Estábamos en plena temporada seca. Las tierras altas de Kenia, en el condado de Laikipia, hacía varios meses que no recibían una gota de agua. Habíamos terminado el control de las cajas nido que unos años antes instalamos en la Reserva de Investigación de Mpala. Pocas aves habían nidificado en ellas; nuestros nidales de madera atraían sobre todo a las abejas melíferas, que habían construido numerosas colmenas en ellos.

Nos esperaba Samburu y, aunque tampoco teníamos esperanzas de que allí aparecieran en las cajas especies que nos interesaban, la reserva nunca se quedaba corta a la hora de satisfacer nuestra avidez como observadores de la naturaleza. Accedimos a la reserva por el punto habitual, a través de Archer’s Post. Nada más atravesar la puerta de acceso, noté algo raro en el ambiente, aunque en ese momento no supe precisar qué. Fue al detener el coche en la explanada donde habíamos acampado en años anteriores, contigua al río, cuando me di cuenta. ¿Dónde estaba el agua? Los tintes oscuros y el aspecto espeso del Ewaso Ngiro habían sido sustituidos por un arenal que se extendía de orilla a orilla, rellenando el cauce. Aquí y allá, montículos de hasta un metro de altura señalaban los agujeros excavados por los elefantes para llegar a la corriente que lentamente seguía discurriendo a cierta profundidad bajo el ardiente suelo. El Ewaso Ngiro se alimenta de las aguas que descienden de los glaciares y las laderas del monte Kenia, pero, como nos contarían más tarde los habitantes locales, las lluvias de la primavera habían sido muy escasas y, a estas alturas de la temporada seca en la que nos encontrábamos, la poca agua que llegaba hasta Samburu se filtraba en la arena y seguía su curso río abajo sin aflorar a la superficie más que en contados puntos.

La dura sequía estaba afectando de manera dramática a muchas especies. No solo era la falta de agua, sino también la drástica reducción de las plantas que les sirven de alimento lo que estaba mortificando a las poblaciones de herbívoros. Tendríamos oportunidad de comprobarlo en toda su crudeza al día siguiente. Varias cebras moribundas, víctimas del agotamiento y de los microorganismos oportunistas que aprovechan la debilidad del sistema inmunitario de los individuos mal alimentados, yacían muertas sin siquiera ser pasto de los buitres; a los carroñeros, en paradójico contraste, les sobraba la comida. Otras permanecían echadas, algunas con el hocico teñido de rojo oscuro por efecto de los vómitos de sangre producidos posiblemente por el ántrax.
No eran solo los animales salvajes los que estaban sufriendo los terribles efectos de la falta de agua. Decenas de cabezas de ganado que había sido introducido en las áreas protegidas, al amparo de la permisividad excepcional de unas autoridades sensibles a la gravedad de la situación, habían muerto en las áreas marginales y en el interior de las reservas de Samburu y Buffalo Springs. El olor de los cadáveres en putrefacción se dejaba sentir por todas partes. Por si no fuera suficiente para dibujar un panorama dantesco, los leones se estaban dedicando a matar a las reses domésticas que habían llegado hasta sus territorios, a las que abandonaban sin devorarlas; según aseguraban los habitantes locales, los sibaritas felinos prefieren la carne de animales salvajes. Y, como si la naturaleza hubiera querido actuar de avalista de nuestros informantes, ese mismo día nos topamos con una leona comiendo de un búfalo que acababa de cazar en una zona en la que los cadáveres de no menos de ocho vacas, que acababan de ser matadas seguramente por miembros de su manada, tal vez por ella misma, se esparcían a su alrededor, dibujando una escena macabra.

