papel puede jugar la ciencia frente a las extinciones causadas por el ser humano.

El 21 de febrero de 1918 murió en el zoo de Cincinnati un ave llamada Incas. Con ella se apagó, hasta donde se sabe con certeza, la última voz del periquito de Carolina (Conuropsis carolinensis). Fue el único loro que tuvo Norteamérica como especie propia. Décadas antes, sus bandadas de trescientos individuos cubrían literalmente los tejados de granjas en el este de Estados Unidos. Unas décadas después, ya no quedaba ninguno.

Lo insólito de esta historia no es solo la extinción en sí. Hay decenas de precedentes en el siglo XIX y XX. Lo insólito es la velocidad y la opacidad con la que ocurrió. Por eso vuelve a ser noticia hoy: la ciencia, más de un siglo después, ha puesto de nuevo sus ojos sobre esta especie. Quiere entender por fin qué pasó. Y se plantea, con más ambición que certeza, si algún día podría volver.

Un loro donde nadie esperaba encontrar un loro

Antes de su desaparición, el periquito de Carolina se distribuía por gran parte del este y centro de Estados Unidos. Su área iba desde Nueva Inglaterra hasta el golfo de México, y hacia el oeste hasta Colorado. Medía unos 30 centímetros y pesaba en torno a 280 gramos. Lucía un patrón de color inconfundible: cuerpo verde, cabeza amarilla y una máscara facial naranja alrededor del pico y los ojos. Se reconocían dos subespecies, la nominal C. c. carolinensis y la occidental C. c. ludovicianus. Sus áreas de distribución eran bastante independientes entre sí, separadas por los Apalaches.

Vivía en bosques pantanosos de cipreses y sicómoros, y anidaba en huecos de árboles viejos. Se alimentaba de semillas de ciprés, aliso, olmo, arce y pacana, además de frutos como manzanas, uvas e higos. Pero su alimento favorito, con diferencia, era la semilla del abrojo (Xanthium strumarium), una planta que casi ningún animal puede tocar sin sufrir consecuencias serias.

El loro que comía veneno para desayunar

El abrojo contiene carboxiatractilósido, conocido por sus siglas en inglés como CAT. Es un glucósido diterpénico extraordinariamente tóxico. Bloquea los transportadores mitocondriales encargados de intercambiar ADP y ATP dentro de la célula: el mecanismo básico mediante el cual cualquier organismo produce energía. Es la misma familia de toxinas responsable de intoxicaciones graves, y a veces mortales, en ganado que pasta accidentalmente entre abrojos. Para casi cualquier vertebrado, comer estas semillas de forma habitual sería inviable.

El periquito de Carolina, sin embargo, las convirtió en su alimento predilecto. En un registro histórico de 99 observaciones de alimentación recopiladas por naturalistas de la época, el abrojo fue con diferencia la planta más consumida. El naturalista John James Audubon documentó la especie de primera mano en el siglo XIX. Dejó constancia de que los gatos que comían periquitos de Carolina enfermaban y morían poco después.

Esa observación llevó a una sospecha ampliamente aceptada, aunque nunca demostrada de forma concluyente: el propio cuerpo del ave conservaba la toxina de su dieta y actuaba como defensa química frente a los depredadores. Acumular en los tejidos propios el veneno de una planta que nadie más se atreve a tocar tiene paralelismos conocidos en otras especies, como ciertas mariposas que acumulan en su etapa de oruga los alcaloides de las plantas de las que se alimentan.

La huella molecular del veneno

El equipo del genoma de 2019 fue más allá de la anécdota histórica y buscó la explicación molecular. Analizaron los cuatro genes que codifican los transportadores mitocondriales que el CAT bloquea, conocidos como ANT1 a ANT4, y los compararon con sus equivalentes en otras especies de loros. Buscaban mutaciones que hubieran blindado al periquito de Carolina frente al veneno que ingería a diario.

