En nuestro artículo sobre el caparazón de las tortugas vimos que una rata puede vencer donde fracasa un león. El caso más dramático es el de la isla Pinzón, en las Galápagos. Allí, las ratas negras impidieron durante más de un siglo que sobreviviera una sola cría de tortuga gigante.
Hoy Pinzón no tiene ratas y sus tortugas vuelven a reproducirse en libertad. ¿Cómo se elimina hasta el último roedor de una isla? La respuesta combina helicópteros, cálculo, química y mucha disciplina. También exige asumir costes para otras especies.
Un siglo sin crías
Pinzón es una isla deshabitada de unos 18 km² en el centro del archipiélago. Su tortuga gigante, Chelonoidis ephippium, sufrió primero a los balleneros y después a las colecciones científicas. En 1905, la Academia de Ciencias de California se llevó unos 80 ejemplares.
La rata negra (Rattus rattus) llegó a finales del siglo XIX. Desde entonces se comió casi todos los huevos y crías que nacían en la isla. En 1959 solo quedaban entre 100 y 200 tortugas, todas adultas y viejas. No se encontró ni un solo juvenil.
La especie sobrevivió gracias a la cría en cautividad. En 1965 se empezaron a recoger huevos de los nidos naturales para criarlos en centros de cría. En 1970 se repatriaron las primeras 20 tortugas, y desde entonces se han devuelto a la isla más de 800 juveniles.
Durante casi medio siglo, la tortuga de Pinzón no tuvo más reclutamiento que el que salía de los centros de cría. Sin ese programa, la erradicación de las ratas habría llegado tarde: no habría quedado una población que salvar.
El primer intento fracasó
La primera campaña contra las ratas se hizo entre 1988 y 1989. Durante unos meses no se encontró ninguna. Después reaparecieron y la población se recuperó por completo.
Es el problema central de cualquier erradicación. Reducir una plaga es relativamente fácil, pero eliminarla exige acabar con todos los individuos. Linda Cayot, asesora científica de Galapagos Conservancy, lo resumió así: basta con que sobreviva una hembra preñada para que todo el esfuerzo fracase.
Una rata negra se reproduce con rapidez. Unos pocos supervivientes bastan para que, en poco tiempo, la isla vuelva a estar como antes. Por eso una erradicación no admite términos medios.
Cómo se elimina hasta la última rata
El segundo intento llegó a finales de 2012, dentro del Proyecto Pinzón. El proyecto ya había actuado en Seymour Norte en 2007 y en Rábida en 2011. La técnica clave fue la dispersión sistemática de cebo envenenado desde helicópteros guiados por GPS.
El principio es sencillo de enunciar y difícil de ejecutar. Cada rata de la isla tiene que encontrar cebo suficiente para recibir una dosis letal, en cada rincón y al mismo tiempo. Los helicópteros vuelan en pasadas paralelas que deben solaparse sin dejar huecos. Erin Hagen, de Island Conservation, lo explicó a la revista Nature: mantener rectas esas líneas de vuelo es lo que hace triunfar o fracasar un proyecto.
Cada carga de helicóptero superaba los 400 kilos de cebo. Según la prensa de la época, la campaña de Pinzón y Plaza Sur empleó unas 22 toneladas, lanzadas dos veces al día durante una semana.
Un veneno pensado para no alarmar a las ratas
El principio activo fue el brodifacum, un anticoagulante de segunda generación. Impide que la sangre coagule y provoca hemorragias internas. Su efecto es lento: la rata muere días después de comer el cebo.
Esa lentitud es deliberada. Las ratas son desconfiadas y aprenden a evitar los alimentos que les sientan mal. Con un veneno de acción retardada no pueden asociar el cebo con el malestar, y toda la población sigue comiéndolo.
El brodifacum es de la familia de la warfarina, el anticoagulante oral que toman millones de pacientes. Ambos bloquean el reciclaje de la vitamina K, imprescindible para fabricar los factores de coagulación. Por eso su antídoto es la propia vitamina K.
La historia empezó en los años veinte, cuando el ganado de Canadá y Estados Unidos moría desangrado tras comer heno de trébol dulce enmohecido. En 1933, un granjero llevó una vaca muerta al laboratorio de Karl Paul Link, en la Universidad de Wisconsin. En 1939, su equipo aisló el dicumarol, el compuesto responsable.
