Quien entra en la iglesia del Real Colegio Seminario del Corpus Christi de Valencia, el popular Patriarca, se lleva una sorpresa. En la pared del zaguán cuelga un cocodrilo disecado, con la boca abierta y el cuerpo arqueado. Lleva allí más de cuatro siglos.
Los valencianos lo conocen como el drac del Patriarca, el dragón del Patriarca. Generaciones de niños crecieron oyendo que era un monstruo que aterrorizó la ciudad. La realidad es menos fantástica, pero igual de interesante. Fue un animal exótico de carne y hueso, con nombre propio. Y perteneció a uno de los hombres más poderosos de la España de su tiempo.
El arzobispo que coleccionaba fieras
Juan de Ribera nació en Sevilla en 1532. Era hijo de Pedro Afán de Ribera, duque de Alcalá y virrey de Nápoles. Fue obispo de Badajoz y, desde 1568 hasta su muerte en 1611, arzobispo de Valencia. Acumuló además el título de patriarca latino de Antioquía y, desde 1602, el cargo de virrey del reino de Valencia.
Su figura tiene luces y sombras. Fue uno de los grandes impulsores de la reforma católica en Valencia. También fue uno de los defensores de la expulsión de los moriscos de 1609. La Iglesia lo canonizó en 1960. Su obra más personal es el Colegio del Corpus Christi, el seminario cuya iglesia fundó en 1586 en el centro de la ciudad.
Menos conocida es su faceta de coleccionista de animales. Después de 1571, Ribera levantó en la calle Alboraya de Valencia una finca de recreo conocida como la Casa del Huerto. Allí reunía esculturas, tapices, relojes, pinturas y parte de su biblioteca. Y también animales.
Una casa de fieras del siglo XVI
El investigador Àngel Campos-Perales, de la Universitat de València, recoge la lista de animales de la Casa del Huerto. Es una auténtica casa de fieras para su época.
Reptiles: caimanes, como los llaman las fuentes
Aves: un guacamayo, dos avestruces, dos cisnes, veinticinco pavos reales, dos pares de tórtolas y cuarenta y cinco pájaros diferentes en once jaulas de junco y hierro
Otros: un puercoespín y un perro inglés, además de caballos y mulas
Conviene leer la lista con ojos del siglo XVI. Entonces, la palabra «tigre» podía designar a varios felinos con manchas, y en América se usaba para el jaguar. Sin una descripción más detallada, no sabemos qué animal era exactamente.
El inventario de sus bienes, redactado a su muerte en 1611, completa el retrato. Incluía huevos de avestruz y cuatro cabezas de ciervo disecadas. También dos pinturas de tamaño natural de un elefante y un rinoceronte que habían sido de Felipe II. En su biblioteca, de unos 2.000 volúmenes, tenía la Historia natural y moral de las Indias del jesuita José de Acosta. Ribera sabía de caimanes por los libros.
Lepanto: un cocodrilo con nombre propio
La pieza clave de esta historia es una anotación de 1606. El valenciano Pere Joan Porcar llevó un dietario de la vida de la ciudad entre 1589 y 1628. El miércoles 7 de junio de 1606 anotó la colocación en el Colegio de un animal muy especial.
Lo describe, en valenciano, como «un cocodril·lo que un criat de sa excel·lència havia enviat, que·s deya Lepanto». Es decir: un cocodrilo que un criado de su excelencia había enviado, y que se llamaba Lepanto.
El nombre es revelador. Lepanto evoca la gran batalla naval de 1571 contra la flota otomana, celebrada en toda la cristiandad como una victoria providencial. Josep Francesc Bisbal-Chinesta, paleoherpetólogo, cree que Ribera lo bautizó así para conmemorarla. Campos-Perales prefiere dejar la cuestión abierta. Lo seguro es que el animal recibió su nombre después de octubre de 1571.
¿Quién lo envió?
La tradición dice que fue un regalo del marqués de Monterrey, Gaspar de Zúñiga y Acevedo, virrey del Perú. Pero esa versión no aparece en ningún documento de la época. Los primeros en recogerla fueron el marqués de Cruïlles, en 1876, y Teodoro Llorente, en 1887.
Bisbal-Chinesta y el paleontólogo Jordi Alexis Garcia Marsà señalaron el problema en 2015. Monterrey fue nombrado virrey del Perú en 1603, llegó a Lima a finales de 1604 y murió allí en febrero de 1606. Un regalo suyo es posible, pero el dato no está demostrado.
Campos-Perales propone otro candidato: Martín Enríquez de Almansa, virrey de Nueva España y después del Perú. Estaba emparentado con Ribera a través del linaje de los Enríquez. Murió en 1583. Si la hipótesis es correcta, Lepanto habría vivido en la Casa del Huerto durante muchos años. Campos-Perales sostiene, de hecho, que el animal se crio y alimentó en cautividad en la finca.
Bisbal-Chinesta y Garcia Marsà son más prudentes: no se puede establecer si el cocodrilo llegó vivo o ya disecado. Bisbal-Chinesta sitúa su muerte a finales de la primavera de 1606, poco antes de que fuera colgado en el templo.
Longitud: unos 2,8 metros
Primera mención: dietario de Pere Joan Porcar, 7 de junio de 1606
Procedencia: América, probablemente regalo de un virrey; el remitente exacto se discute
Preparación: relleno de paja y armazón de alambre
Ubicación: zaguán de la iglesia del Colegio del Corpus Christi, Valencia
¿Caimán o cocodrilo?
