Ponencia presentada en el XI Congreso Internacional sobre Papagayos de Loro Parque (Tenerife). Mundo Faunista la publica por entregas debido a su extensión. Esta es la cuarta.
Humanizar al animal, animalizar al hombre
Con tamaño caldo de cultivo no tardaron en aparecer los verdaderos gurús del vegano animalismo, cuyo objetivo, a diferencia de los voceros del ecologismo como el citado Kaarlo Pentti Linkola, nunca fue la imposición por la fuerza de sus postulados, sino el adoctrinamiento progresivo de la sociedad enarbolando la bandera del «es por tu bien, el del planeta y el bienestar de los animales».
Rompió la veda en el año 1975 el profesor de ética y filósofo australiano Peter Singer —cuyas tesis sobre el valor de determinadas vidas humanas han sido ampliamente contestadas— con su libro Liberación animal, donde establece el futuro concepto del especismo, del animal no humano, de los supuestos derechos de los animales, y que a día de hoy es la biblia del vegano animalismo.
Le siguieron Tom Regan, Gary L. Francione, David Pearce y Gary Yourofsky. Curiosamente, todos filósofos, ninguno científico; bueno, este último ni siquiera eso, porque es periodista.
Cuatro nombres que conviene conocer
Regan proclama que los animales no humanos son lo que él llama «sujetos-de-una-vida», al igual que los seres humanos, y que si queremos atribuir valor a todos los seres humanos, independientemente de su capacidad de ser seres racionales, a continuación, con el fin de ser coherentes, hay que atribuírselo igualmente a los no humanos.
Francione, por su parte, considera que el movimiento reformista por el bienestar de los animales no humanos es erróneo en la teoría y la práctica, pues los animales son en la actualidad considerados como una propiedad más. Francione considera que el movimiento abolicionista debe tener una línea de demarcación moral en el veganismo, rechazando el consumo de cualquier producto de origen animal. Aboga este señor por la abolición de las razas y la prohibición de la ganadería y tenencia de mascotas, por considerarlo especismo y maltrato.
Más reciente en el tiempo, David Pearce, filósofo transhumanista, habla directamente de abolir la cadena trófica natural por la cual la energía fluye y se transforma en nuestro planeta. Es decir, la depredación natural. Su tabú es el sufrimiento de lo que él llama seres sintientes. Según Pearce, en el futuro habrá que «herborizar a los depredadores» mediante ingeniería genética y nanotecnología, que eliminarán con el tiempo toda forma de experiencia desagradable.
En esta misma línea, la portuguesa Catia Faria habla en su tesis doctoral de que habrá que volver vegetarianos a los tigres y leones, alimentándolos artificialmente con piensos veganos. Que los humanos ya intervenimos en el medio apagando fuegos forestales, por ejemplo, y que es nuestra obligación seguir interviniendo en la Naturaleza para acabar con el dolor y el sufrimiento.
El ejemplo de Madrid
Ejemplo de la efectividad evangelizadora de toda esta neorreligión vegano-animalista lo tuvimos en la misma capital de España. Ya en los estertores del mandato de la anterior regidora municipal, el ayuntamiento amenazó con prohibir la instalación de circos «con animales» —el circo tradicional de toda la vida, vamos— en la ciudad de Madrid. Argumentó para ello una mayoritaria demanda social en este sentido. Una demanda que, como vamos a ver, los números no respaldaban en absoluto.
En primer lugar, dicha tendencia de la sociedad era inexistente y demostrable con números: el partido animalista, que era quien de siempre había exigido dicha prohibición en solitario, no contaba con representación parlamentaria nacional, comunitaria o municipal, habiendo conseguido en toda España menos de 300.000 votos. Solo Madrid tiene ya más de cuatro millones de habitantes.
Y en segundo lugar, porque en el momento de lanzarse la amenaza prohibicionista, los circos instalados esas navidades en la capital del país abarrotaban sus aforos y se verían obligados a prorrogar plaza un mes más. Blanco y en botella… es leche y solo leche.
Una declaración que no existe
Ante la evidencia del minoritario apoyo social a la prohibición, la alcaldesa echó mano de Goebbels y Overton, señalando una ley en trámite sobre bienestar animal de la Comunidad de Madrid —aún sin implementar ni articulado alguno en ese momento—, así como también enarbolando el equivalente animalista a la ya mencionada declaración de la A.D.A. en favor del veganismo; esto es, la conocida como «Declaración Universal de los Derechos del Animal» de la UNESCO del año 1978.
¿Cuál era el problema de esta escapada hacia adelante, se preguntarán a buen seguro mis queridos oyentes? Fácil: esta es una declaración fantasma. No existe. Sin embargo, en todos los medios se menciona siempre como auténtica y se da por documento real de la UNESCO, que jamás ha firmado tal documento.
Texto que se ha acabado convirtiendo en uno de los tres principales evangelios verdes, y que siempre que pueden los E.V.A. anteponen como llave legal para cualquier puerta. Y así lo venden los vegano-animalistas siempre que pueden, aprovechándose de la credulidad e ignorancia de la ciudadanía, y también de la de los periodistas.