El hallazgo confirma que la relación de la especie con el abrojo no fue una simple curiosidad anecdótica de los naturalistas del siglo XIX. Fue un rasgo ecológico con una posible huella molecular real: una especie que convirtió una fuente de alimento vetada para casi cualquier otro animal en su ventaja competitiva particular.

De especie abundante a fantasma en pocas décadas

Los primeros naturalistas ya detectaron un declive notable en la población desde la década de 1830. Es un momento sorprendentemente temprano, si se tiene en cuenta que la observación sistemática de aves en Norteamérica apenas empezaba entonces. A finales del siglo XIX el ave prácticamente había desaparecido de casi toda su área de distribución original. Florida quedó como último bastión.

Las causas tradicionalmente señaladas son tres. La deforestación de su hábitat de anidación. La caza para el comercio de plumas, en el auge de los sombreros victorianos decorados con plumaje exótico. Y el conflicto directo con la agricultura: el periquito de Carolina se alimentaba de cosechas de frutales y cereales, lo que lo convirtió en objetivo de agricultores que lo mataban en grupos numerosos. A esto se sumaba un comportamiento que los cazadores aprendieron a explotar sin piedad: cuando un ejemplar caía herido, el resto de la bandada volvía sobre él entre chillidos. Eso ofrecía al cazador la oportunidad de abatir a decenas de individuos de una sola vez.

Un final que no encaja del todo

Lo verdaderamente desconcertante es esto: cuando se estudió la población remanente de Florida a comienzos del siglo XX, no mostraba los signos habituales de una especie al borde del colapso. Había suficientes juveniles y muchos nidos intactos. Una especie en declive suele extinguirse de forma gradual. El periquito de Carolina, en cambio, desapareció de golpe.

Lo que revela el genoma

En 2019, un equipo secuenció por primera vez el genoma completo de la especie. Lo lideraron el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra) y el Globe Institute de la Universidad de Copenhague, dirigidos por Carles Lalueza-Fox y M. Thomas P. Gilbert. Usaron un ejemplar disecado conservado en una colección privada de Espinelves (Girona), recolectado a comienzos del siglo XX por el naturalista catalán Marià Masferrer. El periquito de Carolina fue la especie de loro que vivió en la latitud más septentrional del planeta, con una distribución que llegaba desde el sur de Nueva Inglaterra hasta el golfo de México y hasta el este de Colorado.

El análisis genómico permitió datar la divergencia entre el periquito de Carolina y su pariente vivo más cercano, el aratinga sol (Aratinga solstitialis) sudamericano. Ocurrió hace unos tres millones de años, coincidiendo con el cierre del istmo de Panamá.

El dato más relevante para reconstruir la historia de la extinción tiene que ver con lo que el genoma no muestra. Los investigadores buscaron señales de endogamia y declive poblacional, habituales en especies en peligro, pero no las encontraron. Eso sugiere que la extinción fue, sobre todo, un proceso provocado por el ser humano, y no un declive natural. Dicho de otro modo: no fue una especie que se apagara lentamente por causas naturales. Fue una población sana que el ser humano eliminó en un periodo de tiempo asombrosamente corto.

Dos subespecies, dos historias distintas

Investigaciones posteriores han revisado a fondo el mapa de distribución histórica de la especie. Entre ellas, la de Kevin Burgio (Universidad de Connecticut) junto al Museo de Historia Natural de Londres. Ese mapa estaba tradicionalmente sobredimensionado a partir de avistamientos puntuales y registros poco fiables. El área real resultó ser mucho más reducida de lo que se había asumido durante décadas. Las dos subespecies ocupaban además territorios climáticos diferenciados, con escaso solapamiento entre sí.

Ese mismo trabajo reveló que ambas subespecies se extinguieron en momentos distintos. La población del medio oeste desapareció hacia 1914. La oriental persistió hasta alrededor de 1940. Esa diferencia de unos treinta años sugiere que cada población afrontó presiones distintas. La subespecie del medio oeste era probablemente migratoria y pasaba el invierno en cavidades de árboles, con las ceras —la zona carnosa junto al pico— totalmente emplumadas. Es un rasgo que comparte con especies actuales adaptadas a climas fríos, como la cotorra argentina: hoy una especie invasora que ha colonizado parte del área que antes ocupó el periquito de Carolina.

