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La dictadura de las minorías (II): ecologismo no es ecología

Segunda entrega de la ponencia de Álex Lachhein en el XI Congreso de Papagayos de Loro Parque. El ecologismo militante que colonizó Europa tras la caída del Muro, los referentes incómodos que luego tuvo que negar, y la alianza de conveniencia con el vegano animalismo de la que nace el acrónimo E.V.A.

Por Álex Lachhein octubre 1, 2026 9 min lectura Opinión
La dictadura de las minorías (II): ecologismo no es ecología

Álex Lacchein. Foto cedida por el autor

Ponencia presentada en el XI Congreso Internacional sobre Papagayos de Loro Parque (Tenerife). Mundo Faunista la publica por entregas debido a su extensión. Esta es la segunda.

Ecologismo contra ecología

El primero que abrió brecha en la actualidad informativa fue el ecologismo, movimiento de naturaleza política compuesto de soldados bien adoctrinados mayoritariamente de un determinado color político —activistas se autoproclaman—, y que tras la caída del muro de Berlín colonizaron todas las democracias occidentales de la vieja Europa.

Estos jóvenes desencantados del otro lado del telón de acero, viendo que su mundo desaparecía, se agarraron al mensaje verde como tabla de salvación que diera sentido a sus vidas. Grupos como Greenpeace fueron su estandarte, y la conservación del planeta su grito de guerra.

Estos ecologistas, que no ecólogos, eran y son, como digo, activistas políticos cuyo objetivo era vivir del dinero público bajo la excusa de la conservación de la Naturaleza. No era necesario que fueran científicos, tan solo populistas, a diferencia de los ecólogos, que sí son científicos y no políticos.

Sepan ustedes que ecología y ecologismo son cosas absolutamente distintas. La primera es ciencia; la segunda, pura política disfrazada de verde. Un ecologista es un aficionado, un amigo de lo verde, un amateur, no un doctor en ello. Y cuando uno está enfermo, si quiere curarse, va al médico, no al curandero.

En Greenpeace, por ejemplo, solo uno de sus fundadores era científico: el Dr. Patrick Moore, biólogo. El resto, todos sin estudios.

Padres fundadores muy distintos

Entre los padres fundadores de la ciencia ecológica se cita a Rachel Carson o Aldo Leopold, por ejemplo, autores de obras literarias eternas. Entre los del ecologismo, en cambio, se cuenta al eugenista finlandés Kaarlo Pentti Linkola, quien consideraba que la Humanidad estaba destruyendo el medioambiente, y por eso planteaba como solución la reducción del número de personas en el mundo —mediante asesinato— y la desindustrialización.

Su ideal de sociedad era una dictadura totalitaria, gobernada por una élite intelectual, donde la mayor parte de la población tuviera el nivel de vida de la Edad Media y el consumo estuviera limitado solamente a recursos renovables. Defendía la aplicación del darwinismo social a través de la eugenesia —mejora de las cualidades genéticas humanas— y el castigo para quienes abusaran del medio ambiente.

Como gran ecologista de la vieja guardia, Linkola defendía el ecocentrismo, esto es, la defensa del ecosistema frente al individuo. Consideraba aceptable que se matara a humanos si ello fuera necesario para conservar el medio, y opinaba que las guerras eran el mejor método para controlar la explosión demográfica humana, siendo además partidario de bombardear las grandes ciudades con armamento nuclear.

Toda una joya el ídolo en la sombra de los ecologistas, del cual tiempo después ellos mismos se vieron obligados a renegar. ¿Les suena la tan actual letanía política «ese señor del que usted me habla…»? Pues de aquellos barros, estos lodos.

Y Linkola no fue el único

Linkola no fue la única brújula del ecologismo, qué va. Hay muchos más. Entre ellos, por citar algún otro peso pesado de los últimos, se encuentra el famoso capitán —según él— Paul Watson, cabeza dirigente del grupo pro ballenero Sea Shepherd, cuya entrega han llegado a reclamar judicialmente varios gobiernos y a quien otros tantos han declarado persona non grata. ¿La máxima de Goebbels favorita de Watson?

«No importa cuál sea la verdad, sino lo que la gente crea que es verdad».

Curiosamente, sobre estos grupos ecologistas tipo Greenpeace y demás pesa desde hace décadas la sospecha, documentada en no pocas investigaciones periodísticas, de haber recibido en sus inicios financiación precisamente de aquellos a quienes decían combatir: las petroleras.

De los partidos verdes al acrónimo E.V.A.

Estos ecologistas, devenidos luego en partidos verdes, tuvieron su momento y hasta hicieron cosas buenas por la conservación de los bosques, la contaminación del aire o la calidad de las aguas, en una época en la que era muy necesario su mensaje y acción conservacionista.

Sin embargo, su tiempo fue breve. Una vez arregladas las cuestiones medioambientales se quedaron sin espacio, pues todos los demás partidos políticos absorbieron el mensaje ecologista en sus propios programas electorales, dejando a los ecologistas solo con sus votantes más incondicionales y ya está.

Y así hasta hoy, en que hipócritamente han unido fuerzas con el veggie animalismo de moda para obtener más votos, a sabiendas de que son como el agua y el aceite: dos polos que se repelen. De esta unión nace el acrónimo E.V.A. (Eco Veggie Animalista).

Por qué el verdadero peligro no era el ecologismo

Con todo, este movimiento político ecologista nunca fue un verdadero peligro para los zoos, acuarios, criadores de exóticos o el sector mascotas en general. Su motivación era y es meramente económica, no ideológica radical, como sí lo es el vegano animalismo. Ese es el verdadero enemigo.