Durante siglos se le llamó caimán, y así lo siguen denominando muchas fuentes. Pero en el siglo XVI la palabra «caimán» se aplicaba a cualquier crocodiliano americano. Hacía falta un herpetólogo para saber qué animal era realmente.
En 2015, Bisbal-Chinesta y Garcia Marsà publicaron en la revista Clapir el primer estudio monográfico del ejemplar, con un diagnóstico taxonómico. Lo compararon con las especies de cocodrilo americanas siguiendo las guías de identificación de CITES.
Descartaron el cocodrilo de Morelet y el cubano por la ausencia de crestas en el hocico y de protuberancias junto a los ojos. Entre las dos especies restantes, varios rasgos apuntaban al cocodrilo americano. Destacan el hocico robusto, una ligera elevación delante de los ojos y las escamas regulares de los flancos. El cocodrilo del Orinoco, de hocico más fino, quedó descartado.
El veredicto: Lepanto es un cocodrilo americano (Crocodylus acutus). La especie vive desde el sur de Florida y México hasta el norte de Sudamérica. No es, por tanto, un caimán en sentido estricto. Mide unos 2,8 metros, aunque Cruïlles le atribuyó en el siglo XIX una longitud de quince palmos.
Cuatro siglos colgado
El paso del tiempo se nota. El ejemplar está relleno de paja y sostenido con alambres, que se ven a través de la boca abierta. El cuerpo se inclina hacia la izquierda, las patas izquierdas han perdido todos los dedos y la punta de la cola está dañada. Apenas conserva ocho dientes, y presenta reparaciones de cuero y resina en las patas y el lomo.
La postura no es casual. Campos-Perales cree que la boca abierta y el cuerpo curvado se buscaron a propósito, quizá bajo la supervisión del propio Ribera.
El hermano perdido de El Puig
Lepanto no fue el único. Según la tradición, el Monasterio de Santa María de El Puig, cerca de Valencia, recibió un segundo ejemplar más pequeño, también donado por Ribera. Colgaba junto a la entrada de la iglesia y se perdió en 1936, durante la Guerra Civil.
Llorente recogió la inscripción que lo acompañaba: «Si en silenci dins no esteu, a mon ventre parareu». Si dentro no guardáis silencio, acabaréis en mi vientre. En el Patriarca circuló un dicho parecido, con el que las madres valencianas mandaban callar a los niños durante los oficios.
Del regalo al dragón
¿Por qué colgar un cocodrilo en una iglesia? La costumbre no era exclusiva de Valencia. Bisbal-Chinesta y Garcia Marsà recuerdan que hubo cocodrilos así en templos de toda la península y de Italia. Un libro de emblemas publicado en Bolonia en 1628 llega a representar un cocodrilo colgado en un templo.
La interpretación más extendida lo convertía en un símbolo del silencio. Campos-Perales propone otra: el cocodrilo sería un exvoto, una ofrenda a Dios que representaba el triunfo del bien sobre el mal. Un monstruo vencido colgado a la entrada del templo. En mi opinión, simplemente quería seguir teniendo cerca a su cocodrilo.
Nace la leyenda
Esa lectura conecta con lo que vino después. En el siglo XVIII, el animal ya se conocía como el Dragó del Col·legi y aparecía en los coloquios populares. Y en 1896, Vicente Blasco Ibáñez fijó la leyenda en sus Cuentos valencianos.
En su relato, el cocodrilo es el cadáver de un dragón medieval que vivía en el cauce del Turia y devoraba a quien se acercaba. Nadie podía con él, hasta que un condenado judío se ofreció a matarlo a cambio de su libertad. Lo logró protegido con una armadura cubierta de espejos, que deslumbraron a la bestia. La leyenda se completó después con una obra de teatro de Maximilià Thous, en 1931. Más tarde surgieron versiones que la relacionaban con la riada de 1957.
Regalos de lujo entre las élites del imperio
Para Bisbal-Chinesta, los cocodrilos de las iglesias hispánicas tienen también una lectura biológica. Son uno de los primeros casos de animales americanos llevados a Europa por el ser humano. Llegaron como regalos suntuosos entre las élites de la monarquía y sus virreyes.
Bisbal-Chinesta y Garcia Marsà señalan además un dato curioso. Estos cocodrilos son más raros en los territorios de la Corona de Aragón. Lo relacionan con el monopolio castellano del comercio directo con las Indias.
Visto con ojos de hoy, San Juan de Ribera fue también un precursor. Mantuvo en su finca valenciana felinos, avestruces, aves tropicales y, quizá, uno de los primeros crocodilianos vivos de Europa. Mucho antes de los zoológicos modernos, la curiosidad por los animales exóticos ya tenía en Valencia uno de sus grandes protagonistas.
Cuatro siglos después, Lepanto sigue en su sitio, con la boca abierta, vigilando a quienes entran en el Patriarca. Ya no hace falta inventarse un dragón para que impresione.
Fuentes:
Campos-Perales, À. (2019). Lepanto, el caimán del Patriarca Juan de Ribera. Aproximación a su significado. Chronica Nova 45: 195–221 ·
Bisbal-Chinesta, J.F. y Garcia Marsà, J.A. (2015). De regal arquebisbal a dragó de llegenda: el Cocodril del Patriarca. Clapir ·
(Paleo-)Herpetología: El Dragón del Patriarca ·
Aragosaurus: XIV Congreso Luso-Español de Herpetología ·
Juan de Ribera (Wikipedia) ·
Valencia Bonita: el dragón del Patriarca ·
Universidad Pablo de Olavide: el cocodrilo de la catedral de Sevilla
