Ponencia presentada en el XI Congreso Internacional sobre Papagayos de Loro Parque (Tenerife). Mundo Faunista la ha publicado por entregas debido a su extensión. Esta es la última.
Zoos y criadores en la picota
Quizás ya no lo recuerden, pero cuando desde los años setenta hasta más o menos el 2000 solo los ecologistas tenían el poder del relato, la preocupación era el medio ambiente y la conservación de las especies en su medio. La lucha siempre fue contra la captura de especímenes de la Naturaleza, y la promoción de la cría en cautividad de esos animales. Un fin loable sin duda, y que todos aceptamos de buen grado porque era lo justo.
Así, dejaron de cazarse ballenas o focas por su piel, la industria peletera prescindió de vender abrigos de felinos manchados de origen silvestre, y las martas y visones pasaron a criarse en granjas peleteras. El resto de los sectores hizo lo propio: los cetreros lograron criar en cautividad a sus halcones, los acuaristas a sus peces, los terrariófilos a sus culebras, y los amantes de los loros a sus queridas psitácidas, logrando con ello, por cierto, al igual que los otros grupos citados, salvar a varias especies de la extinción.
Especies que hoy existen gracias a la cría
Conocidas son las historias del bisonte europeo, salvado por los zoos a partir de solo doce padres fundadores; del cóndor de California, para el cual el Zoo de San Diego tuvo que capturar a los pocos que quedaban en libertad para poder salvarlos; o del lobo gris mexicano, salvado también por un equipo de parques zoológicos.
Y qué les voy a contar a ustedes del guacamayo de Spix que no sepan: extinto en su medio natural, joya del logotipo de nuestro anfitrión, y cuya única posibilidad de salvación pasa porque se deje a los expertos que saben del asunto —y no a quienes han antepuesto intereses ajenos a la conservación, como a mi entender ha ocurrido hasta ahora— trabajar unidos en su cría en cautividad para arrancarlo de las garras de la extinción.
Hasta ahora, ni los ecologistas ni nadie discutía el papel indiscutible en la conservación de la biodiversidad de zoos, acuarios o criadores profesionales. El mantra era: «No captures, cría». Y así se hizo. Y el sistema funcionó.
Sin embargo ahora, con la irrupción en escena del veggie animalismo, las tornas han cambiado: ya no importa la biodiversidad o el ecosistema, sino el supuesto sufrimiento y maltrato del individuo.
Agua y aceite
Ecologismo y veggie animalismo, como ya he mencionado antes, son como el agua y el aceite: dos polos que se repelen. El ecologista, a pesar de ser un activista político que busca vivir del cuento bajo la excusa de defender la conservación del medio, basa sus postulados en la ciencia ecológica, que lo que busca es precisamente la conservación de los ecosistemas y las cadenas tróficas. El veggie animalismo, en cambio, no nace de la ciencia y la Naturaleza, sino de principios filosóficos y jurídicos de ámbito urbanita.
Al ecologista, por ejemplo, le preocupa que se extinga el lince ibérico y lucha porque no desaparezca de nuestros montes. Al veggie animalista, en cambio, lo único que le preocupa es el dolor y la muerte que pueda sufrir su presa por excelencia, el conejo. El ecosistema se la bufa. Y si para salvar al conejo del sufrimiento tiene que convertir al lince en vegano, no duden ustedes que lo hará. Y encima, gracias a Overton, les convencerá a ustedes de que es lo correcto.
De hecho, los E.V.A. ya lo están haciendo actualmente con sus mascotas. No les descubro nada nuevo si les digo que perros y gatos, animales carnívoros —los felinos en sentido estricto—, están siendo alimentados por sus dueños, y por tanto maltratados, con piensos veganos.
El gran mantra del dolor y el maltrato
Desde Walt Disney que no levantamos cabeza. El relato de antropomorfización de los animales es el que, gracias al auge de las redes sociales, de la prensa progre y de Overton por supuesto, se ha instalado en el subconsciente colectivo de gran parte de la sociedad. O mejor dicho, el que hemos permitido todos nosotros, con nuestra inacción y pasotismo, que se instalara.