Sin embargo, excusándose en tal declaración a pesar de su falsedad, la alcaldesa y su Gobierno acabaron redactando una ordenanza municipal —redactada, a mi entender, al dictado del lobby vegano-animalista— a espaldas del sector afectado, el circense, y firmada por la progresía gobernante en ese momento en la Villa y Corte de Madrid. La regidora tenía prisa por dejar despachada la prohibición, antes de que los electores la despacharan a ella del consistorio.
Y su ordenanza, negando arte y cultura a los madrileños y derecho constitucional al trabajo a todo un sector, finalmente se firmó, para mayor vergüenza de los políticos que la aprobaron.
El cajón de sastre de la palabra «maltrato»
Como digo, el principal argumento utilizado como excusa para tal ordenanza estalinista fue, asombrosamente, el supuesto maltrato de animales salvajes en los circos —¡ay!, qué cajón de sastre el de la palabra «maltrato»—, para lo cual la alcaldesa se apoyó en la supuesta «Declaración Universal de los Derechos del Animal» de la UNESCO y en la mencionada Ley 4/2016, de 22 de julio, de Protección de Animales de Compañía de la Comunidad de Madrid.
Esta última, en su artículo 7, de «prohibiciones», disponía que cualquier tipo de exhibición de animales salvajes debería contar con la preceptiva autorización del ayuntamiento… pero en ningún momento prohibía los circos tradicionales.
Y no conviene perder de vista el negocio que, en mi opinión, se mueve alrededor del minoritario, pero ruidoso, repito, entramado eco-vegano-animalista nacional: el destino de animales retirados a sus dueños y realojados en «santuarios», las subvenciones públicas a protectoras sin apenas control, o los casos de tráfico y robo de mascotas que periódicamente denuncian los propios afectados.
Nueva religión compuesta de pura ideología fanática, prohibicionista, intolerante y clientelar que, de manera autocrática, anhela destruir nuestra sociedad desde sus cimientos llenándose bien los bolsillos, empezando por los toros, la caza, los zoos y ahora también… los circos, que en ese momento eran uno de los eslabones más débiles del sector debido al reducido número de efectivos, que no de espectadores, como ya ha quedado apuntado más arriba.
En México lo consiguieron
En México lo consiguieron. Lograron sacar adelante una ley que prohibía a los circos trabajar bajo la carpa con sus animales. Los empresarios tuvieron que cerrar sus negocios. Circos enormes, inmensos, con historias centenarias a veces a sus espaldas, como el Gran Circo Atayde Hermanos, por ejemplo, el más grande de Hispanoamérica. Miles de artistas se quedaron en la calle.
Y casi dos mil animales acabaron huérfanos de sus únicas familias. Criaturas todas ellas nacidas de manera doméstica y criadas en el seno del circo desde generaciones —hace décadas que no se capturan animales en el medio natural para zoos o circos—, y que por ley fueron arrancadas de sus respectivos hogares fruto del fanatismo y la intransigencia de una minoría dictatorial.
Algunos de esos animales lograron ser vendidos o subastados a coleccionistas particulares, los menos, acabando en jardines y mansiones de ricos; y los demás, cedidos a zoos que ni siquiera tenían capacidad ni medios para acogerlos.
Ningún político ecologista, ningún «llorabambis», ningún «comelechugas», nadie, absolutamente nadie, pensó en el futuro destino y bienestar de todos esos animales. Lo único que les importaba era prohibir, prohibir y prohibir, dinamitando un sector empresarial gigantesco. La inmensa mayoría de los animales de esos circos murieron de soledad, de pena, de enfermedad, y acabaron muchos incluso… convertidos en alfombras. Los vegano-animalistas responsables del despropósito, ante la tragedia, se pusieron de perfil diciendo que mejor muertos que en manos de sus dueños.
El maltrato que no existe
No existe el supuesto maltrato animal en los circos de Occidente. Dichos animales nacen al lado del hombre desde hace décadas, y si bien en su día tuvieron un origen silvestre, desde luego hoy puede decirse bien alto que son especies domésticas, queridas por sus propietarios y vigiladas en todo momento por numerosos biólogos, veterinarios, Seprona y hasta el propio cuerpo de vigilancia del CITES. Ni siquiera los zoos pasan tantos y rigurosos controles de bienestar animal como pasan los circos occidentales del llamado primer mundo.
Así pues, solo cabe una posibilidad de motivación al implacable acoso de la neorreligión vegano-animalista ante la ganadería, la caza, la pesca, los toros, los zoos, los acuarios o ahora también los circos: el odio y la inquina al que piensa diferente. Algo muy propio y común de las religiones más intolerantes.
Próxima entrega: la Declaración de Cambridge, los casos de Sandra y Cecilia, y el Proyecto Gran Simio. Cuando la ideología llega a los tribunales.
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Álex Lachhein
Naturalista de campo, escritor y divulgador. Lleva cuatro décadas trabajando con animales: en la Reserva El Rincón (hoy Safari Madrid), en parques zoológicos y como adiestrador en rodajes de cine y televisión. Es cetrero y colabora habitualmente en Cuarto Milenio y Horizonte.
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