¿Puede la ciencia traerlo de vuelta?

La existencia de un genoma completo ha convertido al periquito de Carolina en un habitual de las listas de candidatos a la desextinción. En mayo de 2026 volvió a la actualidad científica por un motivo concreto. La empresa estadounidense Colossal Biosciences —conocida por sus proyectos sobre el mamut lanudo, el dodo o el llamado «lobo terrible»— anunció el desarrollo de un sistema de huevo artificial. Es capaz de incubar embriones de ave hasta la eclosión, de momento con embriones de pollo como prueba de concepto.

El propio Lalueza-Fox, autor del genoma original de 2019, valoró el avance. Señaló que esta tecnología podría emplearse para desextinguir otras aves, entre ellas el periquito de Carolina, cuyo genoma él mismo secuenció seis años antes. Según explicó, la dificultad de manipular genes aviares, por su estrategia reproductiva ovípara, había descartado hasta ahora cualquier intento de este tipo. De hecho, ningún ave ha sido clonada nunca con éxito, treinta años después de la clonación del primer mamífero.

Los límites de la desextinción

Con matices. El propio Lalueza-Fox ya advirtió en 2019 de que, pese a figurar en todas las listas de desextinción, el análisis genómico reveló cientos de cambios genéticos potencialmente perjudiciales respecto a su pariente vivo más cercano. Eso apunta a las enormes dificultades de un proyecto de este tipo. Otros investigadores han sido más críticos aún. La bióloga evolutiva Louise Johnson (Universidad de Reading) señaló que, sin un artículo revisado por pares que respalde el anuncio de Colossal, cualquier valoración científica seria es, de momento, imposible.

La propuesta más citada como vía alternativa —y también la más especulativa— pasa por implantar el genoma del periquito de Carolina en el embrión de un pariente vivo similar, como la aratinga jandaya (Aratinga jandaya) sudamericana. Ambas especies comparten un sistema respiratorio aviar comparable. Pero las diferencias son notables: la aratinga jandaya pone puestas de hasta 36 huevos, frente a los 2-5 del periquito de Carolina, y es susceptible a enfermedades que podrían complicar cualquier gestación cruzada. A esto se suma la propia toxicidad histórica de su dieta, otro factor que cualquier proyecto de este tipo tendría que resolver.

Una lección incómoda

Más allá de la posibilidad, todavía remota, de ver de nuevo un periquito de Carolina volando en libertad, la historia de esta especie deja una lección clara. La extinción de una especie abundante, adaptable y extendida por medio continente no requirió catástrofes naturales ni cambios climáticos. Requirió, simplemente, la acción sostenida del ser humano durante unas pocas décadas, sin que existiera entonces ningún marco de protección capaz de detenerla.

El caso invita a una reflexión que trasciende la anécdota histórica. La ciencia puede hoy reconstruir el genoma completo de una especie extinguida hace más de un siglo. Puede identificar sus adaptaciones ecológicas y datar su historia evolutiva con precisión. Pero no puede deshacer con la misma facilidad el error que la eliminó. La desextinción, si algún día llega a ser viable, no sustituye a la conservación a tiempo.

Redacción Mundo Faunista

Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.

Fuentes:
IBE-CSIC/UPF  · 
Natural History Museum  · 
Audubon Magazine  · 
Outdoor Alabama  · 
Florida Museum of Natural History  · 
Science Media Centre España  · 
National Parks Conservation Association

Etiquetas: abrojoaves extintascarboxiatractilósidoColossal Biosciencesconservación de avesConuropsis carolinensisdesextincióndieta tóxicaextinción de especiesgenómicaloros norteamericanosperiquito de Carolina
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