Pese a la dureza de las imágenes con las que Samburu nos había recibido, teníamos que hacer nuestro trabajo. Sabía que los episodios de sequía y mortandad son el pan nuestro de cada día en las sabanas y estepas africanas. Como biólogo, tenía que observar, registrar y sacar conclusiones de lo que ocurría a mi alrededor; como mero observador de la naturaleza, la situación de penuria que tenía ante mis ojos era el contrapunto necesario para relativizar y reivindicar a Samburu por lo que ofrecía en sus momentos de abundancia. Lo que en años anteriores me había parecido un medio árido y seco había pasado a ser, después de comprobar los efectos devastadores de la falta de agua, un paraíso en el que sus habitantes podían ver satisfechas todas sus necesidades, más como norma que como excepción.
Por la mañana, iniciamos el control de las cajas. El itinerario de ese día nos llevó de manera azarosa a pasar muy cerca de la puerta que da acceso a la reserva vecina, Buffalo Springs. También la casualidad hizo que allí y en aquel momento estuviera prestando sus servicios Joseph Lengerded, el carismático ranger que nos había acompañado en años anteriores. Fuimos nosotros los que primero lo reconocimos, aunque él no tardó en identificarnos. Todos nos alegramos por el reencuentro y nos estrechamos las manos vigorosamente en un saludo un tanto protocolario. La charla, sin embargo, no tardó en adoptar un tono menos convencional y más desenfadado. Obviamente, era preceptivo hablar de la sequía y de la muerte de animales. Mi colega Vicente y yo no pudimos evitar transmitirle nuestra percepción un tanto melodramática de lo que estábamos viendo. Pero lo que para nosotros dos, sin perspectiva temporal de la dinámica de las sabanas áridas, era una situación excepcional, Joseph y Wamiti, nuestro colega keniano, lo veían como una mecánica intrínseca al ecosistema en el que estábamos inmersos. No había nada de particular en unos periodos de sequía que se repetían de forma iterativa y seguramente caótica. Lo contrario, la estabilidad y la bonanza perfilarían una dinámica y un sistema que nada tienen que ver con las sabanas de África, por mucho que para los europeos representaran un escenario más amable y familiar.
Me tranquilizó la serenidad de los africanos ante lo que para mí parecía una catástrofe. Empecé a observar Samburu desde otra perspectiva. Al fin y al cabo, estábamos comprobando que muchos animales no parecían verse afectados por la falta de agua. Los gerenuks y las jirafas ramoneaban, como siempre, los brotes tiernos de las acacias; tampoco estas parecían haberse enterado de que el Ewaso Ngiro estaba seco en su superficie. Los elefantes solucionaban su problema —o tal vez no lo era— excavando agujeros en los que podían beber y sacar agua para echársela a chorros por encima, ayudados de su versátil trompa. Sustituían el baño por la ducha; no era para tanto. Y esos mismos pozos improvisados servían también a otros animales para saciar la sed.



Pero ¿y los carnívoros? ¿Cómo estaban viviendo la situación los leones, por ejemplo? Le preguntamos a Joseph: «¿Qué tal los leones? ¿Cómo están?». La pregunta era un tanto retórica; sabíamos que a Joseph le gustaban los leones, hablar de ellos y salir a buscarlos para mostrárnoslos. Pero la respuesta parecía obvia: «¡Están gordos y felices!». Y pronunció la frase con una sonrisa de oreja a oreja. Naturalmente, no podía ser de otra manera. Con tantos animales enfermos y débiles, para los grandes félidos de la sabana, igual que para los buitres y otros depredadores y carroñeros, conseguir comida era más fácil que nunca. Ya llegaría la inversión del ciclo climático y serían ellos, los consumidores secundarios, los que padecerían, mientras los ungulados se saciarían de hierba fresca. Tal vez esa iba a ser la situación cuando volviéramos al año siguiente para que Samburu nos demostrara tangiblemente su naturaleza inquieta y reversible.


El encuentro con Joseph fue fugaz: él tenía que atender a sus obligaciones y nosotros, a las nuestras. Proseguimos con la inspección de las cajas, que íbamos a concluir esa misma tarde. Y eso a pesar de que la inusual actividad de los carnívoros nos distrajo, y no poco, de nuestro trabajo. A la observación de la leona desgarrando las entrañas de un búfalo, pocas horas antes, se añadió la de dos guepardos intranquilos que parecían estar urdiendo una maniobra de caza. Era evidente el nerviosismo entre los cazadores. Había muchas presas potenciales fáciles de capturar y sabían que esa circunstancia no podía ser desaprovechada. Los malos tiempos para unos eran la garantía de supervivencia para otros.
Al año siguiente, por las mismas fechas, el agua corría a raudales por el Ewaso Ngiro. Unos meses antes, una fortísima riada había arrasado campamentos, lodges y puentes. Samburu nos estaba demostrando empíricamente que la escasez y la abundancia son conceptos relativos, y que la vida y la muerte son la expresión del sutil equilibrio que caracteriza a las sabanas de África.
José Pablo Veiga Relea es ante todo un enamorado de la naturaleza. Además, es doctor en biología y fue profesor de investigación en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid hasta su jubilación hace algo más de un año. Ha publicado más de cien trabajos científicos, incluyendo varias contribuciones en libros de autoría múltiple y dos libros sobre aves de presa.
Además del trabajo regular que ha llevado a cabo en varias zonas de la geografía española, ha viajado a los continentes americano y africano para desarrollar estudios de diferente índole, siempre en el marco de las disciplinas científicas que ha cultivado durante más de cincuenta años: la ecología evolutiva y el comportamiento animal.
Como resultado de los diez viajes realizados a Kenia y Tanzania en el marco de varios proyectos de investigación, publicó el libro La acacia y la escalera. Relato de una investigación en África, en el que el autor relata los pormenores, avatares y anécdotas de un estudio que se inició teniendo como sujeto a los estorninos africanos y terminó incluyendo a una plétora de especies animales, desde invertebrados a primates.
Este relato forma parte de La acacia y la escalera. Relato de una investigación en África, en el que José Pablo Veiga narra las vivencias y los aprendizajes de sus temporadas de investigación en Kenia. Incluye 89 fotografías en color de paisajes, animales y personas.
Descarga gratuita: en ResearchGate (PDF, recomendado por su presentación visual) y en Bubok.
Doctor en Biología y profesor de investigación jubilado del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). El autor se reserva todos los derechos de esta publicación. Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
