Este artículo se basa en Daniel, M. J. y Rodd, F. H. (2026), «Origins and significance of preference for rare/novel male morphs: Trinidadian guppies as a case study», publicado en acceso abierto en Philosophical Transactions of the Royal Society B, bajo licencia Creative Commons CC-BY-4.0.
Cualquier persona que haya criado guppies sabe que basta una sola pareja para acabar, en pocas generaciones, con un acuario lleno de machos de colores completamente distintos entre sí: colas de mosaico, manchas negras, líneas metálicas, cuerpos casi anaranjados junto a otros casi azules. Esa variedad caótica de patrones gusta mucho a los aficionados a la cría selectiva. Pero no es solo fruto de la mano del criador.
En las poblaciones silvestres del guppy de Trinidad (Poecilia reticulata) ocurre algo parecido, y más extremo todavía. Es uno de los ejemplos de polimorfismo genético más espectaculares que se conocen en cualquier especie animal. Mitchel James Daniel (Florida State University) y F. Helen Rodd (Universidad de Toronto) acaban de publicar una revisión sobre el tema. Repasa casi cuarenta años de investigación sobre por qué ocurre esto.
Una preferencia que favorece lo distinto
La idea de fondo tiene nombre técnico: selección dependiente de frecuencia negativa. Pero es sencilla de entender. Cuanto más raro es un patrón de color entre los machos de una población, más ventaja reproductiva tiene quien lo porta, si las hembras se fijan más en los machos «diferentes» que en los habituales. Eso permite que los genes responsables de esos colores poco comunes se transmitan con más éxito. Y evita que un solo patrón termine arrasando con toda la variación de la población.
El concepto no es nuevo. Ya en los años sesenta y setenta se documentó en moscas de la fruta una «ventaja del macho raro». Entonces no estaba claro si se debía a una preferencia femenina real o a artefactos del diseño experimental. La revisión de Daniel y Rodd parte de ahí.
Buena parte de su primera sección explica qué errores de diseño han limitado durante décadas la interpretación de estos experimentos. El principal: confundir «raro» con «desconocido». Cuando una hembra nunca ha visto a un macho de cierto color, es difícil saber si lo prefiere por ser raro o simplemente por no resultarle familiar. Son dos procesos psicológicamente distintos. Los experimentos más recientes en guppy resuelven el problema exponiendo a las hembras tanto al morfo común como al raro durante una fase previa. Así, ambos resultan igualmente desconocidos al empezar la prueba real.
El experimento de campo de 2013. Un estudio dirigido por Kimberly Hughes marcó machos silvestres según la cantidad de color en su aleta caudal y los reintrodujo en distintas proporciones en varias charcas de tres ríos de Trinidad. El resultado fue consistente en los tres ríos, fuera cual fuera el patrón hecho «raro»: los machos con el patrón minoritario lograron el doble de éxito de apareamiento que los machos con el patrón común.
El seguimiento genealógico de 2023. Un equipo liderado por Tara Potter siguió durante varias generaciones una población de guppies introducida, usando genealogías y capturas mensuales para rastrear cómo cambiaban las frecuencias de color. Confirmaron que los machos raros tienen mayor éxito reproductivo, y que sus hijos —raros también por herencia— heredan brevemente esa ventaja, antes de que sus nietos, ya comunes, la pierdan por completo.
Por qué sigue siendo un enigma evolutivo
Que esta preferencia exista, y que sea robusta, está fuera de duda según los autores. Lo que continúa sin resolverse es por qué evolucionó en primer lugar. No resulta evidente, a priori, por qué la rareza de un macho debería atraer a una hembra. La revisión examina seis hipótesis distintas. Ninguna explica el fenómeno por sí sola.
Seis hipótesis, ninguna concluyente
«Hijos sexys». Propone que las hembras heredan una ventaja indirecta porque sus hijos, también raros, son a su vez atractivos. El estudio de Potter confirmó este efecto a corto plazo. Pero los propios autores señalan que no basta para explicar por qué la preferencia se mantiene: la ventaja se diluye en una sola generación. Según la teoría y la evidencia disponible, suele quedar superada por los costes directos de ser una hembra exigente a la hora de elegir pareja.
Evitar la endogamia. Los machos raros suelen tener menos parientes cercanos en la población, así que apostar por ellos reduciría el riesgo de apareamientos consanguíneos. En las charcas pequeñas y aisladas donde viven muchos guppies silvestres —algunas de apenas un par de metros y menos de cien hembras adultas— este riesgo es real. Hay indicios de que las hembras usan señales olfativas para evitar a sus parientes. Pero la evidencia, de momento, es mixta.
