Llega Halloween y las casas se llenan de inquilinos inesperados. Telarañas de algodón en las ventanas, tarántulas de plástico sobre la mesa, serpientes de goma enroscadas en la barandilla. Junto a calabazas, murciélagos y esqueletos, arañas y serpientes se han convertido en las mascotas oficiales de la noche más terrorífica del año.
No es casualidad. Pocas imágenes funcionan tan bien para provocar un escalofrío. Y la ciencia lleva décadas intentando explicar por qué. La respuesta nos lleva muy atrás, a los primeros primates, y nos devuelve al presente con una buena noticia para los aficionados a los terrarios: ese miedo se puede desaprender.
Un miedo que viene de muy lejos
La primatóloga Lynne Isbell, de la Universidad de California en Davis, propuso en 2006 la llamada teoría de la detección de serpientes. Según su hipótesis, las serpientes fueron durante millones de años uno de los principales depredadores de nuestros antepasados. Eso habría favorecido a los primates capaces de verlas a tiempo. Su visión aguda de corto alcance sería, en parte, una herencia de esa presión.
En 2013, un equipo internacional en el que participaba Isbell publicó en la revista PNAS un experimento revelador. Registraron la actividad de neuronas del pulvinar, una zona del cerebro implicada en la atención visual, en macacos que nunca habían visto una serpiente. Esas neuronas respondían a las imágenes de serpientes con más fuerza y rapidez que a caras de monos, manos o figuras geométricas.
Bebés de seis meses
¿Y en humanos? En 2017, un equipo del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y Cerebrales de Leipzig y de la Universidad de Uppsala hizo un experimento con bebés de seis meses. Les mostraron fotografías. Unas eran de arañas y flores; otras, de serpientes y peces, igualadas en tamaño y color.
Las pupilas de los bebés se dilataban más ante las arañas y las serpientes. Esa dilatación es una señal de activación del sistema nervioso relacionado con el estrés. A esa edad, los niños apenas han tenido ocasión de aprender a temer nada. Las autoras lo atribuyen a una convivencia de más de 40 a 60 millones de años entre nuestros antepasados y estos animales.
Otros trabajos apuntan en la misma dirección. En 2008, las psicólogas Vanessa LoBue y Judy DeLoache pusieron a prueba a niños en edad preescolar y a sus padres. Unos y otros localizaban una serpiente entre flores o ranas más deprisa que al revés. Un detalle interesante: quienes no tenían miedo a las serpientes las detectaban igual de rápido. Lo innato parece ser la capacidad de verlas, no necesariamente el pánico.
Preparados para aprender a temer
Aquí está la clave. La mayoría de los especialistas no habla de un miedo innato, sino de una predisposición a aprenderlo. El psicólogo Martin Seligman la llamó en 1971 «preparación»: aprendemos a temer algunas cosas con mucha más facilidad que otras.
Lo demostró un experimento clásico de Michael Cook y Susan Mineka, publicado en 1989. Monos rhesus criados en laboratorio, sin miedo previo a las serpientes, vieron vídeos de otros monos asustados. Si el susto aparecía ante una serpiente o un cocodrilo de juguete, aprendían a temerlos enseguida. Si el mismo susto aparecía ante flores o un conejo de juguete, no aprendían nada.
Dicho de otro modo: venimos con el terreno abonado, pero el miedo hay que sembrarlo. Y lo siembran la experiencia, el ejemplo de los adultos y, también, las historias que nos contamos.
¿Un miedo universal?
Si el miedo tiene raíces biológicas, debería aparecer en culturas muy distintas. Y en buena medida, así es. En 2023, un equipo de la Universidad Carolina de Praga comparó las reacciones de somalíes y checos ante fotografías de 48 especies de serpientes. A pesar de vivir en entornos y culturas muy diferentes, ambos grupos coincidieron: las víboras, de cuerpo grueso y cabeza ancha, eran las más temidas.
Con las arañas, el panorama es más matizado. El psicólogo británico Graham Davey sostiene que el rechazo a las arañas tiene más de asco que de miedo puro. Lo relaciona con la sensibilidad a la repugnancia, la misma que nos aleja de ratas, cucarachas o babosas. Davey sugiere que, en Europa, la asociación histórica de estos animales con la enfermedad y la suciedad pudo reforzar ese rechazo.
El sur de Italia ofrece un ejemplo pintoresco. Durante siglos, se atribuyó a la picadura de la tarántula de Apulia un trastorno, el tarantismo, que solo se curaba bailando frenéticamente. De ahí viene la tarantela. La araña, una Lycosa bastante inofensiva, no tenía la culpa de casi nada.
Culturas que no tiemblan
La cultura también puede ir en sentido contrario. En Skuon, en Camboya, las tarántulas fritas son un aperitivo popular que se vende en puestos callejeros. Varios pueblos de la Amazonía, como los piaroa de Venezuela, cazan y asan grandes tarántulas del género Theraphosa.