Mucha gente cree ahora que los animales tienen derechos y que se les debe evitar cualquier tipo de dolor. La clave de todo para los veggie animalistas es el sistema nervioso central: si lo tienes, sufres y sientes dolor, lo cual es inadmisible.
Sin embargo, ¿cuál es la frontera, pues, del llamado especismo? Según el veggie animalismo, la citada capacidad de experimentar dolor. Los nociceptores o receptores del dolor de las neuronas sensoriales están presentes desde el humano hasta los insectos, e incluso en algunos nematodos no mayores de un milímetro. Algunos de ellos, parásitos del hombre. ¿Qué vida vale más? ¿La de un ser humano o la de sus parásitos?
Es más: existen investigaciones y estudios sobre la posible sensibilidad de los vegetales. Ningún ultravegetariano habla de ellos, claro.
Ah, y el dolor, no lo olvidemos, va unido al maltrato. Por tanto, si un animal se mantiene en cautividad o se convierte en doméstico, según el fanatismo de una minoría jamás será feliz ni tendrá sus necesidades cubiertas, estando condenado a vivir una vida de «esclavo» y despojado de sus supuestos derechos.
Oceanarios contra el paredón
Como les decía al principio de esta ponencia, estos últimos meses las noticias han traído a la actualidad no solo a loros y guacamayos, sino también a orcas y delfines. Uno de los titulares recuerdo que decía algo así como que «los animalistas perjudicaban la vida de los delfines», y bajo el cual se entrevistaba a expertos del sector que defendían la labor de los delfinarios y aseguraban que los animales de un acuario como el Oceanogràfic valenciano vivían en condiciones óptimas, refutando así las críticas sobre el bienestar en cautividad.
Me sorprendió la valentía del periódico —el ABC, creo recordar—, porque en efecto así es. Ni los delfinarios son cárceles ni los delfines prisioneros. Viven en condiciones controladas, con sus necesidades cubiertas y un bienestar que no es una opinión y se puede medir científicamente.
No por estar libre en el medio salvaje estás bien. En el océano la comida y el cobijo no son gratis, como tampoco la seguridad: no hay veterinarios y sí muchos peligros. El bienestar no se basa en la libertad, sino en la felicidad. Y esta es medible en cautividad.
Dicen que orcas, belugas y delfines son infelices en los acuarios, pero esto es mentira. Una mentira que el político, que es quien redacta las leyes, se cree. ¿Piensan ustedes acaso que los 34 loros yacos incautados ilegalmente a sus legítimos criadores y propietarios, animales domésticos todos ellos y nacidos en cautividad, van a ser más felices en las selvas del Congo donde los políticos los han abandonado? Y ese político, permitan que les recuerde, está en ese sillón sentado gracias a sus votos.
Los «santuarios» que no existen
Nos venden que la solución a lo de las orcas, delfines y belugas son los mal llamados «santuarios», esos lugares en los que, asombrosamente, en vez de haber santos a los que venerar hay animales y un gran negocio. Pues por si no lo saben, sépanlo: los «santuarios» de delfines y ballenas no existen.
Cuando la anterior alcaldesa de la Ciudad Condal quiso acabar con los delfines en el Zoo de Barcelona dijo que los mandaría a un «santuario», y era un «santuario» que ni existía entonces ni existe ahora. Aquellos delfines viven hoy en un zoo de Grecia y en el Oceanogràfic de Valencia, perfectamente cuidados, por supuesto.
Existen algunos cercones en el mar, es decir, espacios cerrados pero dentro del mar, sobre todo en la zona del Caribe. Y lo que vemos es que los delfines no necesariamente están mejor, que existen dificultades adicionales para su cuidado, y que cuando en algunos centros donde se hacen actividades en mar abierto se les abren las compuertas para que salgan, tienen miedo y no quieren salir; y si salen, en muchas ocasiones vuelven enseguida buscando el refugio de su instalación, en la que se sienten en un entorno seguro y controlado.