Evitar el reapareamiento. Sugiere que las hembras simplemente evitan repetir pareja, y de paso rechazan a los machos que se parecen a sus parejas anteriores. Los autores la consideran poco probable. No hay evidencia de que aporte beneficios genéticos suficientes para compensar el coste de ser selectiva.
Neofilia general. Quizá las hembras no busquen «rareza» en sí, sino que tengan una atracción general hacia lo novedoso, heredada de otros contextos no reproductivos —como explorar comida o hábitats nuevos—. Es la hipótesis con más apoyo experimental hasta ahora. Se ha demostrado que el mecanismo subyacente es la habituación. Y que la respuesta a la novedad de una misma hembra está correlacionada entre contextos de apareamiento y de comportamiento exploratorio.
Evitar a los depredadores. Los machos de color común sufren más ataques, porque los depredadores «aprenden» a reconocerlos con más facilidad. Si las hembras evitan estar cerca de esos machos, también podrían estar reduciendo su propio riesgo de depredación por asociación. Es plausible, pero falta comprobarlo de forma directa.
Evitar parásitos. Los individuos con fenotipos comunes suelen estar más emparentados entre sí, y los patógenos se propagan mejor entre genéticamente similares. Los datos del estudio de Potter no respaldan esta idea: las hijas de hembras que se apostaron con machos comunes no mostraron ninguna penalización de aptitud reproductiva.
Los propios autores destacan tres hipótesis con más apoyo en guppies: evitar la endogamia, la neofilia general y evitar depredadores. Merecen más investigación. Las otras tres —hijos sexys, reapareamiento y parásitos— cuentan, por ahora, con evidencia débil o directamente contraria.
Un matiz importante: esto no resuelve la «paradoja del lek»
El artículo dedica un apartado a corregir una interpretación reciente. Se ha sugerido que esta preferencia resolvería la llamada paradoja del lek: el enigma de cómo se mantiene la variación genética en rasgos sexuales sometidos a una presión de selección direccional constante. Daniel y Rodd matizan que esa lectura es engañosa. La selección dependiente de frecuencia negativa no actúa en una dirección consistente; al contrario, favorece activamente la variación. Así que no hay paradoja del lek que resolver en sistemas donde este mecanismo opera con fuerza. Es una distinción técnica, pero importante para no confundir dos fenómenos evolutivos distintos.
¿Es esto exclusivo del guppy?
Por ahora, la combinación de evidencia de campo y de laboratorio más sólida sigue concentrada en el guppy. Se ha documentado una preferencia similar en otro pecílido —Xiphophorus helleri, el espada, basada en tamaño corporal y de la espada— y en moscas de la fruta, mediada sobre todo por señales olfativas. También, de forma más limitada, en humanos: estudios con imágenes faciales digitales han encontrado una preferencia femenina por el grosor de barba menos común, y una preferencia dependiente de frecuencia por el color de ojos en mujeres de ascendencia europea. Los autores advierten que esta evidencia en humanos se limita a valoraciones de fotografías, no a decisiones reproductivas reales.
¿Sesgo de muestreo o algo más profundo?
Una posibilidad que plantean los autores es que el fenómeno sea mucho más frecuente de lo que parece. Puede que solo se haya estudiado en especies con polimorfismos vistosos para el ojo humano. Muchas señales sexuales animales son invisibles para nosotros: manchas ultravioleta, vocalizaciones ultrasónicas, perfiles de feromonas. Es razonable pensar que existan preferencias por la rareza en rasgos que ni siquiera sabemos que varían. Según los autores, nuevas herramientas de análisis de imagen y de perfiles químicos empiezan a hacer posible estudiar esto en especies y rasgos donde antes era impensable.
Que las hembras prefieran a los machos raros o desconocidos es, a estas alturas, un fenómeno real y bien documentado. Tiene un papel probable en el mantenimiento del polimorfismo en guppies y otras especies. Lo que sigue sin resolverse es por qué evolucionó esta preferencia, y en qué condiciones ecológicas debería esperarse en otros animales. Daniel y Rodd proponen experimentos concretos, abordables con las herramientas actuales. Su revisión funciona, sobre todo, como una invitación a que otros equipos retomen estas preguntas.
Para la acuariofilia, el guppy lleva siendo durante décadas el pez de cría por excelencia para iniciarse en la genética del color. Trabajos como este recuerdan que, detrás de esa variedad tan apreciada por los criadores, hay un mecanismo evolutivo todavía solo parcialmente comprendido. Uno que la propia naturaleza lleva generaciones poniendo a prueba en las charcas de los ríos de Trinidad.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
Daniel & Rodd (2026), Philosophical Transactions of the Royal Society B ·
DOI: 10.1098/rstb.2025.0189 ·
Hughes, Houde, Price & Rodd (2013), Nature 503, 108–110 ·
Potter et al. (2023), Science 380, 309–312