Link llamó warfarina a uno de sus derivados, en honor a la fundación universitaria que financiaba el trabajo, la WARF. Se vendió primero como raticida, en 1950. En 1954 se aprobó para uso humano y en 1955 se trató con ella al presidente Eisenhower tras un infarto.
En menos de diez años, las ratas desarrollaron resistencia a la warfarina. La respuesta fueron las «superwarfarinas» de segunda generación, mucho más potentes y persistentes: el difenacum, el flocumafeno de las Chafarinas y el brodifacum de Pinzón. Esa persistencia es la que acabó costando la vida a los gavilanes.
El cebo se diseñó para las Galápagos. El fabricante produjo una versión azul, porque los estudios de Carrión Bonilla mostraron que los cucuves y pinzones locales rechazan sobre todo ese color. Además llevaba un tinte fluorescente que permitía seguir su rastro.
Superficie de la isla: unos 18 km², sin población humana
Especie objetivo: rata negra (Rattus rattus)
Fecha: finales de 2012
Método: dispersión aérea de cebo desde helicópteros guiados por GPS
Rodenticida: brodifacum, en cebo azul con tinte fluorescente
Cebo (Pinzón y Plaza Sur): unas 22 toneladas
Coste acumulado del proyecto: unos 3 millones de dólares
El precio para otras especies
Un veneno que mata ratas también puede matar a otros animales. Es el gran dilema ético y técnico de estas campañas. Durante la operación se mantuvieron en cautividad grupos de tortugas gigantes y de lagartijas de lava (Microlophus duncanensis). También se capturaron gavilanes de Galápagos (Buteo galapagoensis).
La medida funcionó mientras duró. El problema llegó después. Se capturaron 60 gavilanes y se liberaron unas seis semanas después del primer lanzamiento de cebo. Al menos 16 murieron tras la liberación, probablemente por comer lagartijas que habían acumulado el veneno.
La veterinaria Julia Ponder, responsable del cuidado de las aves, propuso mantenerlas más tiempo en cautividad en futuras campañas. Es una lección incómoda pero valiosa: el brodifacum persiste en la cadena alimentaria más de lo que se había previsto.
El resultado: crías en libertad tras más de un siglo
En diciembre de 2014, una expedición a Pinzón encontró numerosas crías de tortuga nacidas en la isla. Eran las primeras que sobrevivían en libertad en más de cien años. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza calcula que llevan sobreviviendo in situ desde 2013.
Las tortugas no son las únicas beneficiadas. Los caracoles terrestres autóctonos son hoy más abundantes y están más extendidos. La UICN espera beneficios para al menos otras 15 especies endémicas de la isla.
La cría en cautividad no ha terminado. Los guardas siguen recogiendo huevos y crías cada cuatro o cinco años para acelerar la recuperación. Entre una campaña y otra, la población se reproduce ya por sí misma.
De islas desiertas a islas habitadas
Pinzón demostró que la técnica funcionaba en las Galápagos. El reto siguiente era mucho mayor: Floreana, una isla habitada por unas 160 personas. Allí no se puede lanzar cebo sin más.
La campaña contra ratas, ratones y gatos asilvestrados se hizo entre octubre y diciembre de 2023, tras una década de preparación. Combinó la dispersión aérea con la aplicación manual. Los pinzones endémicos se refugiaron en aviarios y después se liberaron 510 ejemplares de cinco especies.
Los primeros resultados son prometedores. Ya se ha vuelto a registrar en Floreana el rascón de Galápagos. No se veía en la isla desde que Charles Darwin recogió un ejemplar en 1835. La isla todavía no se ha declarado libre de roedores: está prevista otra ronda contra los últimos ratones y ratas a finales de 2026.
Lord Howe: la prueba de que se puede
La isla australiana de Lord Howe, con unos 455 habitantes, ya lo ha conseguido. En 2019 combinó el cebo aéreo con el cebo en tierra, en estaciones con techo. Dos aves terrestres se mantuvieron temporalmente en cautividad.
