Artículo de Juan Manuel Gómez, doctor en Biología y presidente de la Federación FAUNA, reproducido en Mundo Faunista con autorización expresa del autor.
En temas de animales estamos acostumbrados a que se tomen decisiones políticas sin considerar los factores científicos y sí haciendo caso a los ideológicos. En España, la Ley de Bienestar Animal es un buen ejemplo de cómo se ha ignorado sistemáticamente a los científicos para elaborar una norma basada en creencias e ideologías animalistas.
Esos ideales abogan por salvar animales, lo que es loable. Pero los científicos debemos abogar por salvar especies y ecosistemas. Esto muchas veces significa tomar medidas drásticas que no siempre son entendidas por la opinión pública y que, sobre todo, no son aprobadas por quienes tienen que aplicarlas: los políticos.
Cuatro hipopótamos. Una decisión evitada. Cuarenta años de consecuencias.
Un ejemplo terrible de malas decisiones políticas en zoología lo tenemos en Colombia. A los políticos de cualquier signo y de cualquier país lo que de verdad les importa son los votos, no los animales ni el medio ambiente. Por eso toman sus decisiones en función de lo que dirá la opinión pública, no de lo que habría que hacer para resolver un problema ambiental.
Todos lo hemos oído: Colombia va a sacrificar 80 hipopótamos. Y esto es así por una cadena de muy malas decisiones. No me refiero al sacrificio en sí —que es una decisión necesaria—, sino a todo lo que lo ha hecho inevitable.
Todo empezó con la liberación de cuatro ejemplares en la década de 1980, tras la captura de Pablo Escobar. Fue noticia en todo el mundo, y fue un error que debería haberse corregido de inmediato de la forma más rápida y efectiva posible. Solo había dos opciones reales: capturarlos y trasladarlos a un parque zoológico, o sacrificarlos. Ninguna de las dos se llevó a cabo, porque —estoy seguro de que todos los asesores científicos explicaron los riesgos a los políticos— lo que estos oían en sus cabecitas era: «matar animales resta votos, y yo no voy a tomar esa decisión».
Así que tomaron la tercera opción, la peor: no hicieron nada. Y así «salvaron a los hipopótamos», para gran regocijo de los animalistas.
El coste de no hacer nada
¿Salvar cuatro hipopótamos era más importante que salvar el ecosistema? Los manatíes atacados, las nutrias amenazadas, los peces, anfibios y reptiles cuyo hábitat fue destrozado, los nidos destruidos… ninguno de ellos generó alarma social. No son suficientemente «bonitos».
No hacer nada con cuatro hipopótamos funciona —políticamente hablando— durante un tiempo. Mientras son cuatro es fácil «dejar que la naturaleza siga su curso». Pero en Colombia no hay estación seca africana, no hay ciclos climáticos que limiten el alimento, no hay depredadores naturales. El resultado era predecible para cualquier biólogo: se reprodujeron sin control.
En 2023, con 169 hipopótamos endogámicos campando por los ríos colombianos, la entonces ministra de Medio Ambiente, Susana Muhamad, reconoció públicamente que habían alterado la dinámica hidrológica de ríos y ciénagas, compactado el suelo y erosionado las riberas. La solución adoptada entonces fue exportar hasta 85 ejemplares a la India, Filipinas y México, y esterilizar unos 40 al año —a unos 9.000 euros por individuo, es decir, 360.000 euros anuales solo en esterilizaciones—. La propia ministra admitió que ese sistema «no resuelve el impacto ambiental ecosistémico». Las entidades científicas llevaban desde 2021 advirtiendo de que la esterilización era inútil y que la única medida eficaz era el sacrificio.
La actual ministra de Ambiente, Irene Vélez, ha anunciado la eutanasia de 80 individuos a un coste de aproximadamente 12.000 euros por animal. Si hoy no se sacrifican esos 80, en 2030 habrá más de 500 hipopótamos. En diez años, superarán el millar.
Un parche caro e inútil a medio plazo
Como biólogo, me guste o no —y no me gusta—, soy consciente de que este sacrificio de 80 animales es solo otro parche. Aún esterilizados, quedarán decenas de ejemplares alterando el ecosistema durante décadas. Y seguirá habiendo ejemplares no esterilizados reproduciéndose y llevando de nuevo la población a números peligrosamente elevados en poco tiempo.
La solución realmente necesaria es retirar a todos los ejemplares del ecosistema. Como eso es imposible por falta de capacidad de acogida, solo queda una solución real: sacrificarlos todos. Los científicos lo sabemos. Los políticos también lo saben. Pero la pérdida de votos pesa más que la salvaguarda del ecosistema.
Conviene recordar que todo empezó con solo cuatro animales. Si en ese momento se hubieran sacrificado esos cuatro, todo esto no habría sido necesario: menos animales muertos en total, y los millones de euros invertidos o por invertir en medidas que a largo plazo no van a funcionar podrían haberse destinado a la conservación de especies realmente amenazadas.
El espejo español
Aquí en España no tenemos hipopótamos, afortunadamente. Pero tenemos cotorras argentinas, galápagos de Florida, gansos del Nilo… y un poderoso movimiento animalista que se opone a cualquier medida de control sobre estas especies invasoras. Eso sí, del control de las serpientes invasoras de Canarias no suelen decir nada: como no son «bonitas», parece que importan menos.
¿Y a quién escuchan los políticos? La respuesta es evidente: a los animalistas. De ahí que tengamos una ley de bienestar animal que protege con uñas y dientes las colonias felinas, cuando el gato doméstico asilvestrado es precisamente una de las especies más destructivas para los ecosistemas insulares y mediterráneos.
Ojalá los hipopótamos de Colombia enseñaran algo a los políticos. Porque los científicos ya lo sabíamos desde el principio. El problema es que nosotros no somos los que decidimos.
Doctor en Biología. Cuidador de animales de zoológico especializado en reptiles y anfibios. Educador e intérprete ambiental. Presidente de la Federación FAUNA.
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