Ponencia presentada en el XI Congreso Internacional sobre Papagayos de Loro Parque (Tenerife). Mundo Faunista la publica por entregas debido a su extensión. Esta es la tercera.
Veganismo contra omnivorismo
La historia es increíble y rocambolesca. Por un lado, el sobrino inglés de un granjero de Yorkshire, que no soportaba la visión de la matanza de los cochinos de su tío. Por el otro, una secta religiosa estadounidense de raíz cristiana y protestante, con más de veinte millones de adeptos y misiones por todo el mundo a día de hoy: la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Dicha autoproclamada religión creía —y cree— a pies juntillas en la nueva llegada del Mesías y en el vegetarianismo estricto. Su profeta y fundadora, Ellen G. White, señora de frágil salud y escasa formación académica, que de niña recibió una pedrada —literal— de cuyas secuelas nunca se recuperó, dejó para la posteridad varias obras literarias en las que manifestaba que Dios, a través de unas visiones —la señora entraba en trance como Santa Teresa—, le señalaba que solo una dieta sin alcohol ni tabaco y a base de vegetales purificaba el cuerpo y el alma; condición sine qua non para presentarse ante la figura de Jesucristo. Como lo oyen. Y de aquellos barros, pues estos lodos.
A.D.A.: nace el monstruo
Esta señora logró, increíblemente, en una época en la que no existían los dietistas, fundar un sanatorio a imagen y semejanza del de John Harvey Kellogg, devenido luego en college universitario y que luego el Gobierno de los EE. UU. convirtió en universidad, la de Loma Linda, y de la cual salieron todos los médicos nutricionistas y misioneros de América.
Y no solo eso, sino que expandió sus tentáculos por todo el mundo, estableciendo cientos de hospitales, colegios y escuelas secundarias y decenas de miles de iglesias en todo el mundo, todas promoviendo una dieta vegetariana.
Por supuesto, los hospitales que impulsaban una agenda dietética necesitaban dietistas que les dijeran a los pacientes qué comer. La adventista Lenna Frances Cooper cumplió ese papel en 1917 al cofundar en Cleveland, junto a 57 miembros, la todopoderosa A.D.A. (American Dietetic Association). Entre ellos, muchos de los nutricionistas formados por el college de la adventista Ellen G. White.
Durante décadas, el College of Medical Evangelists se convierte en la principal cantera de dietistas y nutricionistas de América. En el año 1981, los religiosos y vegetarianos adventistas logran colocar a uno de los suyos nada menos que en la presidencia de la A.D.A.: la nutricionista Kathleen Zolber, profesora del college fundado por Ellen White, renombrado ya a estas alturas y desde 1961 como Universidad de Loma Linda. Ahí es nada.
El mayor lobby dietético del mundo
Hoy en día, la A.D.A. ha cambiado su nombre a Academia de Nutrición y Dietética (A.N.D.), y se describe a sí misma como «la organización más grande del mundo de profesionales de la alimentación y la nutrición», cuyos «miembros… desempeñan un papel clave en la configuración de las elecciones alimentarias del público». En otras palabras: es el grupo de presión dietético más grande del mundo, y hoy en día son extremadamente activos para influir en la política dietética gubernamental hacia una agenda sin carne.
Tras el paso por presidencia de la religiosa doctora Zolber, la A.D.A. lanza su segunda declaración de posiciones al respecto de la dieta vegetariana o directamente vegana —ya lo había hecho antes en 1980, no dejando muy bien parado al veganismo—. En esta ocasión y sucesivas (1988, 1997, 2003 y 2009), y cito literal, el documento dice:
«Es la posición de la Asociación Dietética Americana que las dietas vegetarianas planificadas adecuadamente, incluidas las dietas vegetarianas o veganas, son saludables, nutricionalmente adecuadas y pueden proporcionar beneficios para la salud en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas y veganas bien planificadas son adecuadas para las personas durante todas las etapas del ciclo de vida, incluidos el embarazo, la lactancia, la infancia, la adolescencia, y para los atletas».
