Este artículo es el primero de una serie de dos sobre los orígenes de la terrariofilia moderna. Está basado en las investigaciones del anticuario e historiador Frank Fritzlen, recogidas en el Museum of Aquatic and Pet History (MOAPH) y en su conferencia disponible en YouTube.
Hay una escena en Grandes esperanzas de Dickens —publicada por entregas entre 1860 y 1861— en la que el narrador describe los escaparates de los comercios londinenses como una sucesión de mundos en miniatura, cada uno encerrado en su propio cristal, cada uno aspirando a ser completo. Dickens no estaba hablando de terrarios. Estaba hablando de pastelerías y tiendas de quesos. Pero la imagen vale igualmente: la Inglaterra victoriana tenía una relación particular con la idea de capturar la naturaleza dentro de un recinto de vidrio y contemplarla desde fuera.
Esa relación no era casual. Era el resultado de varias tensiones simultáneas: el Imperio que traía el mundo entero hasta los muelles del Támesis; la industrialización que estaba convirtiendo las ciudades en lugares irrespirables en los que la naturaleza sobrevivía en los márgenes; y una clase media en expansión que quería demostrar su cultura mediante la posesión de objetos científicos. El microscopio, el telescopio, la colección de minerales, el herbario prensado. Y, a partir de la década de 1830, el cajón de cristal.
Una botella sellada en el barrio más sucio del mundo
El médico Nathaniel Bagshaw Ward (1791–1868) ejercía en el East End de Londres, el barrio más contaminado de la ciudad más contaminada del mundo industrializado. Las fábricas y las cocinas de carbón habían creado una atmósfera que Ward describía en sus propios escritos como casi incompatible con la vida vegetal: la luz llegaba filtrada por el hollín, el aire olía a azufre, los musgos que intentaba cultivar en la fachada de su casa morían invariablemente en pocas semanas. Ward era médico de día y naturalista de noche, con la obstinación característica del aficionado victoriano cultivado —la misma que movía a Charles Darwin a pasar años observando lombrices de tierra en el jardín de Down House, o a Alfred Russel Wallace a catalogar miles de mariposas en el archipiélago malayo.
En torno a 1829 o 1830, Ward encerró una oruga en una botella de boca ancha junto con algo de tierra y algunas hojas, y la tapó para observar el proceso de metamorfosis. Cuando la mariposa salió del capullo resultó pertenecer a una especie corriente, sin ningún interés para su colección. La liberó, tapó la botella de nuevo y la dejó en el alféizar de la ventana. Tenía otras cosas en que pensar.
Semanas después, al volver a fijarse en ella, encontró que dos plantas habían brotado del suelo sin que nadie las hubiera sembrado ni regado: un helecho macho del género Dryopteris y una gramínea de la familia Poaceae. La botella seguía sellada. Nadie había intervenido. Ward tardó un tiempo en entender lo que estaba viendo: la humedad del sustrato no escapaba al exterior sino que circulaba dentro del recipiente en un ciclo autónomo. Aquellas dos plantas prosperaron durante años sin ninguna aportación de agua desde fuera.
Ward había llegado al mismo resultado que Thoreau alcanzaría por camino opuesto en Walden (1854): la demostración de que un fragmento de naturaleza puede ser autosuficiente si se le dan las condiciones adecuadas. Thoreau lo hizo retirándose al bosque. Ward lo consiguió cerrando una botella en el East End.
La locura de los helechos y el problema del Imperio
El descubrimiento de Ward llegó en el momento preciso para dar respuesta a una necesidad que el Imperio Británico sentía con urgencia creciente. En la década de 1830 se había desatado entre las clases medias y altas de Gran Bretaña lo que los historiadores llamarían más tarde la Pteridomania —la locura de los helechos—: una pasión colectiva por coleccionar y cultivar estas plantas, especialmente las especies tropicales procedentes de las colonias. Los jardines botánicos de Kew y Edimburgo competían por tener las colecciones más completas. Los viveros hacían fortuna. La plata Cyathea dealbata, el helecho plateado de Nueva Zelanda, se había convertido en un símbolo cultural tanto en las colonias como en la metrópolis.
El problema era el transporte. Llevar una planta viva desde el Pacífico Sur hasta Gran Bretaña era en aquella época poco más que una apuesta: meses de travesía, condiciones brutales en cubierta y marineros sin la menor formación botánica. La mayoría de los cargamentos llegaba muerto o ni siquiera salía vivo del puerto de origen.
Ward propuso la solución que había descubierto por accidente: si las plantas podían cerrar su propio ciclo hídrico dentro de un recipiente sellado, ese mismo principio podía aplicarse a cajones acristalados diseñados para viajar en cubierta. En 1833 construyó dos de esos cajones, los plantó y los confió a un capitán amigo suyo para una travesía de varios meses hasta Australia. Las plantas llegaron vivas, crecieron durante el viaje y se entregaron al Jardín Botánico de Sídney. Para la vuelta, los mismos cajones se cargaron con semillas australianas que hasta entonces habían resistido todos los intentos de exportación.