En 2021 se capturaron todavía 96 ratas, que se eliminaron con trabajo de campo y perros detectores. En 2023 la isla superaba los dos años sin rastro de roedores. El rascón de Lord Howe pasó de menos de 500 ejemplares a 1.147. El éxito reproductor del petrel alinegro subió del 2,5 % al 67 %.
La mayor erradicación del mundo y un fracaso por los pelos
La isla subantártica de Georgia del Sur protagonizó la mayor erradicación de roedores de la historia. Se trataron 1.087 km² con más de 300 toneladas de cebo, en tres fases entre 2010 y 2015. Los glaciares dividían la isla en sectores aislados, y los equipos limpiaron uno tras otro.
La comprobación final corrió a cargo de tres perros detectores, que recorrieron unos 2.420 kilómetros durante seis meses. En mayo de 2018 la isla fue declarada libre de ratas, tras una inversión de unos 10 millones de libras.
No todo sale bien. En 2011 se lanzaron unas 75 toneladas de cebo sobre la isla Henderson, de 43 km², en el Pacífico Sur. La rata del Pacífico sobrevivió. Un estudio genético estimó que habían quedado entre 60 y 80 animales.
Los análisis descartaron la resistencia al veneno y la reinvasión. Lo más probable es que algunas ratas no encontraran el cebo o prefirieran el alimento natural, abundante en esa época del año. La lección es clara: el cebo debe lanzarse cuando la comida escasea y tiene que ser más atractivo que lo que ofrece la isla.
Las erradicaciones en España
España también tiene experiencia en este campo. En la isla del Rey, en las Chafarinas, un primer intento con tres tandas de cebo en 1992 no logró eliminar las ratas negras. Entre 1999 y 2000 se repitió con un método distinto.
Esta vez se usaron 180 estaciones de cebo cubiertas con flocumafeno, repuestas en once pulsos consecutivos. La isla, de solo 11,6 hectáreas, no registró ninguna rata entre 2000 y 2003. El trabajo de Orueta y sus colegas se ha convertido en una referencia para islotes pequeños.
En Sa Dragonera, en Baleares, se recurrió al método aéreo. A principios de 2011, un helicóptero dispersó cebo con brodifacum para proteger a la pardela balear (Puffinus mauretanicus), en peligro crítico. Se eliminaron ratas negras y ratones. Esa misma primavera, las pardelas sacaron adelante sus pollos, cuando antes los depredadores destruían todos los huevos.
Después de la erradicación: que no vuelvan
Eliminar las ratas es solo la mitad del trabajo. La otra mitad es impedir que regresen. La isla italiana de Molara, en Cerdeña, se limpió en 2008. En 2010 volvieron a aparecer ratas, y la genética demostró que procedían de Cerdeña: habían cruzado unos 1.600 metros, a nado o introducidas deliberadamente.
Las Galápagos reciben unos 180.000 visitantes al año, y cada barco es una posible vía de entrada. En 2012 se encontraron ratas en Bartolomé y Sombrero Chino, probablemente llegadas a nado desde Santiago. James Russell, experto en erradicaciones, advirtió que el verdadero reto de las Galápagos será la bioseguridad.
Pinzón demuestra que es posible recuperar un ecosistema que se daba por perdido. También demuestra algo que en Mundo Faunista defendemos a menudo: los programas de cría en cautividad mantuvieron viva a la especie durante el siglo en que la isla no podía sostenerla. Cuando las ratas desaparecieron, quedaban tortugas para volver a ocupar su lugar.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
Galapagos Conservancy: isla Pinzón ·
Galapagos Conservancy: Proyecto Pinzón ·
UICN 2019: erradicación de roedores en Pinzón ·
Nature 497, 2013 ·
The Register, 2012 ·
ACAP: Floreana ·
BBC Mundo / La República: el rascón de Floreana ·
ACAP: Lord Howe ·
Mongabay: Georgia del Sur ·
National Geographic: Georgia del Sur ·
Amos et al. 2016, Royal Society Open Science (Henderson) ·
Orueta et al. 2005, Biological Invasions (Chafarinas) ·
ACAP: Sa Dragonera y Molara ·
Science History Institute: historia de la warfarina ·
Universidad de Bristol: warfarina y superwarfarinas