Pero ustedes, reconocidos avicultores expertos en loros, se preguntarán: ¿cómo es posible que la dieta vegetariana de unos pocos pueda influir en nuestra afición o trabajo profesional con los animales hasta el punto de intentar prohibirnos? Muy sencillo: porque, lamentablemente, como repito una y otra vez, este no es un asunto científico sino político.

Estos fanáticos intolerantes influyen en los políticos hasta lograr incluir sus postulados prohibicionistas en sus programas electorales. Nada hay que tema más un político —ser miedoso donde los haya— que a las encuestas. Y si la moda y la demoscopia le dicen al político que lo verde es mayoría, el político venderá hasta a su madre y se vestirá de verde con tal de no perder popularidad y el ansiado poder.

Y si por desgracia los fanáticos prohibicionistas llegan a tocar poder, aplican su programa, que es lo que está pasando ahora. Tenemos lo que votamos.

El censo rema a su favor. La mayoría de la gente que vota a estos sujetos es urbanita. El campo, el mundo rural, que es quien podría parar los pies a estos individuos, está cada día más vacío, y la mayoría del censo electoral reside en las ciudades, caladero de votos por excelencia del fanatismo. Es la otra cara del drama de la España vaciada.

Religión y fanatismo contra ciencia

Como decía, los ecologistas fueron los primeros en salir a escena. Sin embargo, veganos y animalistas llevaban mucho más tiempo que ellos creciendo en la sombra, aunque sin mostrar la cara, esperando su momento propicio. Y este llegó con Internet y las redes sociales. Aunque en realidad aparecieron mucho antes, a principios del siglo XX, y su objetivo siempre fue imponer su ideología por la fuerza del adoctrinamiento a la mayoría. Es una historia muy desconocida.

Vivimos en Occidente cada día más y más oprimidos por una dictadura camuflada: la dictadura de las minorías. Una autocracia que forma parte de un poder superior heredero del comunismo, que tras perder la lucha económica se transformó en lucha social merced al visionario de Antonio Gramsci, que en su día dijera que no se podía vencer —e implantar— el marxismo económico anticapitalista sin antes ganar la batalla cultural.

Es lo que se ha venido en llamar marxismo cultural. Y hoy, en todos los países occidentales en los que no impera el marxismo económico, de reconocido fracaso, campa a sus anchas este denominado marxismo cultural bajo el eufemístico nombre de corrección política. Que así es como se socavan los pilares de nuestra civilización: poquito a poco y por la puerta de atrás. «El camino largo», que decía Gramsci.

Una religión fabricada a medida

Y ese enemigo rojo —hoy también verde y hasta morado—, que no es tonto y que sabe de qué pie cojea la Humanidad, para llevar a cabo su objetivo se vale, entre otras, de un arma infalible: la religión. Pero no una religión reconocida, no, sino de una fabricada a medida: el vegano animalismo.

Que nadie se equivoque: es una secta religiosa, y el camino para evangelizar a la ciudadanía hacia una determinada tendencia social que a la larga conlleve la destrucción del Humanismo y de toda nuestra civilización capitalista occidental. Una religión que lleva camino de fagocitar incluso a la verdad científica.

Pero ¿puede en verdad el argumentario ideológico de una religión, mejor dicho, de una secta —que eso es lo que es, repito, el vegano animalismo—, travestirse de metodología científica, embaucar a los sabios e influir de manera absoluta en la ciencia oficial y verdadera? La respuesta es sí.

Los principios del populismo

Más de medio siglo ha pasado desde que estos principios fueran escritos, e innumerables devotos de ellos los aplican hoy vehementemente, a mayor gloria de sus objetivos.

Ejemplo de lo que digo son los peligrosísimos movimientos fanáticos e intolerantes ya citados de veganos y animalistas, consecuencia los unos de los otros, cuyo origen e implantación social —aún muy minoritaria pero tremendamente ruidosa— se remonta a un malicioso plan perfectamente planificado y diseñado hace más de un siglo. Plan que ha logrado incluso retorcer la voluntad de la ciencia académica y que, ante el miedo al qué dirán, lleva arrodillada años ya frente a la llamada corrección política.

Próxima entrega: de Loma Linda a la palabra «vegan». La historia increíble y rocambolesca de una secta protestante norteamericana, el mayor lobby dietético del mundo y un sobrino de granjero de Yorkshire.

Aviso editorial. Este texto es un artículo de opinión. Las valoraciones, juicios e interpretaciones que contiene son responsabilidad exclusiva de su autor, que asume los riesgos derivados de su publicación, y no reflejan necesariamente la posición de Mundo Faunista ni de la Federación FAUNA. Las referencias a personas, cargos públicos y organizaciones se formulan en ejercicio de la libertad de expresión y de crítica sobre asuntos de interés general. Cualquier persona o entidad mencionada que se considere aludida puede ejercer su derecho de rectificación escribiendo a la redacción.

Álex Lachhein
Naturalista de campo, escritor y divulgador. Lleva cuatro décadas trabajando con animales: en la Reserva El Rincón (hoy Safari Madrid), en parques zoológicos y como adiestrador en rodajes de cine y televisión. Es cetrero y colabora habitualmente en Cuarto Milenio y Horizonte.
alexlachhein.com

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Etiquetas: Álex LaccheinanimalismoecologíaecologismoGreenpeacemarxismo culturalPaul WatsonPentti Linkolaprohibicionismoveganismo
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Sobre el autor

Naturalista de campo, escritor y divulgador.

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