Las serpientes, por su parte, han sido veneradas tanto como temidas. En la India, la fiesta de Nag Panchami honra a las cobras con ofrendas de leche y flores. En Mesoamérica, la serpiente emplumada, Quetzalcóatl, era una divinidad creadora. Y en la propia Europa, la serpiente enroscada en la vara de Asclepio sigue siendo el símbolo de la medicina.
La biología nos predispone a fijarnos en arañas y serpientes. Pero lo que sentimos al verlas, miedo, asco, respeto o apetito, depende en gran medida de lo que hemos aprendido.
Del miedo al conocimiento
Si el miedo se aprende, también se puede desaprender. La psicología clínica lo sabe bien. El tratamiento más eficaz para las fobias a animales es la exposición gradual y controlada. En 1989, el psicólogo sueco Lars-Göran Öst desarrolló una terapia de exposición de una sola sesión, de unas tres horas. Las revisiones posteriores sitúan sus tasas de mejoría clínica entre el 80 y el 90 %.
La información también cuenta. Pavol Prokop y Sue Dale Tunnicliffe lo estudiaron en 2008 con escolares. Los que tenían más ideas erróneas sobre arañas y murciélagos mostraban actitudes más negativas hacia ellos. Los mitos alimentan el rechazo.
En España: solo un par de especies, como la viuda negra mediterránea y la araña violinista, causan picaduras de importancia médica; los casos graves son raros
Serpientes: de las casi 4.000 especies conocidas, solo una parte es venenosa, y una fracción aún menor supone un riesgo real para las personas
Fobias: entre el 1 y el 5 % de la población de los países desarrollados sufre una fobia real a arañas o serpientes
El terrario como escuela
Aquí es donde la terrariofilia tiene mucho que aportar. Quien mantiene una tarántula aprende enseguida que es un animal tranquilo, que pasa horas inmóvil y que prefiere esconderse antes que atacar. Quien cría serpientes del maíz o pitones reales descubre que son animales previsibles. Se manejan con calma y pueden convivir sin problemas con una familia.
Esa familiaridad es la mejor vacuna contra el miedo. Muchos aficionados lo comprueban en ferias, exposiciones y jornadas de puertas abiertas. Pensemos en un niño que ha visto de cerca una serpiente y ha escuchado cómo vive. Si comprueba que no es un monstruo, difícilmente crecerá con pánico a ellas. A menudo, son los adultos los que más se sorprenden.
El conocimiento no solo quita miedo: también protege a los animales. Una serpiente que se reconoce como inofensiva tiene muchas menos probabilidades de acabar muerta a golpes de azada en un camino.
Que no falten las telarañas
Nada de esto significa que haya que retirar la decoración. Las telarañas de algodón, las tarántulas de plástico y las serpientes de goma forman parte del folklore de Halloween. Jugar con el miedo, en un entorno seguro y entre risas, es una de las cosas más humanas que existen. Y probablemente una de las más sanas.
Así que este año, cuelga la telaraña más grande que encuentres y esconde la serpiente de goma donde más sustos pueda dar. Y si algún invitado se pregunta por qué le hace saltar del sillón, ya tienes conversación para toda la noche: unos cuantos millones de años de evolución, un puñado de culturas y algún que otro terrariófilo dispuesto a presentarle a una tarántula de verdad.
Desde Mundo Faunista, ¡feliz Halloween!
Fuentes:
Van Le, Q. et al. (2013). Pulvinar neurons reveal neurobiological evidence of past selection for rapid detection of snakes. PNAS, 110(47) ·
Hoehl, S. et al. (2017). Itsy bitsy spider…: Infants react with increased arousal to spiders and snakes. Frontiers in Psychology, 8: 1710 ·
LoBue, V. y DeLoache, J. S. (2008). Detecting the snake in the grass. Psychological Science (resumen en ScienceDaily) ·
Cook, M. y Mineka, S. (1989). Observational conditioning of fear to fear-relevant versus fear-irrelevant stimuli in rhesus monkeys. Journal of Abnormal Psychology, 98(4) ·
Frynta, D. et al. (2023). Are vipers prototypic fear-evoking snakes? A cross-cultural comparison of Somalis and Czechs. Frontiers in Psychology ·
Davey, G. (2014). Arachnophobia: The disgusting spider. Psychology Today ·
Wannemueller, A. et al. (2016). Large group exposure treatment: a feasibility study in highly spider fearful individuals. Frontiers in Psychology, 7: 1183 ·
Prokop, P. y Tunnicliffe, S. D. (2008). «Disgusting» animals: primary school children’s attitudes and myths of bats and spiders. Eurasia Journal of Mathematics, Science and Technology Education, 4(2)