Tampoco viven más en el mar
Tampoco viven más los delfines en el mar. No solo cetáceos: ningún animal vive más en libertad. La domesticidad triplica la esperanza de vida. Un tigre es raro que pase de los 8 o 10 años en ninguna selva. Yo puedo asegurarles que he trabajado con tigres domésticos que han muerto de viejos y procreando de forma natural a los 22 años de edad.
Los números de los delfines mulares. Según los últimos estudios, la esperanza de vida en acuarios modernos es entre dos y tres veces superior a la de sus congéneres estudiados en medio natural.
En zoos y acuarios acreditados: entre 20 y 31 años.
En el mar: entre 9 y 15 años para la mayoría de las poblaciones estudiadas.
La supervivencia ha aumentado mucho en los últimos años en los oceanarios, precisamente porque a través de la investigación científica y la tecnología hemos aprendido a cuidarlos cada vez mejor.
Bienestar o libertad
El debate, pues, se reduce no a parámetros científicos, sino filosóficos. La libertad en los animales, al igual que en las personas, es por lo visto innegociable. Esa es la clave de bóveda del debate.
Se visten con la bandera de los derechos y las libertades, que siempre es un mensaje que vende, y antropomorfizan a los animales como si fueran presos o esclavos humanos. De ahí la necesidad de dotarlos de derechos. Y de esta forma cuelan lo filosófico sobre lo científico: el derecho a la libertad sobre el derecho al bienestar y la conservación.
Y esto es así porque no estamos hoy en una lucha por conservar la Naturaleza, sino por suprimir el derecho de los humanos a utilizar los recursos que la madre Tierra nos da. Es decir, acabar con el Humanismo y dotar a los animales de derechos, humanizarlos, mientras al mismo tiempo se bestializa al Hombre.
Primero vinieron a por los otros
Y tengo que decirles a todos ustedes que, de momento, los prohibicionistas nos van ganando la partida a todos nosotros, y con nuestro beneplácito encima. ¿Saben ustedes por qué? Pues porque durante décadas, como decía al principio, hemos estado brazo sobre brazo como dinosaurios esperando el meteorito. Siempre estuvimos mirando por encima del hombro a los demás desde nuestra torre de marfil, pensando que zoos, acuarios y criadores de exóticos éramos moral y legalmente intocables.
Y aquí cabría recordar al pastor alemán Martin Niemöller y su famosa advertencia: que fueron viniendo, uno tras otro, a por los socialistas, a por los sindicalistas, a por los judíos, y él calló cada vez porque no era ninguna de esas cosas; y que cuando finalmente vinieron a por él, ya no quedaba nadie que hablara en su nombre.
Una advertencia que nos viene como anillo al dedo. Cuando empezaron a cargar contra los toros, no movimos un dedo, porque desde los zoos se decía que la comparación con un espectáculo tan sanguinario, donde se mata animales mientras en los zoos se los cuida, era hasta ofensiva. Cuando cargaron contra los circos tradicionales, dijimos que esos de la carpa itinerante maltrataban a los animales mientras que nosotros, de ninguna manera. Cuando cargaron contra la pesca y los cazadores, tres cuartos de lo mismo: ellos eran unos matarifes escopeteros y nosotros unas hermanitas de la caridad.
Y así fueron sucediéndose los ataques contra pastores, ganaderos, museos de historia natural, laboratorios de experimentación animal, industria alimentaria, etcétera, etcétera… hasta llegar a nosotros. ¿Y qué pasa ahora? Pues que no queda nadie ya que venga en nuestra ayuda.
No somos intocables
Hemos pensado siempre que esta guerra no iba con nosotros porque zoos y criadores estábamos por encima del bien y del mal. Y es mentira. Vienen también a por nosotros y quieren cortarnos la cabeza.
El enemigo lo es de todos los sectores por igual, y la única manera de vencerle es todos unidos como un solo ejército. No hay otra. Y es un enemigo común a todos nosotros, muy bien armado, preparado y subvencionado durante décadas —todas esas en las que no hicimos nada por defendernos—, que ha infectado con su adoctrinamiento a gran parte de la sociedad que vota cada cuatro años. Con el agravante, además, de que su bolsa electoral está en las grandes ciudades, donde es mucho más fácil adoctrinar. El campo está cada vez más vacío, y son los ciudadanos ignorantes del asfalto la presa más fácil.
