Ponencia presentada en el XI Congreso Internacional sobre Papagayos de Loro Parque (Tenerife). Mundo Faunista la publica por entregas debido a su extensión. Esta es la quinta.
La Declaración de Cambridge
El tercer evangelio verde —posición de la A.D.A. el primero, supuesta declaración de la UNESCO el segundo— en el que se basa la nueva religión eco-vegano-animalista, E.V.A. recuerdo que es su acrónimo simple, es el de otra recurrida declaración, esta vez real, pero absolutamente manipulada: la conocida como Declaración de Cambridge, nombre este que siempre suele revolotear en las arengas públicas de la nueva religión.
Pero ¿qué es ese documento, en boca siempre de todos los veggie-animalistas como una verdad revelada? Pues, a mi juicio, un documento de alcance muy inferior al que se le atribuye, sostenido sobre esa deformación llamada antropomorfización de los animales.
Trece firmas contra la neurociencia
El 7 de julio de 2012, una docena de científicos firman al final de la Francis Crick Memorial Conference en Cambridge (Reino Unido) un manifiesto en el que, contra toda la evidencia neurocientífica internacional, se afirma que los «animales no humanos», pese a carecer de neocórtex —zona cerebral responsable de la consciencia—, sí tienen plena conciencia de sí mismos.
Lo hacen en presencia del astrofísico Stephen Hawking, cuya asistencia al acto sirvió después para dar a entender que figuraba entre los firmantes, cosa que nunca fue cierta. Una docena de científicos —en realidad trece— que después matizaron y discreparon entre sí sobre el alcance de lo que habían suscrito.
Buena parte de los signatarios mantienen posiciones públicas próximas al veganismo o al movimiento animalista, empezando por el redactor principal del texto, el Dr. Phillip Low.
Trece hombres y mujeres que, pese a saber que a día de hoy no existe una sola evidencia científica que corrobore que ningún animal haya superado una prueba mínima de autoconsciencia —algo que cualquier niño pequeño es capaz de hacer—, certificaron negro sobre blanco que incluso criaturas tan evolutivamente alejadas del Homo sapiens como los pulpos tenían esa capacidad de consciencia.
Trece hombres y mujeres enfrentados a la opinión de los más de 75.000 neurólogos de la Organización Internacional del Cerebro y a los más de 40.000 miembros de la Society for Neuroscience. Trece. Solo trece, mal avenidos, y con la sombra de la parcialidad y el sempiterno conflicto de intereses planeando como siempre por encima de sus cabezas.
Pues bien: a pesar de tratarse de solo un manifiesto no avalado por ninguna universidad —aunque algunos de los firmantes sí pertenecieran a instituciones serias— y de no coincidir su redactado con la literatura científica disponible a día de hoy, dicho documento suele ser usado actualmente por los vegano-animalistas como muestra del «consenso científico» en materia de consciencia animal. Y el ciudadano de a pie, ignorante de estas cuestiones, va… y se lo cree.
Enarbolando ese documento, por ejemplo, los veggie-animalistas intentan desde hace meses bloquear la inauguración de la primera granja de pulpos del mundo, aquí, en España, bajo el pretexto de que son animales autoconscientes.
Cuando la ideología llega a los tribunales
Entre el grupo de crédulos de los tres evangelios verdes y de la supuesta mayoría social de los evangelistas —recuerden, amigos oyentes: los vegano-animaleros son a día de hoy menos del 1 % de la población mundial— se encuentran últimamente no solo políticos, sino también jueces; permeables, algunos de ellos, a los demagógicos y sensibleros argumentos de los tres evangelios E.V.A.
Buen ejemplo de lo que digo son los casos de Sandra y Cecilia, orangután y chimpancé respectivamente, pertenecientes a dos zoológicos argentinos, y que los activistas pro derechos del animal, y en especial de los simios, tras años de presiones de todo tipo, consiguieron arrebatar a los parques antes mencionados.