Veinticinco de veintisiete
El documento, publicado en julio de 2009 en el Journal of the American Dietetic Association, está firmado por veintisiete autores y revisores de los cuales, agárrense los machos mis queridos oyentes… ¡veinticinco! Sí, sí, nada menos que veinticinco… ¡o son profesores de la Loma Linda University, o veganos declarados, o miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día! ¡O las tres cosas juntas! Como lo oyen.
Y este es el documento que se cita, se esgrime y se pone como bandera en cualquier foro científico, académico o universitario que tenga que ver con el veganismo. Y que incluso han aceptado y dado por válido muchas otras universidades de renombre y médicos serios. Un documento firmado, como digo, por nutricionistas veganos adventistas tan reconocidos como Winston Craig, Reed Mangels, Catherine Conway, Virginia Messina o Elizabeth Tilak, entre otros.
Y hago hincapié en esto porque muy a menudo se cita desde posiciones vegano-animalistas la postura oficial de la A.D.A. —hoy renombrada como A.N.D.— sobre la dieta vegana como prueba de que la ciencia oficial y las instituciones de salud internacionales apoyan este tipo de prácticas como sanas, saludables y no peligrosas para la salud.
Pero se les olvida mencionar que quienes firman estos documentos de posición son todos ellos nutricionistas, sí, titulados por Loma Linda o Andrews University, pero vinculados al mismo tiempo a una confesión religiosa que hace del vegetarianismo un artículo de fe. A mi juicio, eso configura un conflicto de intereses que debería haberse declarado y que resta valor al documento como prueba de neutralidad científica. Es decir: son todos de la cuerda.
Conclusión: el veganismo es propaganda religiosa. Y todo el mundo ha caído en la trampa. Los promotores y acólitos veganos no tienen en mente sus mejores intereses. No hay ninguna razón para ser vegano. No es mejor para el medio ambiente. No es mejor para su salud. Y no es mejor para los animales.
Donald Watson y la ventana de Overton
Lo descrito hasta ahora respondería paso a paso a los puntos uno y dos de la conocida como ventana de Overton, esa paciente técnica en varios tiempos —impensable, radical, aceptable, sensato y ley— para conseguir los objetivos sociales más descabellados sin que la sociedad se dé cuenta, y descrita como la carga nuclear perfecta para destruir sociedades humanas. Funciona siempre, condenando la intolerancia en aras del buenismo y la mediocridad.
Según Overton, al condenar la intolerancia resulta muy útil sacarse de la manga un eufemismo con el fin de dulcificar y disociar la esencia en cuestión de la denominación; esto es, separar la palabra de su significado.
Vegetariano no es un término que disfrute de gran aceptación social entre una abrumadora mayoría omnívora. Se necesita otra palabra, a ser posible de bonito acento extranjero, para referirse a la nueva dieta.
Noviembre de 1944
Y hete aquí que a estas alturas del asunto entra oportunamente en escena el hijo del granjero de Yorkshire. Sí, sí, aquel inglés que mencionaba unos cuantos párrafos atrás. Donald Watson se llamaba. Era vegetariano.
En noviembre de 1944 acuña la palabra vegan, tomando para ello la primera y última sílaba del término vegetarian. A continuación funda la primera sociedad vegana del mundo, la Vegan Society, con el objetivo inmediato de diferenciarse de los no muy bien vistos vegetarianos, que además son unos herejes según Watson, pues consumen lácteos y huevos.
Y a partir de ahí, pues intentar evangelizar al prójimo en la nueva dieta —empezando por los granjeros vecinos, claro está—, y amparado por cientos de nutricionistas adventistas que ya avalan las bondades del ultravegetarianismo con datos científicos. La bola de nieve de sonoro y exótico nombre, vegan, rueda por sí sola y agigantándose en cada vuelta.
Próxima entrega: humanizar al animal, animalizar al hombre. Los gurús del vegano animalismo, la declaración fantasma de la UNESCO, la Declaración de Cambridge y los casos de Sandra y Cecilia.
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Álex Lachhein
Naturalista de campo, escritor y divulgador. Lleva cuatro décadas trabajando con animales: en la Reserva El Rincón (hoy Safari Madrid), en parques zoológicos y como adiestrador en rodajes de cine y televisión. Es cetrero y colabora habitualmente en Cuarto Milenio y Horizonte.
alexlachhein.com
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