El desierto de Atacama, en el norte de Chile, es el lugar más seco del planeta. Por eso es también uno de los mejores conservadores naturales del mundo. En sus cementerios se han preservado huesos, piel, músculos y plumas durante siglos. Y, junto a las momias humanas, algo que nadie esperaría encontrar allí: guacamayos y loros de la Amazonía.
En 2021, un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) analizó estas aves con técnicas modernas. Sus conclusiones describen, con un detalle sorprendente, cómo se capturaban, transportaban, alimentaban y cuidaban loros hace más de 700 años. Es, en el fondo, un capítulo muy antiguo de la historia de la avicultura.
Veintisiete loros en cinco yacimientos
El trabajo lo dirigieron José M. Capriles, de la Universidad Estatal de Pensilvania, y Calogero Santoro, de la Universidad de Tarapacá, en Arica. Entre los autores figura la ornitóloga Eliana Flores Bedregal, de la Colección Boliviana de Fauna, fallecida en 2017, antes de la publicación.
Entre 2015 y 2017, el equipo recorrió museos y colecciones del norte de Chile y de Estados Unidos. Documentó 27 restos de psitácidas procedentes de cinco yacimientos arqueológicos del desierto. La mayoría proceden de Pica 8, un cementerio de media hectárea junto al oasis de Pica, donde se excavaron unas 269 tumbas entre 1963 y 1965.
Momias completas o casi completas: 14, dos de ellas sin cabeza.
Esqueletos casi completos: 2.
Cabezas momificadas: 6.
Picos sueltos: 5 (la parte superior del pico, o premaxilar).
Por géneros: 16 guacamayos del género Ara, 9 amazonas del género Amazona y 2 aratingas del género Psittacara.
Seis especies amazónicas
Los investigadores identificaron las aves por el tamaño de sus huesos y, sobre todo, por el plumaje conservado. La especie más abundante es el guacamayo macao. Es probable que buena parte de los picos sueltos, sin identificar, pertenezcan también a él.
Guacamayo macao (Ara macao): 9 ejemplares identificados.
Amazona frentiazul (Amazona aestiva): 4.
Amazona harinosa (Amazona farinosa): 2.
Aratinga mitrada (Psittacara mitratus): 2.
Guacamayo azul y amarillo (Ara ararauna): 1, un ejemplar joven.
Amazona real (Amazona ochrocephala): 1.
Dos amazonas más quedaron sin identificar. Una podría ser la amazona nuquiescamosa (Amazona mercenarius), lo que elevaría la lista a siete especies.
Ninguna de estas aves vive en Atacama. El guacamayo macao, el azul y amarillo, la amazona harinosa y la amazona real habitan las selvas y sabanas tropicales, a varios cientos de kilómetros al noreste. La aratinga mitrada y, en parte, la amazona frentiazul viven en los valles secos del este de los Andes, donde todavía hoy asaltan los maizales.
Cuándo llegaron
El equipo fechó los restos con 21 dataciones directas de radiocarbono. Las aves de Pica se depositaron sobre todo en dos fases: entre 1251 y 1376, y entre 1424 y 1484 de nuestra era. Un guacamayo macao de otro yacimiento, Camarones 8, se sitúa entre 1230 y 1296.
Los restos más antiguos son una aratinga mitrada de Pica, de entre 994 y 1151, y una pluma de guacamayo macao cosida a una túnica del yacimiento de Azapa 6, de entre 1156 y 1218.
Todo encaja en el llamado Periodo Intermedio Tardío, entre los años 1100 y 1450. Es la etapa que va desde la desintegración de Tiwanaku, el gran estado del altiplano, hasta la llegada de los incas. Fue una época de fragmentación política, de competencia entre comunidades y de intenso tráfico de caravanas de llamas.
Una tradición muy anterior. Las plumas tropicales no eran nuevas en Atacama. Las más antiguas aparecen en tocados de la cultura Chinchorro, hace unos 5.500 años. Según los autores, hay plumas de aves tropicales en casi 30 yacimientos del desierto.
Un viaje de meses a través de los Andes
La región más cercana donde conviven las seis especies son las estribaciones orientales de los Andes bolivianos, entre los departamentos de Beni, La Paz y Cochabamba. Desde Pica, eso supone más de 500 kilómetros en línea recta hacia el noreste. Para la amazona real, un modelo de rutas estima un trayecto de unos 900 kilómetros.
Las aves cruzaron el altiplano en caravanas de llamas. Una caravana puede recorrer hasta 25 kilómetros al día, pero los viajes largos exigen descansos. Los registros etnográficos indican que un trayecto de 400 kilómetros podía durar de dos a tres meses. Los autores señalan que la resistencia y la capacidad de adaptación de los loros debieron de ser claves para sobrevivir a esos viajes.
El ADN antiguo aporta otra pista. El equipo secuenció el genoma mitocondrial completo de cuatro guacamayos macao. Todos pertenecen a la subespecie sudamericana, Ara macao macao, pero cada uno tiene un linaje materno distinto. Eso sugiere que procedían de poblaciones diferentes, obtenidas por rutas y comerciantes distintos.