Y lograron también que una juez de Buenos Aires, ¡increíblemente!, les concediera el reconocimiento de seres sintientes como «personas no humanas» y sujetos de pleno derecho mediante recurso de habeas corpus —detención ilegal—, enviándolos a continuación a dos «santuarios» de São Paulo (Brasil) y Florida (EE. UU.).
Un gravísimo asunto que supone no solo jurisprudencia sobre estos asuntos a nivel internacional, sino, además, la pica en Flandes del reconocimiento de los imposibles derechos del animal y el inicio del fin de nuestra civilización.
Dos zoos públicos, dos cierres
La orangután Sandra fue expropiada al Zoo de Buenos Aires en 2014, y desde entonces el recinto zoológico bonaerense se clausuró por imposición prohibicionista. Hoy, en su lugar hay un ecoparque.
La chimpancé Cecilia, del Zoo de Mendoza, siguió los pasos a Sandra dos años después, y desde entonces el parque sobrevive a duras penas a las campañas públicas de calumnia y desprestigio por parte de los fanáticos seguidores de la secta eco-veggie-animalista. Hoy se encuentra cerrado al público y también en plena transición hacia esa otra cosa a la que eufemísticamente llaman ecoparque.
Ambos zoos, Mendoza y Buenos Aires, eran de titularidad pública, claro. Los E.V.A. no son tontos, y saben dónde hacer más daño.
Proyecto Gran Simio
Y no piensen ustedes que esto que les cuento es cosa del pasado, ni mucho menos. Los intolerantes son inasequibles al desaliento. Su deseo de acabar con los zoos, circos, acuarios, o la tenencia o cría de exóticos o mascotas en general, es incombustible. Quieren acabar con todo y con todos, por eso desde hace años la campaña de descrédito hacia zoos, propietarios y criadores no para. Se les acusa desde el «wokismo» ideológico de ser cárceles de animales, y están siempre adoctrinando los E.V.A. en pro de su extinción.
En eso anda la progre Asociación Proyecto Gran Simio (PGS), cuya rama española —dirigida por el ex guardia civil Pedro Pozas— contó en su lanzamiento con el respaldo del entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero y con el aval intelectual de Peter Singer, perejil de todas las salsas. Bajo la bandera de otorgar a los grandes simios derechos humanos básicos, lo que persiguen en la práctica, a mi juicio, es que los parques dejen de poder tener estos animales y que estos terminen en los recintos que ellos mismos gestionan y que llaman «santuarios».
Y toda esta panda logró incluir a última hora y por la puerta de atrás, en la Ley de Protección de los Derechos Animales española antes citada, la Disposición Adicional Cuarta, que obligaba al Gobierno a elaborar en el plazo máximo de tres meses una Ley Nacional de Derechos de los Grandes Simios.
La ley que viene
Toda vez que ya han pasado dos años de la entrada en vigor de la citada ley, el ministro de Derechos Sociales español pensó que ya había transcurrido demasiado tiempo sin hacer cumplir la mencionada disposición, y hace unos meses reunió en el Ministerio a toda la parroquia de fanáticos E.V.A. junto a los representantes españoles de los zoos, para echar a andar la futura ley.
De aprobarse esta salvajada, España se convertiría en el primer país del mundo en contar con una norma de esta naturaleza. Quieren declarar a los simios «personas no humanas», prohibir a los zoos que críen con ellos —recuerdo aquí que son especies en peligro de extinción—, que incluso los tengan en propiedad… y que finalmente se les incauten y se los den a ellos para facturarlos a cualquier «santuario» de su propiedad, como a Sandra y Cecilia.
No son listos «ni ná». Así estamos.
Última entrega: zoos, acuarios y criadores en la picota. El mantra del maltrato, los oceanarios contra el paredón, bienestar o libertad, y qué podemos hacer para evitar nuestra extinción.
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Álex Lachhein
Naturalista de campo, escritor y divulgador. Lleva cuatro décadas trabajando con animales: en la Reserva El Rincón (hoy Safari Madrid), en parques zoológicos y como adiestrador en rodajes de cine y televisión. Es cetrero y colabora habitualmente en Cuarto Milenio y Horizonte.
alexlachhein.com
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