¿Sabían ustedes que en el primer borrador de la vigente Ley de Protección de los Derechos de los Animales del actual Gobierno de España —ley que figuraba en el programa electoral de su socio de Gobierno— se pedía expresamente la clausura de todos los zoos y su conversión en refugios para la rehabilitación de fauna autóctona? Pues sí, así tal cual venía en el articulado, y tuvimos que dejarnos la piel hasta conseguir finalmente dejar a zoos y acuarios fuera del ámbito de aplicación de la citada ley.
No somos intocables, no: ni grandes parques ni pequeños criadores. Mañana gana las elecciones en España otro Gobierno E.V.A. como este, y retuercen una vuelta de tuerca más esta ley, prohibiéndonos hasta el respirar. Y una vez una ley está aprobada, es muy difícil luego revocarla.
¿Qué hacer entonces?
¿Qué hacer entonces para evitar nuestra extinción? Pues unirnos todos los sectores afectados contra ese enemigo que es común a todos, y empezar a aflojar la pasta.
Sí, señores: si queremos sobrevivir y ganar esta guerra, hay que conseguir estar en los medios de comunicación día y noche, hasta que la ciudadanía se informe de una verdad completa y no sesgada como hasta ahora, y logre abrir los ojos. Hay que revertir el «wokismo» de las tendencias sociales. Y que esa ciudadanía quiera votar después a quien lleve la defensa de nuestra historia, cultura, tradiciones y mundo rural en su programa electoral.
Viene Overton en su ayuda y años de propaganda con todos los medios comprados y de su parte. Y la única forma de vencer en esta guerra, en la que tantas batallas hemos perdido ya, es con sus mismas armas: los medios de comunicación. Ciertamente se consiguen cosas a veces manifestándose en las calles, e incluso en los Parlamentos o Tribunales de Justicia, no lo dudo. Pero donde de verdad está el campo de batalla de esta guerra ideológica es en los medios de comunicación.
Las democracias funcionan así. Los ciudadanos votan libremente cada equis años a quien ellos creen que lleva un mejor programa electoral. Y alguien tiene que comunicar a esos ciudadanos las bondades de dichos programas. Nuestro enemigo, el Eco Vegano Animalismo, lleva haciéndolo desde siempre. Nosotros, no. Es más: ellos son profesionales que viven de su cruzada. Nosotros, no. Nosotros tenemos que trabajar en cuidar de nuestros animales las 24 horas del día, y no nos queda tiempo ni medios para nada más. Es una guerra desigual en la que zoos, acuarios y criadores pelean con un brazo atado a la espalda.
Y eso, señores, cuesta dinero. Los medios de comunicación no son gratis. Estar en los estudios de radio y platós de televisión se paga, y bien caro además. Y ese dinero tiene que salir de nuestros bolsillos, no queda otra. Hay que invertir no solo en presencia en medios, sino además en figuras relevantes y buenos comunicadores que nos representen frente a cámaras y micrófonos.
Porque solo así, en igualdad de condiciones, ganaremos la guerra y sobreviviremos. De lo contrario, ya les digo yo desde aquí que nuestros hijos y nietos no conocerán nunca lo que es convivir con un loro, una cacatúa o un guacamayo, porque la avicultura —junto a los zoos, safaris y acuarios— habrá pasado ya a formar parte no ya de la historia… sino de la mitología y las leyendas.
La ponencia completa. Álex N. Lachhein pronunció esta ponencia el 16 de septiembre de 2026 en Loro Parque. Las 57 diapositivas y la transcripción íntegra pueden consultarse en su página: La dictadura de las minorías.
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Álex Lachhein
Naturalista de campo, escritor y divulgador. Lleva cuatro décadas trabajando con animales: en la Reserva El Rincón (hoy Safari Madrid), en parques zoológicos y como adiestrador en rodajes de cine y televisión. Es cetrero y colabora habitualmente en Cuarto Milenio y Horizonte.
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