A partir de ese momento, el cajón de Ward se convirtió en infraestructura del Imperio. En 1848, el botánico escocés Robert Fortune fue enviado por la Compañía Británica de las Indias Orientales a extraer clandestinamente miles de esquejes y semillas de las plantaciones de té chinas. Los transportó en cajones de Ward hasta la India, donde se cruzaron con las variedades silvestres del Assam y dieron origen a la industria del té de Darjeeling. El hábito inglés del té de las cinco tiene, entre sus condiciones materiales de posibilidad, una botella sellada con una oruga en el East End de Londres.
El cajón de Ward —Wardian Case en inglés, Wardsche Kästen en la literatura alemana de la época— era un recipiente de madera con paredes y techo de cristal que funcionaba como invernadero portátil cerrado. Su principio era el de un ciclo hídrico autónomo: la humedad nunca abandonaba el sistema.
Ward publicó sus experimentos entre 1834 y 1836 en el Gardeners Magazine, las Transactions of the Society of Arts y el Companion to the Botanical Magazine. El libro completo, On the Growth of Plants in Closely Glazed Cases, apareció en 1842. Su impacto geopolítico más célebre: en 1848, Robert Fortune transportó 20.000 esquejes de té de China a Darjeeling en cajones de Ward, rompiendo el monopolio chino y fundando la industria del té indio. Como invernadero de salón, el cajón de Ward fue adoptado rápidamente por las clases medias victoriana. Es el antepasado directo del acuario doméstico y del terrario moderno.
El texto completo de On the Growth of Plants in Closely Glazed Cases (Nathaniel Bagshaw Ward, 1842) está disponible gratuitamente en Internet Archive. Puedes leerlo aquí mismo o abrirlo en una ventana nueva.
La paradoja victoriana: proteger en cristal lo que se destruye en el campo
Hay algo que merece atención antes de seguir. La misma cultura que drenaba los humedales de la India para plantar algodón, que arrasaba los bosques australianos para convertirlos en pastos, que envenenaba los ríos europeos con los residuos de sus fábricas, era también la que coleccionaba helechos tropicales en cajones de cristal y observaba anémonas de mar en acuarios de salón. Esta doble actitud no era hipocresía en sentido estricto: era la expresión de una fractura que John Ruskin había diagnosticado con brillantez en sus conferencias de Oxford y que William Morris convertiría en programa político. El cajón de Ward era, entre otras cosas, un intento de tener naturaleza sin renunciar a la ciudad que destruía la naturaleza.
Thoreau, que en 1854 publicó Walden el mismo año en que aparecía el primer libro de acuariofilia en inglés, había ensayado la solución contraria: dejar la ciudad y vivir en el bosque. Pero la mayoría de sus lectores no podía o no quería hacerlo. El cajón de cristal fue la respuesta de masas al problema que Thoreau había planteado para pocos.
El acuario llega primero: Warington y el equilibrio del agua
A comienzos de la década de 1850, el cajón de Ward era un objeto habitual en los salones burgueses de toda Europa. Fue entonces cuando el químico británico Robert Warington (1807–1867) planteó la pregunta que nadie había formulado con rigor suficiente: ¿podía funcionar el mismo principio con agua en lugar de tierra?
Warington no buscaba meter peces en un recipiente bonito. Lo que quería era demostrar que un sistema acuático podía sostenerse indefinidamente sin intervención exterior. La hipótesis era que las plantas acuáticas y los peces podían establecer un equilibrio gaseoso: cada uno consumiendo lo que el otro producía. El problema era que la muerte de cualquier elemento —una hoja pudriéndose, una alga disolviéndose— producía turbidez y contaminaba el conjunto. La solución llegó cuando Warington introdujo caracoles acuáticos que actuaban como descomponedores y cerraban el ciclo. Su artículo de 1852 en las actas de la Chemical Society contiene además el primer uso impreso del término «aquarium» en su sentido moderno.
Sobre ese trabajo construyó Phillip Henry Gosse The Aquarium (1854), el primer libro dedicado en exclusiva a los acuarios domésticos. A partir de ahí, la bibliografía creció con velocidad industrial: el primer libro alemán de acuariofilia en 1856, seguido al año siguiente por Das Süsswasser-Aquarium de Emil Adolf Rossmässler, y luego Francia, Italia, España, Suecia y Estados Unidos casi en cadena. Ese despegue fue posible porque desde mediados de los años 1840 las clases medias británicas ya recogían organismos de las pozas de marea en sus vacaciones costeras e intentaban mantenerlos vivos en casa: la gente ya estaba intentando hacer algo; Warington y Gosse simplemente le dieron el marco teórico y el vocabulario.
La historia de cómo esa misma energía desembocó en la terrariofilia —y por qué fue Alemania, y no Inglaterra, quien dio ese paso— la contamos en el segundo artículo de esta serie.
Mundo Faunista es la publicación digital de la Federación FAUNA.
Fuentes:
MOAPH — «From the Wardian Case to the Terrarium», trad. Alex Haro ·
Frank Fritzlen — conferencia sobre historia de la literatura terrariística ·
Ward, N.B. (1842). On the Growth of Plants in Closely Glazed Cases. Londres ·
Gosse, P.H. (1854). The Aquarium. Londres ·
Thoreau, H.D. (1854). Walden; or, Life in the Woods. Boston ·
Dickens, C. (1860–61). Great Expectations. Londres ·
Rossmässler, E.A. (1857). Das Süsswasser-Aquarium. Leipzig