Según los autores, eso encaja con un sistema descentralizado: varias élites locales que competían por conseguir aves por su cuenta. Como veremos, en el otro extremo del continente las cosas funcionaban de otra manera.
La prueba de la cautividad: maíz y guano
¿Llegaban las aves para ser sacrificadas enseguida, o vivían en los oasis? La respuesta la dieron los isótopos estables de carbono y nitrógeno. Su proporción en plumas, huesos y tejidos refleja lo que el animal comió en vida. Los resultados separan las aves en tres grupos.
Grupo 1: dieta de semillas y frutos de la vegetación tropical. Son aves recién llegadas de su lugar de origen.
Grupo 2: dieta rica en maíz, con valores de nitrógeno normales. Incluye los dos ejemplares más antiguos.
Grupo 3: la mayoría de las muestras. Dieta de maíz con valores de nitrógeno altísimos, propios de un depredador marino.
Un loro no come pescado, así que los autores buscaron otra explicación. La encontraron en la agricultura de la zona. Los campesinos de Atacama abonaban sus cultivos con guano de aves marinas, un fertilizante riquísimo en nitrógeno. Esa señal pasaba al maíz, y del maíz al loro. Los estudios de restos humanos de Pica 8 muestran la misma firma.
La conclusión es clara. Estas aves vivieron en los oasis durante mucho tiempo, alimentadas por personas con los mismos productos que consumían ellas. Se criaban en cautividad.
Lo que cuentan los cuerpos: la vida en cautividad
Es quizá la parte más interesante para un criador. Los cuerpos conservan huellas de cómo se mantenía a estas aves. Algunas hablan de un trato duro, y otras de cuidados.
Huellas de un manejo duro:
Dos aves conservaban tiras de cuero atadas a las patas.
Tres tenían la punta del pico cortada.
Muchas tenían las alas cortadas o desplumadas en vida.
Casi todas las aves con tejidos conservados presentaban un exceso de cañones de plumón, síntoma de arrancado repetido de plumas.
Los rojos de algunos guacamayos macao aparecen desvaídos, probablemente por falta de betacaroteno en la dieta.
El arrancado de plumas tiene dos explicaciones posibles, según los autores. Las aves podían picarse a sí mismas, por estrés o enfermedad, algo que cualquier criador de loros conoce bien. O sus dueños les arrancaban las plumas con frecuencia para aprovecharlas. Lo más probable es que ocurrieran ambas cosas.
Algunas aves tenían el pico o las uñas demasiado crecidos, posiblemente por falta de desgaste y por carencias en la dieta. Es un problema típico de los loros mal alimentados en cautividad. Pero también hay señales de cuidado. Se recortaban los picos y las uñas crecidas. Y el esqueleto de un guacamayo macao muestra una fractura del radio y el cúbito, dos huesos del ala, que se había curado.
Los autores lo resumen así: mantener vivas a estas aves implicaba atarlas, desplumarlas e incluso, a veces, romperles las alas. Pero también cuidarlas. Es una muestra de lo complejas que eran ya entonces las prácticas avícolas.
Al otro lado del continente: los guacamayos de Paquimé
Atacama no es un caso aislado. Miles de kilómetros al norte, en el desierto de Chihuahua, en México, otra sociedad prehispánica llevó la avicultura todavía más lejos. Allí no solo se mantenían guacamayos: se criaban.
Paquimé, también llamada Casas Grandes, fue una gran ciudad de adobe con unas 2.000 habitaciones, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Alcanzó su apogeo entre los siglos XIV y XV, a más de 500 kilómetros al norte del hábitat natural de los guacamayos. Sus excavaciones depararon cifras asombrosas.
Guacamayos macao: 322 ejemplares.
Guacamayos de otras especies: 181 ejemplares.
Nidales: 56 jaulas de adobe, con puertas y tapones de piedra.
Época de esplendor: entre 1200 y 1450.
En 2010, Andrew Somerville, entonces en la Universidad de California en San Diego, analizó los isótopos de 30 de esos guacamayos macao. Como en Atacama, las aves habían comido sobre todo maíz. Pero había un dato más revelador. Los isótopos de oxígeno, que reflejan el agua bebida, mostraron que todas salvo una habían bebido agua local. Es decir, habían nacido y crecido allí.
Para Somerville, los habitantes de Paquimé desarrollaron una tecnología propia para criar guacamayos. No todos los arqueólogos están de acuerdo en la escala. Michael Whalen, de la Universidad de Tulsa, admitía que pudieron criarlos, pero dudaba de que lo hicieran a gran escala.
Una colonia de cría en el suroeste de Estados Unidos
La genética ha reforzado la idea de la cría en cautividad. En 2018, el equipo de Richard George, de la Universidad Estatal de Pensilvania, en el que también participaban Kennett y Kistler, secuenció el ADN de guacamayos macao prehispánicos del Cañón del Chaco y de la región Mimbres, en Nuevo México. Las aves con genoma mitocondrial completo o casi completo eran 14, todas fechadas entre los años 900 y 1200.
Su diversidad genética era mínima. Todas pertenecían al mismo linaje, y el 71 % compartía uno de solo cuatro haplotipos. Es muy improbable que 14 aves capturadas en la selva fueran tan parecidas. La explicación más probable es una colonia de cría con pocos fundadores y sin aportes de aves nuevas. Paquimé es posterior, así que esa colonia debió de estar en otro lugar, todavía sin descubrir.
El contraste con Atacama es evidente. Los guacamayos de Chaco procedían casi todos de un único criadero, probablemente bajo el control de una jerarquía religiosa. Los de Atacama, con linajes muy diversos, llegaban por rutas y comerciantes diferentes.
El guacamayo más antiguo del norte de México. En 2016 apareció en la cueva de Avendaños, en Chihuahua, la cabeza momificada de un guacamayo militar, con las plumas verdes y el pico intactos. Tiene unos 2.000 años, y es el ejemplar más antiguo conocido de la región. Estaba enterrado junto a los restos de un niño y de un hombre. Según el arqueólogo Emiliano Gallaga, del INAH, alguien tuvo que transportarlo al menos 400 kilómetros.
En conjunto, en el suroeste de Estados Unidos y el noroeste de México se han hallado unos 670 restos de guacamayos de hacia el año 1200. Allí, como en los Andes, las aves eran bienes de prestigio para élites, chamanes y comerciantes, y se consideraban intermediarias entre la tierra y lo divino.
Plumas: riqueza que se renueva
¿Por qué tanto esfuerzo? Por las plumas. En toda la América precolombina, las plumas de loros tropicales eran uno de los símbolos más claros de poder, prestigio y relación con lo sagrado. En Atacama aparecen en tocados, gorros, prendas, adornos y hasta en las flechas. Solo en Pica 8 se inventariaron al menos 35 objetos con plumas.
Un ave viva era una fuente renovable de ese material. Los autores la describen como «productora y reproductora» de prestigio social y religioso. Poseer un guacamayo era una forma inequívoca de mostrar riqueza en una época de competencia entre comunidades.
Momias con el pico abierto
Todas las aves de procedencia conocida aparecieron en contextos funerarios, casi siempre junto a enterramientos humanos. Muchas estaban evisceradas y sin cola: se les había retirado incluso el pigostilo, el hueso donde se insertan las plumas de la cola. Esas plumas, junto con muchas de las alas, se guardaban probablemente para fabricar objetos rituales. Después, el cuerpo se envolvía en tejidos o se metía en una bolsa.
La mayoría se colocaron en posición de reposo, con las alas y las patas recogidas. Pero algunas se prepararon en posturas llamativas: con el pico abierto a la fuerza y la lengua fuera. Es algo especialmente frecuente en las cabezas sueltas de amazona. Todo apunta a un proceso de momificación elaborado y ritual, cuyo significado exacto se desconoce.
Una tradición que llegó al siglo XX. Según recogen los autores, hasta principios del siglo XX los vecinos de Pica seguían comprando loros y monos a comerciantes ambulantes del este de Bolivia. Los mantenían como mascotas en sus casas o en un pequeño zoológico en la plaza del pueblo.
Las momias de Atacama demuestran que hace siglos ya había personas capaces de capturar, transportar, alimentar y mantener con vida a guacamayos a cientos de kilómetros de su selva. También muestran los errores de manejo que la avicultura moderna ha aprendido a evitar, como las dietas pobres o el estrés que lleva al picaje. La relación entre personas y loros es mucho más antigua, y más compleja, de lo que suele creerse.
Fuentes:
Capriles, J. M., Santoro, C. M., George, R. J., Flores Bedregal, E., Kennett, D. J., Kistler, L. y Rothhammer, F. (2021). Pre-Columbian transregional captive rearing of Amazonian parrots in the Atacama Desert. Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(15): e2020020118. DOI: 10.1073/pnas.2020020118
George, R. J. et al. (2018). Archaeogenomic evidence from the southwestern US points to a pre-Hispanic scarlet macaw breeding colony. Proceedings of the National Academy of Sciences, 115: 8740–8745.
Somerville, A. D., Nelson, B. A. y Knudson, K. J. (2010). Isotopic investigation of pre-Hispanic macaw breeding in northwest Mexico. Journal of Anthropological Archaeology, 29: 125–135.
National Geographic: reportaje sobre el guacamayo momificado de la cueva de Avendaños, Chihuahua (16 de febrero de 2018).
Science News: «Macaws bred far from tropics during pre-Columbian times».
Penn State University: «Scarlet macaw DNA points to ancient breeding operation in Southwest» (2018).
UNESCO, Centro del Patrimonio Mundial: zona arqueológica de Paquimé, Casas Grandes.
Universidad de Tarapacá: «Interés mundial por hallazgos de momias de loros en Atacama» (23 de abril de 2021).
Austerra: «Loros y guacamayos momificados en pleno desierto de Atacama».
Redacción Mundo Faunista
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